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Cuando sólo nos queda Santa Bárbara

05/12/2017 07:32 CET | Actualizado 05/12/2017 10:50 CET
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La crisis económico financiera por todos conocida que está atravesando España no es más que una de esas veces en las que nuestro país ha tratado de destruirse a sí mismo, según la frase atribuida al general Otto von Bismark, que lejos de ser un buen ejemplo en muchos ámbitos, aquel día tenía toda la lucidez que hoy les falta a nuestros políticos para describir la situación real de España. La merma en los derechos sociales, la defragmentación del Estado del Bienestar o los diversos conflictos que se hacen eco en toda nuestra geografía, reflejan la angustiosa situación que vivimos sin que, como en los cuentos de hadas, ningún valiente guerrero venga a luchar y defender nuestra causa.

La pobreza y la corrupción, la deslealtad de los gobiernos para con sus ciudadanos y la falta de coherencia y sensatez que estos últimos representan en las urnas, parecen dar la razón a la teoría relativa a la existencia de un tal Karma, que te hace pagar por todo aquello que haces mal.

A esa gente sólo podemos decirle que la minería es hoy la moneda de cambio de una clase política que ha jugado durante mucho tiempo a la patata caliente con ella

Y es que parece no bastarnos con la despoblación de los pueblos por su falta de recursos, el movimiento urbanita potenciado hasta límites insospechados por las altas esferas o el abandono del mundo rural en todos los sentidos, para salir a la calle a protestar por todo aquello que nos hacen tragarnos, a veces hasta sin masticar. El juego sucio que observamos cada día en el mundo de los negocios o las triquiñuelas judiciales para rebajar las penas de aquellos peces gordos, políticos en su mayoría y sus consejeros desaconsejables para nuestras instituciones, no son suficientes para parar una bola que no deja de crecer y que cualquier día nos explota en la cara.

Por no hablar de problemas para los que no hay soluciones sobre la mesa ni tiempo en la agenda o simplemente por falta de compromiso o inteligencia, como la situación que atraviesan sectores como el de la minería, la agricultura o la ganadería. La minería. Casi me cuesta trabajo pronunciar esta palabra en un día como hoy, por la vergüenza que siento al no poder darle una explicación fundada a toda esa gente que perdió familiares en las minas, que perdió no sólo su puesto de trabajo sino el sustento de toda una familia. ¿Qué decimos ahora a toda esa gente que luchó también por los derechos de los demás, que con su esfuerzo dotó de riqueza este país desagradecido que hoy no le deja más que las cenizas de todo aquello que un día poblaba zonas, generaba recursos propios y no registraba cota alguna de desempleo?

A esa gente sólo podemos decirle que la minería es hoy la moneda de cambio de una clase política que ha jugado durante mucho tiempo a la patata caliente con ella. Que la minería fue, como lo es ahora la situación de Cataluña, una viga que nuestros políticos no ven hasta que no la tienen encima. Eso sí, la paja en el ojo ajeno la vemos a la primera, pues de lo que podemos presumir en España es de tener el récord en soluciones para los demás. De todo sabemos más que nadie por lo menos, pero cuando nos toca a nosotros entonces sí... Llega el momento perfecto para no hacer nada y estar quietos en el sofá de casa, sin movernos.

Preparad a esa gente que se ve obligada a salir de la mina para que pueda dedicarse a otra cosa. Premiadles con algo por todo lo que aportaron a este país sin nada más a cambio que un trabajo que les diese de comer.

Pero qué va a contar la opinión de una joven de 25 años, con una carrera universitaria a la que le piden una experiencia laboral de al menos cinco años en las entrevistas de trabajo, de un pueblo de la comarca del Bierzo de menos de 200 habitantes, de familia minera y que el último recuerdo que conserva de su padre es verle salir de la mina, con los ojos manchados de negro, como el rímel que ella ahora utiliza 20 años después. Pues nada. Porque ¡qué va a sentir ella la minería en las venas! La sienten más los ministros de industria a los que no les tiembla el pulso a la hora de firmar sentencias de muerte. La sienten más aquellos miembros de gobiernos que viven echándole la culpa a los otros o aquellos otros que siguen sin encontrar soluciones.

A mí me gustaría que ambos pensasen en un concepto tan básico como las pensiones vitalicias que algunos se quedan, lejos de entrar a valorar lo que pienso de ellas. No discuto su responsabilidad al frente de un país que es lo que supuestamente las avala. Pero apelo a la aplicación de las reglas y normas en función de la situación que afronta el país.

¿No alegan ellos lo mismo para justificar el cierre de las minas? Las sociedades avanzan, energías renovables, medio ambiente... Bien, creación también de nuevos empleos. Preparad a esa gente que se ve obligada a salir de la mina para que pueda dedicarse a otra cosa. Premiadles con algo por todo lo que aportaron a este país sin nada más a cambio que un trabajo que les diese de comer.

Porque nos conviene a todos defender la minería por todo lo que ella dio a otros sectores. Yo sé que los mineros tienen medallas suficientes que colgarse para recibir por ello algo justo a cambio. Lo que no sé es si ustedes, "ilustres" políticos, pueden decir lo mismo por obtener beneficios exacerbados de por vida.

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