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Declaración Unilateral de Independencia en Cataluña

04/10/2017 07:41 CEST | Actualizado 04/10/2017 07:41 CEST
EFE

La hoja de ruta independentista tiene su siguiente etapa en la Declaración Unilateral de Independencia. Está prevista en el artículo 4.4 de la Ley del referéndum que dispone que si en el recuento de votos válidamente emitidos, existen más positivos que negativos, el resultado implica la independencia. Dos días después de proclamados oficialmente los resultados, el Parlamento efectuará la declaración formal y abrirá el proceso constituyente.

Aunque de las declaraciones de Puigdemont no marcan una fecha, no sería de extrañar que lo hicieran coincidir con el aniversario de la proclamación del Estado catalán en el marco de la República Federal española, el 6 de octubre de 1934. Aunque las circunstancias son muy distintas, como lo prueba el libro de Alejandro Nieto sobre aquella proclamación.

Hasta aquí la teoría.

Pero, ¿realmente en el momento en que se apruebe la Declaración Unilateral de Independencia se podrá hablar de la Republica de Cataluña como un Estado independiente?

La independencia, esto es, la constitución de un Estado soberano que actúa como un sujeto de Derecho internacional, que tiene capacidad para ser miembro de las Organizaciones Internacionales y que puede suscribir tratados internacionales, es un proceso bastante más complejo que la aprobación de una norma, tenga el rango que tenga, en un Parlamento. La clave es el reconocimiento interior y exterior.

Reconocimiento interior. Sólo se es independiente si se ha producido un control del territorio que quiere alcanzar dicho estatus. Un control que obliga, de entrada, a que el antiguo Estado que los gestionaba realice un acto de cesión del mismo, manifestado en su voluntad de que sus instituciones dejen de ejercer sus competencias. ¿Cree alguien que Mariano Rajoy va a ceder voluntariamente el territorio catalán a la nueva República?

Lo que resulta exigible, y más después de lo ocurrido el pasado 1 de octubre, es que la respuesta sea política y no de uso de la fuerza. Con el Gobierno de España actual todo puede pasar, hasta que se declare el Estado de sitio en Cataluña, lo que sería otra manifestación del fracaso de Rajoy.

Es de imaginar que el ministerio de Asuntos Exteriores habrá realizado todas las gestiones para que nadie (ni siquiera Venezuela) reconozca al nuevo Estado.

Reconocimiento exterior. Pero me atrevería a decir que incluso es más relevante el reconocimiento internacional del nuevo Estado. Un reconocimiento que supone que tus iguales te reconocen como "uno de los suyos". Hoy, en el mundo globalizado, sin reconocimiento internacional –y fuera de la Unión Europea- se está en una circunstancia peor que Corea del Norte. Si la globalización limita el poder del Estado, la globalización exige el reconocimiento para poder ser un actor; para que pueda haber circulación de personas –salvo que vayan con el pasaporte español, ya que los catalanes seguirán siendo españoles- bienes y capitales.

Es de imaginar que el ministerio de Asuntos Exteriores habrá realizado todas las gestiones para que nadie (ni siquiera Venezuela) reconozca al nuevo Estado. Esto sería lo que permitiría abrir legaciones diplomáticas (que requieren el acto de aceptación de embajadores), su eventual entrada en la ONU o presentar la solicitud de entrada en la Unión Europea. Si hay un reconocimiento, el ridículo del Estado es mayúsculo y, por ello, se aventura como improbable.

Las condiciones en las que se ha celebrado el referéndum del pasado 1 de octubre no reunían los requisitos que se exigen de forma convencional en la comunidad internacional. La convocatoria parlamentaria, con la modificación express del orden del día y la falta de tiempo para su debate, es un elemento determinante. Pese a su importancia, la participación fue baja. Hubo alteración de los censos. Hubo circunstancias que impidieron el voto. No estaban previstas las condiciones básicas para la separación (mayoría cualificada de participantes y de votos). No estaba prevista la posibilidad de que algún municipio decidiera mantenerse en España y, por último, no se ha dado el plazo razonable de discusión que suele aparecer en la Ley de claridad. Desde este punto de vista, la aceleración del proceso en los días 6 y 7 de septiembre ha sido un elemento que juega en contra de su aceptación internacional.

El caudal de apoyo internacional que han podido ganar los independentistas como consecuencia de la actuación policial en Cataluña debieran gastarlo con precaución.

Si no se producen los dos reconocimientos anteriores, la Declaración Unilateral de Independencia constituirá un acto relevante pero un fracaso en la práctica. Relevante porque supone que una institución del Estado decide manifestar su voluntad formal de separación de España y eso requiere una delicada gestión política, no la mera aplicación de una norma, como acostumbra el Gobierno.

Pero sería un acto fallido en la medida en que la Administración del Estado en Cataluña seguiría actuando, el territorio seguiría bajo el dominio del Reino de España y, desde este punto de vista "no pasaría nada" (esperemos). Internacionalmente, la falta de reconocimiento supone que Cataluña seguiría siendo considerada como una parte del Reino de España.

Precisamente por ello, el caudal de apoyo internacional que han podido ganar los independentistas como consecuencia de la actuación policial en Cataluña debieran gastarlo con precaución y la proclamación express de la independencia puede resultar contraproducente. No vaya a ser que la aventura termine en menos de 24 horas, como ocurrió en 1934. Eso sí, como argumento negociador ante el Gobierno de España ese caudal tiene un peso indudable. Y un interlocutor, Mariano Rajoy, que puede hacer incrementarlo por los continuos errores que está cometiendo en la cuestión catalana.

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