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No voy a sentirme culpable por tener una 'Navidad a lo grande'

17/12/2015 07:07 CET | Actualizado 17/12/2016 11:12 CET

El año pasado, mi hermana publicó en Facebook esta fotografía en la que se ven los regalos de su familia y de la mía colocados bajo su árbol de Navidad (y por todo su salón) y me etiquetó en ella.

kristen mae

En los comentarios, podían leerse tres "guau", un "hala" y un "madre de Dios".

Entiendo esa reacción. Incluso nosotros mismos decíamos: "¿Se habrán reproducido?". Pero, aun así, no puedo evitar sentirme algo juzgada. Sentí la necesidad de defenderme. Sentí la necesidad de explicar que en la fotografía se ven regalos para nueve personas, y que muchos de ellos eran cosas usadas de mis sobrinas -que mi hermana había envuelto porque le pareció divertido- que ahora pasarían a mi hija pequeña. Pero todas mis justificaciones parecían poco sólidas y al final acabé sintiéndome avergonzada por nuestra aparentemente excesiva extravagancia con los regalos de Navidad.

Este año voy a contenerme mucho más.

Eso fue lo que pensé en octubre.

Y ahora mismo, a mediados de diciembre, cada vez que cojo algo del armario me siento como Catherine Zeta-Jones en esa escena de La trampa en la que tiene que pasar por una red de láser con un traje de licra súper ajustado, pero bastante menos sexy.

Por mucho que intento ceñirme a lo que piden los niños y por mucho que luego intento ver si puedo devolver algo, nunca lo consigo (me he hecho hasta una hoja de cálculo en Excel. Vale, ya podéis empezar a odiarme). Pero es que me cuesta mucho decidirme. Conozco a mis hijos y sé que les encantará jugar con cada muñeca, con cada caja de Lego y con cada juego de mesa. Y sé que estarán muy agradecidos. Porque son unos niños muy agradecidos.

Hace poco, hablaba con mi marido de que me sentía culpable por ser materialista. Pero él me dijo que nosotros no éramos materialistas. La Navidad es la única época del año en la que mimamos a nuestros hijos. Nunca compramos juguetes por impulso cuando salimos y cuando cumplen años les compramos muy pocos regalos, o cambiamos los regalos por hacer un plan en familia. Mi marido también me hizo ver que estamos enseñando a nuestros hijos lo verdaderamente importante de la Navidad: el amor, la gratitud, la familia. Hablamos a diario de las diferentes formas de vida que llevan las personas a lo largo y ancho del mundo, de lo afortunados que somos, y de por qué tenemos que ser agradecidos y dar algo a cambio a la sociedad. Hacemos donaciones, materiales y económicas. Nuestra prioridad es pasar tiempo con la familia y los amigos. Y lo hacemos siempre, no solo en Navidad.

Mi marido también me dijo que le encanta la idea de que nuestros hijos recuerden con alegría la mañana de Navidad desenvolviendo regalos como locos, entre otras cosas. Y la verdad es que a mí también. Recuerdo las Navidades de mi infancia, recuerdo ver trozos de papel de regalo por todas partes y escuchar gritos de emoción, y recuerdo pasarme toda la tarde jugando con mis juguetes nuevos. Recuerdo la inocente felicidad que me provocaba creer que un señor vestido de rojo aparecía en nuestro salón (porque yo vivía en Florida, al sur de Estados Unidos, y no teníamos chimenea) y nos dejaba un montón de regalos en el sofá. Son recuerdos muy preciados de mi infancia. Están entre mis favoritos.

Entonces, ¿por qué no puedo dejar de sentirme culpable por tener guardados unos cuantos juguetes en el armario?

Bueno... si soy sincera, si supiera que solo nosotros íbamos a saber de la existencia de todos esos juguetes, no me sentiría nada culpable. Mi sentimiento de culpabilidad no tiene nada que ver con lo que significa la Navidad para mí o con el materialismo, mi culpabilidad reside en la posibilidad de que los demás me juzguen.

Facebook está lleno de padres que comentan que solo dejan que cada uno de sus hijos se pida tres cosas por Navidad o que pasan de hacer regalos, directamente. O de padres que compran muchos regalos a sus hijos y luego dicen que deberían sentir vergüenza de sí mismos porque están enseñando a sus hijos a ser materialistas o, incluso, que son malos padres.

Lo cierto es que a nadie debería importarle cómo decidan unos padres celebrar la Navidad, o cualquier otra fiesta, con sus hijos. Nadie tiene derecho a juzgar si unos padres están maleducando a sus hijos basándose en una prueba fotográfica de un día del año. Mi familia, igual que otras familias que se vuelven un poco locas cuando llegan estas fechas, no lo está haciendo mal. Simplemente, para nosotros es una especie de tradición celebrar las navidades a lo grande. Y no hay nada malo en eso.

Ahora, si me disculpáis, tengo unos cuantos regalos que envolver.

Puedes seguir a Kristen en su intento por dejar de sentirse culpable por cosas por las que realmente nadie tendría que preocuparse .

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero

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