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Tres décadas sin Ingrid Bergman

29/08/2012 13:04 CEST | Actualizado 29/10/2012 10:12 CET

Hace tres décadas, un 29 de agosto de 1982, precisamente el día de su cumpleaños, Ingrid Bergman bajó definitivamente los brazos en su último combate contra la muerte.

Adorada por el público, venerada por la crítica y respetada por todos los aficionados al cine, Ingrid fue la estrella más amada de los años cuarenta. Tenía una mirada dulce y serena, un rostro delicado de incomparable belleza y el porte elegante de una dama. Era espontánea, sincera y femenina. Y componía sus personajes con una claridad, precisión y profundidad asombrosos. Pero lo más prodigioso era su portentosa naturalidad, su maravillosa ductilidad. Nunca fue una diva glacial, sino una criatura vital y exquisita, e incluso en sus papeles más sofisticados siempre desprendía una aureola de autenticidad. El suyo fue el triunfo de la femineidad sin pretensiones. En el terreno interpretativo, nada puede empañar el recuerdo de su primera etapa en Hollywood, cuando asombró al mundo con una inigualada serie de composiciones que marcaron un estilo inconfundible, casi siempre asociadas a un mismo personaje: la mujer enamorada, de belleza perfecta y pasado turbio, siempre dispuesta al sacrificio, aunque también supo encarnar la frialdad y el distanciamiento propios de la mujer fatal. Fue una casquivana camarera en El extraño caso del Dr. Jekyll (Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1941), una romántica miliciana en ¿Por quién doblan las campanas? (For Whom the Bell Tolls, 1943), una psiquiatra enamorada en Recuerda (Spellbound, 1945), una monja adorable en Las campanas de Santa María (The Bells of St. Mary's, 1945) y una dama turbia elevada a los altares de la santidad en Juana de Arco (Joan of Arc, 1948). Pero no es aquí donde hay que buscar las cimas más altas de su arte, sino en tres papeles que representan las perlas más rutilantes de su diadema. Se trata de la dulce heroína de Casablanca (1942), la hermosa víctima de Luz que agoniza (Gaslight, 1944) y la espía manipulada de Encadenados (Notorious, 1946). Tres personajes que nos explican como ningún otro lo que Bergman era como estrella, como presencia, como actriz y como mito.

Casablanca fue la película que le abrió de par en par las puertas de la fama. De la mano de Michael Curtiz, Ingrid dio vida a una heroína poco convencional en uno de los títulos más legendarios de la historia del cine. En aquella época, las protagonistas de los melodramas cinematográficos luchaban por su hogar y defendían su matrimonio, pero Ilsa, que confundía los latidos de su corazón con cañonazos, no dudaba en romper las reglas establecidas, anteponiendo el amor al deber y abandonando a su héroe de guerra para recuperar la felicidad. Su interpretación llevó a sus futuros directores a descubrir lo que podían hacer con una mujer que parecía demasiado íntegra para no ocultar algún defecto. Por ejemplo, Alfred Hitchcock, que miró a Bergman como Valmont miraría a la virtuosa Madame de Tourvel en Encadenados. Entre la santa y la prostituta, tal vez sólo era una cuestión de puntos de vista. Así, volvió a servir con brillantez al star system en Luz que agoniza, de George Cukor, remake de un filme inglés basado en una mediocre pieza teatral sobre una rica heredera a quien su marido, un pianista fracasado (Charles Boyer), trata de hacer enloquecer. Su interpretación puso a sus pies a la Academia, que no dudó en darle el primero de los tres Oscar que ganaría a lo largo de su carrera.

Pero bajo sus amables maneras, Ingrid era una estrella que nunca dejó su carrera en manos del prójimo. Eligió el oficio de actriz por pasión, pero también para compensar la tristeza de una infancia de niña huérfana. Señalada desde su llegada a Hollywood como la nueva Greta Garbo, no tenía nada del misterio ni de la sofisticación de su compatriota, y no se correspondía con el tipo de mujer europea que hasta entonces había recalado en Estados Unidos. A diferencia de las flores de invernadero que eran Marlene Dietrich y Greta Garbo, Bergman era una belleza natural, una chica que olía a jabón, a pino y a aire fresco. La primera parte de su carrera, de hecho, se construyó sobre esta imagen de lozanía y frescura. Tanto fue así que, con ayuda de su ejemplar vida familiar y de los personajes que interpretaba en pantalla, Hollywood la convirtió muy pronto en Santa Ingrid. Pero pensar que Bergman, como Juana de Arco, había nacido para el martirio, era no conocerla. El despertar fue tanto más brutal para aquellos que se habían adherido a esta teresiana imagen.

El golpe de gracia fue infligido, diez años después de su llegada a la fábrica de sueños, cuando la actriz abandonó marido e hija para tirarse al cuello del cineasta italiano Roberto Rossellini. La anécdota es conocida. Ingrid, fascinada con el talento del cineasta italiano, decidió escribirle un famoso telegrama ofreciéndo sus servicios incondicionales como actriz: «Si necesita una intérprete sueca que hable perfectamente inglés, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano sólo sabe decir 'ti amo', estoy dispuesta a hacer una película con usted». Esa decisión vital y personal le costó nada menos que siete años de ostracismo profesional en un cine que hasta entonces la había encumbrado. Porque el público norteamericano se sintió, además de traicionado por la imagen que se había hecho de ella, abandonado en la preferencia que había otorgado a una actriz extranjera. Y como un amante despechado reaccionó con furia, destruyendo con toda la pasión con la que antes había amado.

Siete años después, Darryl Zanuck conjuró la maldición obligando a Ingrid a aceptar el papel de Anastasia (1956), el preludio de su indulto en Hollywood, señalado por la obtención de un segundo Oscar. Un renacimiento que también dio la puntilla a su matrimonio con Rossellini, al que siguió una nueva relación, por fin feliz, con el productor teatral sueco Lars Schmidt. Pero lo cierto es que para entonces Bergman ya había recuperado el estrellato internacional. Y la actriz siempre procuró conservar este estatus prodigándose en los teatros de París, de Estocolmo y de Londres, donde Tea and Sympathy y Hedda Gabler contribuyeron aún más a asentar su leyenda.

En 1978, mientras intentaba, desde hacía cuatro años, domesticar un cáncer, el azar, un mismo bagaje cultural y una coincidencia de experiencias la llevaron a cruzarse en el camino de Ingmar Bergman. Sonata de otoño (Höstsonaten) fue -junto a Una mujer llamada Golda (A Woman Called Golda, 1982)- su canto del cisne. Pero qué apoteosis, el papel de esa madre egocéntrica y obsesionada con su propia carrera de pianista, hasta el punto de ahogar la personalidad de su hija. Un bucle perfecto, que había empezado cuarenta años atrás, con otra virtuosa del piano, la de Intermezzo.