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Diez años sin Gregory Peck, el héroe elegante y cabal

12/06/2013 08:22 CEST | Actualizado 11/08/2013 11:12 CEST

Hace diez años, un 12 de junio de 2003, fallecía Gregory Peck, reconocido como uno de los inmortales del cine y la clase de actor cuyas películas se seguirán viendo indefinidamente.

Serio, contenido e inteligente, aunque nunca apasionante, Gregory Peck fue el galán romántico de su época y uno de los mitos sagrados de Hollywood. Desde el momento de su llegada a la meca del cine, en plena Segunda Guerra Mundial, fue señalado como la estrella del futuro inminente. Y él cumplió con creces con las expectativas creadas. Rodó una cincuentena de películas, no todas obras maestras, pero con un nivel de calidad tan alto que hasta después de varias décadas los estudios seguían vendiendo sus proezas con el único argumento de su nombre.

Contaba con ciertas virtudes indiscutibles. Dueño de una belleza casi indecente, era moreno, de ojos oscuros, alto y corpulento, todas las cualidades que resaltan en la gran pantalla. Pero antes que un sex symbol, Peck prefería que lo tomaran por una encarnación de los valores fundamentales de la mitología del cine norteamericano: honradez, valor, gallardía. Era una torre de integridad, un intérprete que encarnó a hombres que se enfrentaban a un mundo imperfecto con las armas del sentido común, la fuerza y la nobleza. Generaciones de espectadores le amaron y confiaron en él, aunque a veces caía en un estoicismo que no hacía sino delatar unos registros limitados. Pero no importaba. Sólo tenía que abrir la boca y expulsar esa voz profunda y bien modulada, que tenía el singular don de rozar la suavidad en sus tonos más graves, para hechizar al espectador.

Es verdad que siempre lo encasillaron en personajes que representaban admirablemente la integridad, la sinceridad y las ideas liberales, el hombre fuerte, siempre presentable, siempre controlado. Nunca una palabra de más, nada que pudiera chocar, pero era mucho más que un guaperas. Incluso se puede decir que era el hombre con el que toda mujer quería casarse (el público femenino siempre le manifestó una entrega incondicional). Pero también lo es que vertía a su alrededor una poderosa sensación de inteligencia, de esa legendaria luminosidad interior que tenía el poder de proyectar hacia fuera sin mover un músculo, sin dejar ver, quizás porque no lo había, la menor sensación de esfuerzo.

Su identidad era la exigencia moral: la postura enérgica que irradia fuerza; la mirada tensa y resuelta; la arruga en la frente, los labios apretados, expresión de los escrúpulos y la lucidez desencantada del hombre que sabe que no hay esperanza, pero que aun así está decidido a cambiar las cosas. De ahí su estilo un poco estático, derivado de su empeño en traducir visualmente un interminable debate interior. Es verdad que Gregory Peck podía parecer inexpresivo, y los cínicos le reprochaban su autoindulgencia, su corrección política y su insipidez. Pero muy mala tenía que ser una película para restarle gancho taquillero.

Pilar de rectitud moral, este actor de sólidos principios liberales era un idealista. Convencido de la benéfica influencia que el cine puede ejercer sobre la gente, se orientó deliberadamente hacia composiciones en las que encarnaba cierto ideal americano de justicia y verdad, aunque en su caso el heroísmo tenía un tono un poco desengañado. Combatió a los nazis en Days of Glory, al antisemitismo en La barrera invisible, al racismo en Matar un ruiseñor. Prestó su rostro a Francis Scott Fitzgerald en Días sin vida, a MacArthur en MacArthur, el general rebelde, a Ambrose Bierce en Gringo viejo e incluso a Abraham Lincoln en The Blue and the Gray. Apoteosis coherente para un actor que se había hecho famoso representando la figura del reformista liberal y ecuánime o del hombre fundamentalmente bueno que sabe estar a la altura moral de la situación.

Esta imagen era tan intensa que tendemos a olvidar tanto sus dignos intentos de hacer comedia como sus logradas composiciones de villano. Pero ahí estuvo, junto a Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma, junto a Lauren Bacall en Mi desconfiada esposa, y en Los niños de Brasil, como el nazi Josef Mengele. Su apostura física pudo ser contraproducente para su carrera, pero sus mejores personajes fueron aquellos que representaban variaciones más complejas de su imagen de honrado hombre de izquierdas. Era una especie de actor totémico, capaz de mover con la misma energía psíquica a los personajes más dispares, y de resultar tan eficaz en películas de acción, a la cabeza, por ejemplo, de un grupo de saboteadores en Los cañones de Navarone, como en las historias de amor.

También fue uno de los primeros actores que se enfrentó al studio system y ganó. Se negó a dejar su carrera en manos de un solo estudio: prefería escoger con cuidado sus papeles. Lo cual era muy sensato por su parte, porque la calidad del guión y del director eran claves para él a la hora de interpretar sus personajes. Si el barco se hundía, él podía muy bien ahogarse con el resto del reparto. Pero tenía instinto para elegir buenos guiones. La única película que se arrepintió de haber rechazado fue Solo ante el peligro (High Noon, 1952).

Con su aura de fortaleza moral (pocas veces hizo de villano), Greg era el Justo Americano, el hombre íntegro que no conocía el significado de las palabras debilidad o inseguridad. James Agee describió esta cualidad como «una habilidad extraordinaria para transmitir sinceridad». Pero en películas como Duelo al sol y Almas en la hoguera aparece un Peck más cobarde y oscuro... interesantes alusiones a los esqueletos que pueblan el armario de Atticus Finch.