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Cómo el G20 puede devolvernos las esperanzas en la globalización

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Aly Song / Reuters
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SINGAPUR - El G20 está retrasando las negociaciones. Necesita que le den un buen empujón. China debería hacerlo en la próxima reunión que va a tener lugar en Hangzhou este fin de semana.

¿Cuál es la prueba de que está retrasando las negociaciones? Es sencilla: la economía global se está estancando. Desde la cumbre del G20 que se celebró en 2008, dejaron claro que su misión consiste en "trabajar juntos para restaurar el crecimiento a escala global", pero no han logrado cumplirla. De hecho, las expectativas de crecimiento de la economía mundial nunca habían sido tan pesimistas. Hace poco, el economista estadounidense Larry Summers declaró que estábamos sufriendo un "estancamiento secular".

¿Por qué el G20 está fracasando? Por cuestiones geopolíticas.

¿Por qué el G20 está fracasando? La respuesta convencional es que el grupo está dividido: los países con déficit público (como Estados Unidos) quieren que los países con superávit presupuestario (como China y Alemania) hagan más por estimular la demanda nacional. En resumen, las diferencias de opinión sobre la solución a la crisis económica son las causantes de que este proceso se retrase.

Pero estas respuestas convencionales son tremendamente incorrectas. El G20 no está dando largas por motivos económicos, sino por cuestiones geopolíticas que interfieren con las soluciones económicas racionales. Los cálculos de suma cero que invaden el pensamiento político impiden la cooperación económica racional entre las naciones del G20.

Un buen ejemplo de ello es la propuesta por parte de China de crear el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB por sus siglas en inglés). El G20 opina que estimular la inversión global en infraestructura aumentaría el crecimiento económico del planeta. Según el comunicado que publicó el grupo con motivo del fin de la cumbre de Brisbane en noviembre de 2014, "combatir el déficit de inversión global en infraestructruras es crucial para aumentar el crecimiento económico, la productividad y la creación de empleos". Aun así, cuando China creó el AIIB, Estados Unidos se posicionó totalmente en contra. Un funcionario estadounidense de Hacienda anónimo expresó a la perfección la opinión de su país cuando, en respuesta a la decisión de Reino Unido de unirse al AIIB, declaró lo siguiente: "Desconfiamos de esta moda de acomodar constantemente a China, no es la mejor manera de lidiar con una potencia emergente".

La sinceridad de este funcionario es admirable. Su declaración deja patente la actitud que tienen los analistas y estrategas del ámbito geopolítico. La verdadera tragedia (que paraliza al G20) es que estos analistas y "estrategas" no son capaces ni de pensar estratégicamente ni de ver a gran escala cómo ha evolucionado el mundo. La mayoría de los asesores de cuestiones estratégicas del G20 son personas que defienden las armas y los bombardeos cuyas ideas se han quedado estancadas en el siglo XIX. Asumen erróneamente que, tal y como reflejan las palabras del funcionario estadounidense, el auge de China sólo puede afectar negativamente a Estados Unidos.
Obama debería anunciar la inclusión de Estados Unidos en el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, y no su oposición.

Podría haber sido cierto en el siglo XIX, pero no en el siglo XXI. Vivimos en un mundo interdependiente. Si nuestra prioridad es restaurar el crecimiento económico, China debería tener interés en que la economía estadounidense fuera sólida y próspera (y viceversa). Es vital hacer hincapié en que la interdependencia global no sólo aumenta el ámbito económico, sino también en nuestra lucha para combatir el calentamiento global, las pandemias provocadas por virus como el del Ébola o el del Zika y el autoproclamado Estado Islámico. En resumen, como explico en el libro The Great Convergence (La gran convergencia), "los 7000 millones de habitantes de la Tierra van en el mismo barco, y la responsabilidad fundamental del G20 es cuidar de nuestro frágil navío global".

Si sigue unos pasos (determinados) -pequeños, pero decisivos- la cumbre del G20 de Hangzhou puede demostrar que los líderes del G20 ahora comprenden mejor sus responsabilidades globales. Barack Obama puede tomar la iniciativa. No tiene nada que perder porque va a dejar la presidencia dentro de poco. Puede demostrar que Estados Unidos se ha liberado del pensamiento de que todo se reduce a cero si anuncia que el país se unirá al AIIB en vez de oponerse a él. La aprobación del Congreso puede llegar más tarde, pero el gesto creará un ambiente más positivo en el G20.

China le puede corresponder anunciando que está preparada para compartir su tecnología de trenes de alta velocidad con Estados Unidos preferentemente para impulsar la economía estadounidense. Si China es capaz de construir una línea de ferrocarril de alta velocidad de la costa este de Estados Unidos a la oeste, beneficiará enormemente a la relación entre ambos países. China puede comenzar proponiendo la construcción de vías férreas de alta velocidad en California (de San Francisco a Los Ángeles). Estos proyectos tan simbólicos demostrarían que los líderes del G20 entienden que es mejor cooperar que emitir comunicados insignificantes.

Merece la pena hacer hincapié en un asunto. La asociación de China y Estados Unidos para llevar a cabo obras de infraestructura sería la unión perfecta. Estados Unidos necesita nuevas infraestructuras; la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles ha calculado una brecha de financiación de 1,44 billones de dólares en Estados Unidos entre el año 2016 y 2025, y advierte de una carga cada vez mayor en la actividad empresarial, las exportaciones y los ingresos. Chica tiene la capacidad financiera e institucional para construir este tipo de infraestructura.

China le puede corresponder anunciando que está preparada para compartir su tecnología de trenes de alta velocidad con Estados Unidos preferentemente para impulsar la economía estadounidense.

Esta asociación inusual entre Estados Unidos y China para el desarrollo de infraestructura podría complementarse con otra colaboración inusual entre Europa, Japón e India para construir infraestructuras en África. La pesadilla estratégica a largo plazo para Europa está clara. Con el tiempo, dado el auge de población de África, el flujo de inmigrantes ilegales africanos no hará más que crecer. El reciente aumento de embarcaciones por el Mediterráneo manda una clara advertencia de qué es lo que se le avecina a Europa. Yo ya advertí de esta inundación humana en un ensayo para la revista National Interest en 1992. Europa tiene que construir diques. Y el único dique que podría ser realmente eficaz sería el fomento del desarrollo y del crecimiento económico en África. Europa puede intentar hacerlo por su cuenta, pero su historia colonial en África todavía supone ciertos obstáculos psicológicos. Si trabaja con la India y con Japón, se concebirán y llevarán a cabo proyectos más realistas en África.

En resumen, si el G20 va a demostrar que va en serio con su misión de fomentar el crecimiento global, tiene que recuperarse de su tendencia actual de emitir largos comunicados y empezar a lanzar proyectos concretos que demuestren que hay cooperación económica real. Por eso está bien empezar con la infraestructura. Porque es claramente visible. Porque la gente verá los beneficios. Así, se recuperará la fe en el G20.

Es necesario que se recupere la fe en el G20 por otra razón. En los países desarrollados, mucha gente concibe la globalización como una amenaza en vez de como una oportunidad. Por eso los británicos votaron contra sus propios intereses económicos al posicionarse a favor del Brexit. De una manera similar, el auge de Donald Trump refleja el deseo de la clase política estadounidense de construir nuevos muros y aislar a los estadounidenses del mundo. Los argumentos económicos abstractos no pueden cambiar estas actitudes. No bastará con otro bestseller del periodista Tom Friedman en el que se defienda que la Tierra es plana.

En vez de eso, lo que el público necesita ver son proyectos de cooperación concretos que produzcan puestos de trabajo y beneficios. Los proyectos iniciales tienen que ser de alto nivel y marcar la diferencia en las vidas de la gente. Los pasos simbólicos también pueden ser de ayuda: el G20 debería respaldar tanto el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica como la iniciativa "Un cinturón, una ruta". En resumen, si los líderes del G20 pueden demostrar que se han liberado del pensamiento de que todo se reduce a cero, revitalizarán el proceso del G20.

Europa, Japón y la India deberían trabajar conjuntamente para construir infraestructuras en África.

Una simple oportunidad de hacerse una foto puede ayudar a mandar al mundo una señal que indique que su pensamiento está cambiando. En la tradicional sesión fotográfica, los líderes del G20 deberían hacerse dos fotos en vez de una. En la primera, debería salir cada uno con su sombrero nacional, para demostrar que son líderes nacionales. En la segunda foto, deberían llevar todos el mismo sombrero, quizá uno azul con el logo de la ONU, para demostrar que también comparten la responsabilidad común de gestionar nuestro pequeño y frágil planeta. Como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras.

Este post fue publicado originalmente en 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros y Lara Eleno Romero.

 

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