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No se fíen de García Márquez...

23/04/2014 07:43 CEST | Actualizado 22/06/2014 11:12 CEST

No se fíen de Gabriel García Márquez, Gabo es uno de esos escritores a los que les gusta engañar a sus lectores haciéndoles pensar que sabe menos de lo que realmente sabe. Sin embargo, su naturalidad a la hora de narrar no debe impedir que se entrevea el sólido cañamazo intelectual de sus obras.

En Vivir para contarla Gabo decía que aprendió su arte narrativo de su abuela, Tranquilina Iguarán Cortés, mujer cuya imaginación prodigiosa y naturalidad a la hora de contar los hechos más increíbles fue su primera influencia literaria. Así, dice que decidió escribir Cien años de soledad, "como lo que me contaba mi abuela". Sin embargo, bajo la apariencia de narraciones sacadas en el fogón de su abuela, García Márquez muestra un entramado literario realmente notable.

garcia marquez

Por ejemplo, los nombres de los multi-protagonistas de Cien años de soledad, los Arcadios y Aurelianos de la familia son nombres populares, claro, pero, a la par, tienen ecos de novela pastoril renacentista. Arcadio remite a la Arcadia virgiliana, a la naturaleza, por eso son grandes, brutos, incontinentes e incontenibles. Los Aurelianos se relacionan con el aurum, lo dorado; por ello son solitarios y reflexivos. Macondo es un pueblecito atrasado sin electricidad ni agua, pero también una arcadia utópica a la Tomás Moro...

En Del amor y otros demonios, el amor es uno de tantos demonios porque es un Dáimôn, un espíritu incorpóreo de los que le preocupaban a los presocráticos. De hecho, el Dáimôn amor es el fundamento de la naturaleza para Aristóteles; para los neoplatónicos, el amado mandaba señales como espíritus y alcanzaban un estado angelical (el ángel, otro tipo de Dáimôn). Sierva María renace porque muere de amor neoplatónico y su amado Cayetano se apellida Delaura como referencia a la amada de Petrarca.

garcía márquez

El objetivo es sencillo: como un escritor del pueblo, Gabo habla como el pueblo, por lo que tiene que evitar la pedantería connatural al oficio escritural. Es decir, como muchos otros autores -entre los que podemos incluir a Cervantes, Shakespeare o Juan Ramón Jiménez- Gabo quiere mostrarse como un escritor del natural, lo que en el Siglo de Oro llamaríamos un ingenio lego. Como bien indica Jorge Volpi en El País, Borges y Gabo son las dos mitades del mundo, de nuestro mundo literario.

Frente al argentino, que no tiene miedo en mostrar su sabiduría (y, de paso, inventarse todo lo que puede), el colombiano procura, como abejita, libar del folclore hasta extraer la hidromiel, y, encima, lo hace como si fuera fácil.

Ahora que vamos a leer todos de nuevo las obras del colombiano universal, no nos fiemos de él. Ese, quizá, sea el mejor homenaje que podemos hacerle.