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La libertad es un derecho, también para el pueblo catalán

05/10/2017 07:37 CEST | Actualizado 05/10/2017 08:06 CEST
EFE

"Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre".

El domingo leía esta cita de Aldous Huxley, escrita por él en 1932 dentro de Un mundo feliz mientras en el resto de mi muro se sucedía un sin fin de imágenes donde se podía ver a la policía española atacando violentamente a ciudadanos y ciudadanas en Cataluña.

En cierta manera, estas palabras de Huxley describen bastante bien la situación en la que se encuentra el país en este momento. El gobierno ha querido imponerse por encima de cualquiera que desobedeciera o dudara de su poder. Este debate sobre la independencia ya no trata solo sobre una lucha de poder entre los "unionistas" españoles y los independentistas catalanes, sino sobre la libertad de elección, y por encima de todo, la libertad de expresión. La actuación de ayer del gobierno, la Guardia Civil y la policía atenta directamente contra la salud democrática de este pais.

Las personas que el 1 de Octubre reivindicaban su derecho a votar lo hacían con un lema más elevado, el del derecho a expresar su opinión. Una opinión que podía ser positiva o no hacia la independencia de Cataluña. Sin embargo, y contra lo que se supone que un estado democrático debe garantizar, la respuesta por parte del gobierno fue cargar contra esa gente: Agredir y herir a más de 800 personas de todas las edades y condición social. Personas que tienen derecho aún a día de hoy como parte de la ciudadanía española a ser protegidos por esos llamados Cuerpos de Seguridad del Estado y no a ser atacados violentamente por ellos.

Esta actuación por parte de la policía y la Guardia Civil que desde la derecha española algunos tildan de "actuación ejemplar" y otros de actuación casi divina, como si se tratara de un escarmiento bien merecido hacia el pueblo catalán, es vergonzosa desde mi punto de vista. Un gobierno que manda ir contra su propia población no es nada salvo un gobierno autoritario, no democrático. Bajo ningún concepto, ni si quiera habiendo sido escogido por medio de una votación general, un gobierno puede ir contra los Derechos Humanos y mucho menos contra la libertad y la integridad física del pueblo.

Parece ser que en algún momento, Mariano Rajoy perdió la consciencia sobre el hecho de que los y las catalanas siguen perteneciendo al Estado, y que por ende, debe respetarlos como aquellos a los que les debe respeto total y absoluto. Pero como ya hubiera demostrado antes por medio de otras leyes coercitivas y autoritarias como la Ley Mordaza, la jornada del 1 de Octubre reiteró que el gobierno del Partido Popular no respeta los derechos civiles fundamentales a expresarse y protestar políticamente desde la no violencia.

El discurso histórico de este país y las generaciones que nos precedieron, nos han hecho a muchas perder el miedo hacia estos golpes que sólo hablan del miedo que el autoritarismo tiene al cambio.

Algunos hablaban de una vuelta al franquismo, hablaban de fascismo. Bien, yo me atrevo a decir, que esto es algo distinto, analicemos el presente. Este tipo de represión es quizás mucho más perversa. Emplea mecanismos más sofisticados, no nos permite ver con claridad quién o quiénes son los enemigos de la democracia, los ataques a la libertad de expresión son constantes pero no siempre ocupan las portadas, en lugar de eso, se llenan con temas de segunda plana creados para entretener y distraer nuestro foco. La fiscalía del Estado acusa a activistas de manera recurrente por ejercer su libertad de expresión, su libertad a la hora de protestar y resistir pacíficamente pero se desvanece en el aire con un silencio total y nos hacen creer que vivimos en una democracia en plena forma.

La policía actúa desde muchos frentes distintos y parece nunca tener la culpa, aún así, el domingo mostraron su verdadera cara frente a todo el mundo. La policía española y la Guardia Civil desplegaban en las portadas de la prensa internacional su brutalidad y violencia contra manifestantes pacíficos.

Dentro de este conflicto no compro el discurso del españolismo, que habla de unidad, de una España grande y antigua, de una España a la que sólo le preocupa la territorialidad y la recaudación... Que mira hacia otro lado cuando se habla de la corrupción que afecta a los partidos de los dos bloques mayoritarios. La España rancia de unos que agreden directamente estando en el gobierno, y de otros que agreden mirando a otro lado conformando una supuesta oposición... No compro la idea de los límites, porque las fronteras nos han llevado a donde estamos. Pensar sin límites siempre nos acercará a ser más humanos, y por ello la humanidad faltó en el escenario político de esta jornada.

Donde no faltó fue en el escenario popular, donde mucha gente dentro y fuera de Cataluña, que no se consideraba incluso a favor de la independencia, salía a la calle para manifestar su desacuerdo con el ataque a las libertades que se estaba produciendo. Eso hace albergar cierta esperanza dentro de la oscuridad que plantean los gobiernos que recortan en libertad a costa de mantener su status quo. La gente siempre es el motor de cambio social para ir a mejor.

Mariano Rajoy y su gobierno han demostrado en más de una ocasión ser ineficientes en su labor de gobierno, pero además de eso, han dejado patente que son una amenaza real para esa democracia con la que se llenan la boca constantemente al opinar. No respetan a la ciudadanía y su integridad, ¿cómo entonces van a respetar un tipo de soberanía que en teoría emana directamente de ésta?

Este episodio ha sido terrible, tanto en el antes – propiciando y permitiendo todo tipo de actos de corte ultra derechista, que en varias ocasiones han enaltecido el franquismo-; durante – con una espantosa violencia policial contra la sociedad civil-; y en el después, porque está claro que este conflicto no va a terminar aquí.

Los bloques hegemónicos hablan de mantener la legalidad, pero puede que olviden que en muchas ocasiones la ley no es sinónimo de justicia, y por ello, en muchas otras es necesario transgredir esa legalidad para avanzar democráticamente. Rosa Parks desafió las leyes segregacionistas en Estados Unidos sentándose en el transporte público sin obedecer las señales que distinguían entre sitios para negros y blancos. Clara Campoamor lograba ir en contra de una sociedad civil y política que en su mayoría no quería reconocer el voto femenino en España, y lo conseguía un 1 de Octubre de 1931 tras una larga batalla. Así podría seguir citando casos, pero son demasiados, y todos demuestran que el poder de la sociedad es mucho mayor que el de ninguna pelota de goma o porra que nos quieran estampar en la espalda. Posiblemente porque el discurso histórico de este país y las generaciones que nos precedieron, nos han hecho a muchas perder el miedo hacia estos golpes que sólo hablan del miedo que el autoritarismo tiene al cambio.

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