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Así empezó mi viaje

16/06/2017 07:25 CEST | Actualizado 16/06/2017 07:25 CEST

"Igual eres alérgica al queso".

"O al pan".

"¿Te has quedado embarazada?".

"¿Te notas estreñida?".

Estos son solo unos pocos ejemplos de los diagnósticos que me iban dando mis amigos y mi familia cuando me tambaleaba con el estómago hinchado y revuelto. Por suerte, sabía con certeza que no había ninguna posibilidad de estar embarazada, porque entonces sí que me habría estresado de verdad, aunque, en ese caso, quizás habría ido al médico antes. Tengo que darme una torta a mí misma cada vez que pienso en retrospectiva y me esfuerzo al máximo por recordar que todo pasa por algún motivo, aunque ese motivo sea imposible de encontrar a veces.

Por entonces era casi Navidad y estaba estudiando para unos exámenes. Cuando me empecé a notar tan hinchada que no podía ni ponerme los vaqueros, me di cuenta de que pasaba algo raro. Tenía bien claro que no estaba estreñida. Después de ir cuatro veces al médico, me mandaron a urgencias. Me hicieron una radiografía y, una vez más, me volvieron a diagnosticar estreñimiento agudo. Me mandaron a casa con un régimen laxante intensivo para el fin de semana. Mi rostro seguía pálido por mucho que yo siguiera vaciándome por dentro (innecesariamente). Esto me consumió por completo, por si no me había consumido ya bastante el propio tumor y todo el peso extra que llevaba encima. ¡Era una agonía!

Cuando me empecé a notar tan hinchada que no podía ni ponerme los vaqueros, me di cuenta de que pasaba algo raro.

Tras ese fin de semana, volví a urgencias en busca de respuestas. Esta vez fue totalmente distinto. Me hicieron una prueba de ultrasonido y un TAC. Me dijeron que tenía una masa grande en el ovario que segregaba líquido —lo que explicaba la hinchazón de mi tripa— y me ingresaron. Tras unos días en el hospital, me comunicaron que esta masa era un tumor y que no estaban seguros de si era benigno o maligno. Me trasladaron a un hospital más adecuado y me dejaron pasar en casa las navidades con analgésicos más potentes. Fueron las peores navidades de mi vida. Nunca había sentido tanto dolor y malestar; solo quería dormir para dejar de sufrir.

Tenía que volver al hospital tres días después de Navidad para que me hicieran una biopsia y me drenaran el maldito líquido, pero como no podía ni comer ni dormir del sufrimiento, me ingresaron un día antes. Cinco litros me extrajeron del estómago. ¡Ni siquiera podía creerme que pudiera caber tanto ahí dentro!

Pensándolo bien ahora, no sé cómo no me di cuenta de la verdad.

Me dieron el alta con menos líquido acumulado y con algunos puntos en la tripa. Aún sentía dolor, pero ni punto de comparación con cómo me encontraba antes. Tenía programada una visita con mi ginecólogo una semana más tarde para comentar los resultados. Conforme avanzaba la semana, fui encontrándome peor. El día de la consulta médica, recibí la peor noticia que podían darme: los tumores se habían expandido y ahora los tenía hasta en el diafragma. Aún no había noticias sobre el tumor de mi ovario, pero mi médico prefirió que me volvieran a ingresar hasta que recibiera un diagnóstico. Me dijo que me pondría en buenas manos, las de los mejores oncólogos. Aun así, seguía confusa porque no sabía si tenía cáncer o no.

Pensándolo bien ahora, no sé cómo no me di cuenta de la verdad.

Me di de bruces con esa verdad dos días más tarde, cuando el médico vino a la habitación a verme. Me senté con mi madre y mi tía y nos fue explicando que aún no estaban seguros de qué tipo de tumor era. Le pregunté: "Entonces, ¿tengo cáncer?".

Me miró y me respondió: "Siento muchísimo tener que decirte esto, pero sí, tienes cáncer".

Me quedé destrozada y el mundo se me vino encima.

laura oneill

Este blog apareció originalmente en Cocktails 'N' Chemo

Este artículo fue publicado anteriormente en el 'HuffPost' Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco