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Si no premias a tus hijos, te mereces una medalla

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NIO Y TROFEO
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A riesgo de sonar insufriblemente repelente, nunca he tenido que recurrir a los premios -ni a los castigos- con mi hija. Ni pegatinas de estrellas, ni dinero por hacer tareas en casa, ni promesas de comprar codiciados objetos, viajes o caprichos por portarse extraordinariamente bien. No tiene nada que ver conmigo; es que ella es así. Ha salido así: motivada, responsable, autónoma y, si alguna vez no lo es, es siempre por una razón de peso. Quizá porque ella siempre me ha querido y aceptado incondicionalmente, estoy aprendiendo poco a poco a hacer lo mismo por ella. Y, sí, voy muy lenta.

¿Y qué hay de las alabanzas, los primos suaves de las recompensas? Tiendo a acumularlas con una pala, para mi hija, para mi marido, para el perro, para mí. Así que imagínate mi malestar al toparme con un estudio, que abarcaba décadas, que plantea la teoría de que las alabanzas y las recompensas son tan perjudiciales para los niños y para los adultos como los castigos.

La psicología del comportamiento nos enseña que los premios y las recompensas funcionan, que funciona manipular a los demás para que hagan lo que queremos que hagan.

El problema es que no somos ni ratas ni palomas ni perros.

Cuando te dan una palmadita en la espalda, te ponen una estrella dorada delante de las narices o te suben la paga, solo te centras en el premio.

Para que quede claro: cuando hablo de alabanzas, no me refiero a que tengamos que contenernos para no hacer comentarios positivos detallados. Pero decir "¡buena chica!" o "¡genial!" no es suficiente. Eso es un juicio general, una evaluación. Si un amigo íntimo te enseñara el borrador de un libro o un cuadro nuevo o un mueble que acaba de montar, ¿qué le dirías? Estoy segura de que le responderías con una crítica auténtica y reflexionada sobre el proceso y el resultado. Nuestros hijos no se merecen menos.

Cuando mi hija tenía seis meses, leí Punished by Rewards [Castigado por las recompensas], de Alfie Kohn, y me impactó muchísimo. Yo siempre había sido una mojigata y una chica de sobresalientes. En la universidad, quería sacarme la carrera, luego el máster y luego el doctorado. ¿Por qué? ¿Y si mi búsqueda sin descanso de las notas perfectas y de aprobación estaba acabando con mi tendencia natural a experimentar, correr riesgos e innovar? Si no hubiera caído en esa presión artificial, ¿habría sido capaz de llegar a unos niveles más profundos de creatividad y realización personal?

Kohn habla de la diferencia entre la motivación intrínseca y la extrínseca. Cuando te dan una palmadita en la espalda, te ponen una estrella dorada delante de las narices o te suben la paga, solo te centras en el premio. Haces corriendo lo que tengas que hacer para poder tenerlo. Piensas en la mejor manera de asegurarte de que consigues tu meta. El proceso, la experimentación y la alegría del descubrimiento quedan aplastados por otros conceptos como ganar y perder, aprobar y suspender, ser válido o no serlo.

Las recompensas minan los lazos, la confianza y la colaboración y favorecen la creación de una cultura de la competitividad.

Hay muchos estudios que demuestran que los niños pierden interés en la lectura cuando esta es medida, alabada y recompensada. Y que cuando se les da una recompensa, dejan de leer por placer. Las recompensas les roban la pasión y la motivación para explorar temas difíciles o que supongan un desafío, no les animan a correr riesgos y, lo peor de todo, hacen que el valor de la tarea recompensada solamente resida en complacer al profesor o a los padres, en vez de en la relación con el tema que se esté tratando o con los demás. Las recompensas minan los lazos, la confianza y la colaboración y favorecen la creación de una cultura de la competitividad.

Y lo decisivo de todo elogio, recompensa o castigo es el poder. Ahí es donde me empiezo a sentir incómoda. Cuando tienes poder sobre alguien, ya sea tu hijo, tu empleado o tu esclavo, tienes que decidir si hacer uso de ese poder o no, y cómo lo vas a utilizar. Tú tienes el control, eres la persona que tiene la última palabra en cuanto a lo que está bien y lo que está mal. Sacrificas la autenticidad de una relación por la docilidad. Las recompensas, como las economías, funcionan bajo la ilusión de la escasez. Con tantos certificados al mérito que entregar o puestos de trabajo que cubrir, creamos una sociedad de falsos perdedores y ganadores. ¿De verdad queremos eso para nuestros hijos?

Ya veo venir los rebatimientos bienintencionados. "Pero así funcionan las cosas, bonita", me diréis. "¿Cómo va a sobrevivir tu hija en el mundo real?"

Pero no estoy aquí para defender el statu quo, ni mi hija tampoco. Estamos aquí para intentar mejorar las cosas.

Con el panorama global de guerras, genocidios, abusos sexuales, violencia, pobreza y desastres climáticos que tenemos, ¿qué es lo que queremos proteger con tanto empeño? En una sociedad que solo nos exige que nos ganemos el sustento, nos conformemos y consumamos, yo quiero encontrar una vía más inteligente. Para conseguirlo tengo que cambiar mi manera de pensar y de actuar. ¿Y qué mejor lugar para empezar que mi casa?

Esto es un círculo que vuelve a empezar con la aceptación incondicional. Todos somos lo suficientemente buenos tal y como somos. A todos nos pueden amar con nuestros defectos, debilidades e idiosincrasias. Todos podemos sentir compasión por nosotros mismos y por los demás.

Esto no quiere decir que haya que ser permisivo como padre, que haya que rendirse o recurrir a la anarquía de los viejos tiempos. No quiere decir que no haya barreras prácticas o normas sociales. Pero significa que hay que cuestionarse más si se aceptan estas falsas construcciones. Nuestra sociedad se sostiene en unos cimientos frágiles y condicionales, así que educar incondicionalmente es un acto radical de libertad, para ti y para tu hijo.

Este post fue publicado originalmente en la edición australiana de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.