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Por qué he decidido finalmente votar a Macron

06/05/2017 10:24 CEST | Actualizado 06/05/2017 10:25 CEST
POOL New / Reuters

Si fuera Karl Zéro, y sin que sirva de precedente, os diría directamente lo que pienso, sin ponerme en la piel de ningún famoso, y lo haría sin pasar por la casilla de salida de la radio pública France-info.

Yo, como otros 16 millones y medio de franceses, sufrí —y la palabra se queda corta— el debate del miércoles entre Macron y Le Pen.

Primero, por profesionalidad, porque es mi trabajo y tenía la esperanza de desternillarme (el cartel prometía), lo cual también es mi trabajo; luego, por ciudadanía, porque hasta entonces formaba parte de los que pasaban un poco de las elecciones del próximo domingo.

Total, ¿para qué? Macron va a salir elegido presidente, no necesita mi voto.

Pero los imbéciles son los únicos que no cambian de opinión, y para mí todo ocurrió en el momento del debate.

Entonces se produce una pelotera surrealista entre una pescadera gritona y un pequeño marqués indignado. De repente, ahí está la Francia eterna...

Vi un tipo de disputa absurda, como las que se ven en los parkings por conseguir una plaza tomada por asalto. Macron, lo estoy viendo ahora mismo, tiene un coche tipo Audi, va con prisa, concentrado en sí mismo, conduce sin problema, quizá con manoplas de cuero para conducir. Me lo imagino bien: llega y le quita la plaza a Marine, mientras esta se las arregla a duras penas, sudando, para hacer una maniobra con su furgoneta vieja y destartalada. Entonces se produce una pelotera surrealista entre una pescadera gritona y un pequeño marqués indignado. De repente, ahí está la Francia eterna... Y yo asisto, boquiabierto, a un episodio de la Revolución Francesa.

Es el pueblo exasperado que viene a pedir cuentas a los pudientes, y a restregarle su caca en las narices...

Pero —me digo a mí mismo— esto es demasiado. Es el escenario que Marine Le Pen ha planeado con sus consejeros. Es hábil, eh... Por la cara de Macron, no se lo esperaba. Quizá pensó: "Va a ser un debate a la antigua usanza, programa contra programa, con cifras un poco latosas y una o dos ocurrencias que quedarán para la posteridad".

Desde el principio, Marine consigue imponer esta violencia áspera, esta vulgaridad de pícaro de opereta, de pseudo-revolucionaria de la que no se separará. El objetivo es demostrar que Macron, más que el niño mimado del sistema es un personaje irreal, virtual, un clon creado a partir de piezas en un laboratorio mundialista para esclavizarnos definitivamente.

Ella no sólo pretende hechizar a los electores del Frente Nacional, sino también a todos los demás, empezando por los Insumisos (de Mélenchon) y consortes.

Al hacer esto, ella no sólo pretende hechizar a los electores del Frente Nacional, sino también a todos los demás, empezando por los Insumisos (de Mélenchon) y consortes... Ya no se trata de demostrar la validez del programa del Frente Nacional, que sabemos que será inaplicable (nos lo dicen dos risas dantescas de madame). Tampoco se trata de convencer a los decepcionados de la derecha republicana de que ella podría ser una presidenta responsable. No, su objetivo sólo consiste en destrozar a Macron, para que cualquiera de los ciudadanos que rechaza el sistema no vaya a votarle.

Marine Le Pen no ganará, eso lo sabe ella, pero no tiene tiempo que perder, así que nos grita: ¡abstención, muy bien, blanco o nulo, perfecto!

Cuando esperábamos asistir a una obra teatral, lo que vemos en realidad es un golpe de Estado. Los periodistas están tan asombrados como inertes, afónicos; su vehemencia, que parece ebria, los sume en un coma artificial. Es un golpe de Estado verbal, un oleaje de odio rancio que esconde desde mi punto de vista una cruel desilusión en Marine Le Pen.

Marine se ha convertido en la digna hija de su padre. Ha entendido que no llegará más lejos que él.

Esta "representante del pueblo enfadado" del que nunca ha formado parte, que en el fondo sólo se representa a sí misma, es en realidad la hija de un viejo loco que está ahí para tomarse una revancha familiar. Ese esquema nos suena, es tristemente edipiano... Está ahí para rematar a su padre, demostrándoles que ella va a lograr lo que él no pudo. Esto es al menos lo que ella ha conseguido hacer creer a los medios que le han ayudado —conscientemente o no— a desdemonizar su partido y a que en unos años tenga este alcance. Hasta este debate, en el que se le cae la máscara: eructando, insultando, colocando buenas palabras, multiplicando las risas forzadas y congeladas, Marine se ha convertido en la digna hija de su padre. Ha entendido que no llegará más lejos que él, que, en el fondo, como él, no tiene ni la capacidad ni realmente las ganas. Fin del partido. Seguirá siendo su hija: una malabarista, una feriante, una guasona al servicio de ideas miserables. Por despecho, ella se ha rediabolizado sola, de forma voluntaria... Casi da pena.

Así que podría decirme a mí mismo: "Tranquilo, ha pasado el peligro, esta loca acaba de autodestruirse ante nuestros ojos". Pero no, porque el resultado que tendrá el domingo es una cuestión capital. Si ella puede presumir de haber sido vencida por Macron por muy poco, se autodesignará como gran "jefa" de la oposición, y entonces tendremos que soportar su delirio los próximos años. Hasta que uno de sus esbirros la destrone y acabe —si por casualidad Macron no está al nivel que nos promete— en el Elíseo.

Por tanto, votaré a Macron este domingo para que ella —y lo que ella encarna— pese lo menos posible en el futuro.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Francia y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano