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Universidad y ciencia: innovar, renovar, preservar

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CIENCIA
EFE
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El Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid acaba de aprobar el V Plan Regional para la Investigación Científica y la Innovación Tecnológica (PRICIT), y de nuevo nos encontramos ante el riesgo de que la segunda "i", la de "innovación" se coma a la primera "i", la de "investigación", dando además lugar a toda una serie de jugosas exacciones fiscales y ayudas directas para las grandes empresas, así como a excepciones y privilegios en la contratación de trabajadores que pueden consolidar y fomentar la gran precariedad (eufemísticamente "flexibilidad") que ya existe en el sector de la investigación. Ello se une al protagonismo de la "investigación de alto rendimiento", en detrimento de la docencia y la investigación básica, en el documento de ideas para una nueva Ley madrileña de Universidad (LEMES) que impulsa la Consejería de Educación de dicha Comunidad.

Nuestra sociedad actual está impregnada de lo que podríamos llamar la "ideología de la innovación". Lo nuevo se considera automáticamente bueno, e innovar, algo extremadamente positivo e imprescindible. Persona innovadora es sinónimo de persona creativa, emprendedora, dinámica y otras nociones igualmente connotadas de manera positiva. Y da igual que lo que se innove sea un tratamiento contra el cáncer o un nuevo tipo de bomba de racimo, un nuevo tipo de cultivo ecológico o una nueva forma más espectacular de empaquetar el producto. Y además, la innovación se asimila inmediatamente al "desarrollo", otra noción muy discutible y poco discutida.

La ideología de la innovación proviene del mundo comercial, especialmente del mundo del marketing, y su traslación a la ciencia y la investigación ofrece serios problemas que investigadores y científicos, en general, poco o nada se plantean. De este modo, la tríada investigación, desarrollo e innovación está pasando gradualmente de ser (obsérvense las mayúsculas) I+D+i a i+d+I, es decir, la verdadera investigación y el verdadero desarrollo humano (el que miden el índice Gini o el IDH del PNUD, y no el que mide el PIB, por entendernos rápidamente) están siendo arrasados por la obsesión vacía y perecedera por la innovación que, con otro concepto tramposo, se define también como investigación "de alto rendimiento".

Nunca habrá investigaciones punteras, innovadoras, de alto rendimiento, si antes no hay una legión de estudiantes y profesoras, de estudiosas y teóricos, de investigaciones aparentemente nada útiles que consoliden un sistema de ciencia e investigación amplio, sólido y justo.

Digámoslo claramente: la innovación y el alto rendimiento solo definen la investigación que tiene rendimiento económico concreto, y a ser posible rápido y útil para grandes empresas y corporaciones multinacionales (utilidad que, dicho sea de paso, es lo que también miden mayormente los famosos rankings de universidades). De modo que la obsesión por la innovación está haciendo que los (escasos) recursos con que se cuentan vayan principalmente dedicados a esa investigación aplicada e inmediata y se descuide, por un lado, la imprescindible investigación en ciencia básica y teórica, y, por otro, la investigación útil para el tejido social pero poco beneficiosa para los poderes económicos (por ejemplo, ciertas investigaciones en ciencias sociales).

Pero, además, la obsesión (inducida) por la innovación parte de una concepción profundamente errada de la propia ciencia y de la investigación, porque olvida, primero, que no hay innovación sin ciencia básica (que, por ejemplo, para innovar con un nuevo escáner antes ha habido que resolver algunas ecuaciones imposibles), y segundo y sobre todo, que no hay ciencia sin preservación y renovación de saberes. Nunca se podrá innovar si antes no se preservan y renuevan los saberes heredados, saberes que son fruto y legado de toda la humanidad y no propiedad privada de unos pocos. Nunca habrá investigaciones punteras, innovadoras, de alto rendimiento, si antes no hay una legión de estudiantes y profesoras, de estudiosas y teóricos, de investigaciones aparentemente nada útiles que consoliden un sistema de ciencia e investigación amplio, sólido y justo.

Así pues, dejémonos de tanta innovación y planteemos las cosas de otra manera, más científica: hagámonos preguntas. Empecemos definiendo qué es útil para la sociedad y qué es alto rendimiento. Cuestionémonos si los saberes deben ser privatizados o difundidos libremente a toda la colectividad. Consideremos si la ciencia hay que identificarla con la técnica o es algo que va mucho más allá (y por supuesto, no dejemos la ciencia teórica para el Estado y sus aplicaciones prácticas para las empresas privadas).

Planteémonos si un sistema científico puede estar basado en la precariedad y el constante estrés de sus trabajadores. Y no olvidemos que detrás de cada genio -o equipo de genios- innovador hay millones de seres humanos que han contribuido con su saber, su esfuerzo y su dedicación, generalmente en modo colaborativo y no competitivo, a que ese genio o ese equipo puedan ponerle la guinda al pastel que hemos cocinado entre todos y todas.