BLOGS

11 hábitos tóxicos que creemos que son beneficiosos en una relación

2. Estar en comunicación constante.

18/11/2017 09:09 CET | Actualizado 18/11/2017 09:10 CET
Eva-Katalin via Getty Images

1. Decirle a tu pareja que lo es todo para ti.

Un amigo mío, cuando llevaba seis meses saliendo con una chica, me mandó un mensaje que decía: "Ella lo es todo para mí". Seis meses después, le pidió matrimonio. Y ahora están casados.

Estoy segura de que serán felices y comerán perdices.

Pero a veces me acuerdo de ese mensaje y sigo sintiéndome un poco: "Ah. Vale".

Cuando dices que tu pareja "lo es todo", lo que en realidad estás diciendo es que el resto del mundo —tú incluido— no vale nada.

Estás insinuando —y de una manera muy poco sutil— que el resto de tu vida no tiene ninguna importancia. Que, sin tu pareja, no te quedaría nada por lo que seguir viviendo.

No es romántico. No es cuqui. Y, sobre todo, no es sano.

Cuando dices que tu pareja "lo es todo", lo que en realidad estás diciendo es que el resto del mundo —tú incluido— no vale nada.

2. Estar en comunicación constante.

A ver, está bien que haya comunicación. Está genial. De hecho, es uno de los pilares de una relación sólida.

Sin embargo, que haya comunicación constante es un poco raro. Y no está bien.

Uno de mis amigos empezó a salir con una chica, y no sé si era culpa de ella, de él o de los dos (apuesto por los dos), pero hablaban por teléfono como diez veces al día. Ella le llamaba por cuestiones que, las primeras veces, parecían importantes, él se excusaba con un "enseguida vuelvo" y volvía una hora después.

Esto mismo le pasaba varias veces al día. Todos los días.

Luego, tuvo la fantástica idea de casarse con ella. Y, hasta donde yo sé, siguen pasándose horas al teléfono todos los días.

Amigo, esa situación es inaceptable si tienes más de 12 años. ¿Pero qué estáis haciendo con vuestras vidas? La autosuficiencia emocional es muy útil. No deberías depender de la compañía o de la aceptación de tu pareja para cada pensamiento que tengas o cada vez que vayas a comer algo.

3. Dar por válidas todas las emociones.

Esto te lo digo porque me preocupo por ti: no todas las emociones son relevantes.

Sí, todas las emociones son reales: nadie te está diciendo que no puedas sentirte como te sientes. Deberías aceptar todas tus emociones si así te sientes mejor. Pero que aceptes tus sentimientos no implica que los demás tengan que aceptarlos o hacerles la ola.

Hay cosas que es mejor autogestionar.

De la misma forma que no merece la pena exteriorizar todos los pensamientos que se te pasen por la cabeza, a veces tampoco merece la pena comunicar todos los sentimientos que te embarguen. Algunos de esos sentimientos pueden estar un poco verdes y, mientras sea así, es mejor que los gestiones tú mismo.

4. Pedirle a tu pareja que arregle tus problemas emocionales.

Tiene que ver con el punto anterior, pero desde una perspectiva más general.

Tu pareja no es responsable de tu bienestar emocional. Solo tú puedes solucionar tus problemas emocionales.

Si alguna vez sientes que tu pareja no está ahí para ti, que no está siendo comprensiva con la mierda de día que has tenido, que se muestra distante durante un abrazo o que prefiere salir con sus amigos antes que quedarse a consolarte es porque lo que esperas es que sea ella —en vez de tú— quien cuide de ti.

"Culpar a tu pareja de tus sentimientos es una forma sutil de ser egoísta y un ejemplo clásico del descuido de los límites personales. Cuando responsabilizas a tu pareja de cómo te sientes constantemente (y viceversa), desarrollas tendencias codependientes".

Responsabilízate de tus propias emociones y espera que tu pareja se responsabilice de las suyas.

Hay una pequeña —aunque importante— diferencia entre apoyar a tu pareja y ser su esclavo emocional. No es lo mismo ser un individuo con libre albedrío que ser un complemento de otra persona y depender de que te cuide.

No uses a tu pareja para que te limpie el culo emocionalmente hablando. Hay soluciones mejores.

Tu pareja no es responsable de tu bienestar emocional.

5. Intentar hacer feliz al otro.

Es la consecuencia más positiva de responsabilizarse del bienestar emocional del otro. Porque, hablemos claro, no está bien ni siquiera cuando sale bien.

Una vez salí con un tío que, al principio de la relación, me ganó cuando me preguntó: "¿Cómo te hago feliz?".

Madre mía, recuerdo que en aquel momento pensé que eso era la crème de la crème de las relaciones perfectas. Y quizá lo sea en una relación en la que ambos miembros sean personas perfectamente autosuficientes. Pero, con él, lo que podría haber sido amor se fue convirtiendo poco a poco en una relación con un zombi que basaba su valía en mi estado de ánimo constantemente.

6. Hacerlo TODO en pareja.

Ay, la dependencia...

Está muy de moda.

7. Ser sincero siempre.

Ni quiero ni necesito saber si mi chico piensa que su compañera de trabajo nueva está buena. Y punto. A menos que él necesite airearlo —y decirlo en voz alta— para que salga a la luz y librarse del tabú de la situación (y, en ese caso, sería por él y no por mí), yo no tengo la necesidad de saberlo. Si me da la sensación de que es eso lo que pasa, acepto que es un ser humano y que seguramente piense que su compañera está buena y sigo adelante con mi vida.

Es una de esas situaciones en las que, aunque pueda tener curiosidad, prefiero que se me permita vivir feliz en la ignorancia. Igual que si notas que tu pareja te atrae menos o si estás en la típica fase de "¿es esto lo que quiero?". No abras la caja de Pandora. De verdad, no lo hagas.

8. Llevar la cuenta de todo para "mantener el equilibrio".

El "ojo por ojo, diente por diente".

Sé que hay quien lleva la cuenta de las tareas que hace como si alguien le fuera a dar un pin. O como si estuviera jugando al balón prisionero en el patio del recreo: "Yo hago la colada si tú friegas el suelo".

Me niego a pelearme por las tareas del hogar. O a hacer cuadrantes u horarios. Es como discutir por quién recibe más sexo oral.

Sé que hay parejas que llegan a acuerdos del tipo "uno cocina, el otro friega los platos" y que luego discuten porque uno de los dos un día decide hacer galletas, pero el otro se niega a fregar porque no se ha comido ninguna.

Me niego a pelearme por las tareas del hogar. O a hacer cuadrantes u horarios. Es como discutir por quién recibe más sexo oral. En realidad, me niego a discutir por muchas cosas, pero lo que está claro es que me niego a aplicar el ojo por ojo.

Porque, peleas específicas aparte, me niego a salir con alguien que conciba nuestra relación como un niño pequeño ("¡no es justo!") o que lleve la cuenta de todo para asegurarse de que no me paso de la raya.

9. Azucararlo todo para no herir los sentimientos del otro.

Por dios, ya lo hacemos lo suficiente en el día a día. Me volvería loca si tuviera que ir con pies de plomo también con mi pareja, como si tuviera ocho años. Es agotador.

No estoy diciendo que haya que tener mala leche. Es decir, es mejor que seas buena persona, sobre todo con tu pareja. Y (como he dicho antes) que te ocupes de tus necesidades emocionales antes de pasárselas a otra persona.

Pero, al fin y al cabo, si tu pareja no es capaz de decirte que se te ha quedado comida entre los dientes o que necesita un día para estar sola, es asunto tuyo y no suyo.

10. Intentar vivir en un cuento de hadas...

O intentar encontrar el amor por otros.

Con un viaje, un hijo, otro hijo; con gestos románticos, muestras de afecto en público... Mucho ruido y pocas nueces. Puede que así tengas más tiempo de reacción, pero, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

11. Seguir igual.

Sé que nuestros abuelos lo hacían, sí. Pero también sabrás que hace cinco décadas muchas de las amas de casa empezaban a beber desde por la mañana (y que todavía quedan algunas de nuestra quinta que lo hacen).

Ahí lo dejo...

Este post fue publicado originalmente en Medium, publicado posteriormente en la edición estadounidense del 'HuffPost' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

Síguenos también en el Facebook de HuffPost Blogs