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Lo que supone para mí el final de ETA

07/04/2017 18:50 CEST | Actualizado 08/04/2017 11:01 CEST
LAURA RIESTRA

¿Qué supone para mí el final de ETA? Esa es la maldita pregunta a la que me enfrento a mis 30 años. Lo primero que me sale responder es que no lo sé. Demasiadas sensaciones, demasiados recuerdos se amontonan en mi cabeza. También, por qué no decirlo, cierto sentimiento de desazón, porque ya nos tienen acostumbrados a las falsas expectativas. En nuestra memoria queda, por ejemplo, el caso de las negociaciones de Oslo tras el cese definitivo, cuando todo quedó en nada al denunciar los mediadores internacionales la intolerancia de los terroristas y el final de ETA cayó en saco roto. Pero si me centro sólo en eso, en pensar en el final de esta banda, lo primero que debiera admitir es que me sale llorar.

Llorar porque pienso en lo muchísimo que sufrió mi familia el día que se hizo realidad algo que siempre temieron que pasara: que mi tío, hermano de mi abuela, fuera asesinado. El 19 de octubre de 1993 dos terroristas, uno de ellos identificado como Juan Luis Aguirre Lete, le dispararon doce veces: siete balas alcanzaron su cuerpo. Le remataron en el suelo, a pocos metros de su casa. Por aquel entonces mi tío, Dionisio Herrero Albiñana, era general de división de Sanidad del Ejército del Aire. Nunca quiso guardaespaldas, pese a que estaba amenazado. Quería vivir con la máxima normalidad, disfrutando, como hacía, de curar a la gente, de su familia y de sus amigos.

Su recuerdo me vino a la mente de inmediato el día que ETA anunció que iba a desarmarse. Esa noticia también provocó en mí la necesidad inmediata de hablar con mi madre y con mi abuela. Las admiro profundamente por cómo llevaron y llevan el asesinato. Sucedió en la década de los 90, cuando todavía sonaba aquello de "algo habrá hecho". Félix Ovejero recordaba con maestría en una columna de El País aquella etapa, cuando coleaban los "supuestos morales implícitos en el retintín: ETA administraba justicia; algo peor: era infalible". Por aquel entonces la gente también tenía miedo. Recuerdo lo que me impactó cuando mi madre me confesó que muchos de sus compañeros sólo se atrevieron a darle el pésame en privado, cuando nadie les veía. O incluso en el cuarto de baño del trabajo. Nadie de mi familia ocultó ni quiénes eran ni lo que les habían hecho.

Mi madre no nos contó de inmediato lo que había pasado. Mi hermano y yo teníamos cinco y siete años, por lo que creyó que era mejor que no supiéramos, al menos en ese momento, que era ETA la que se había llevado a mi tío, la que había destrozado nuestra familia. Pero por aquel entonces, antes de ser consciente de lo que había pasado, yo ya vivía con miedo. Recuerdo cómo era incapaz de dormir cada vez que veía en los balcones los pocos crespones negros que la gente se atrevía a colgar cuando ETA volvía a matar. Me quedé petrificada la primera vez que vi a aquellos señores encapuchados exigiendo ante las cámaras sus objetivos. Todo aquello me daba tanto, tanto miedo, que le decía a mi hermano pequeño que no pasaba nada porque nunca matarían en Alcalá de Henares, donde vivíamos, "porque era una ciudad que no salía en el mapa". Él no me decía nada. A veces pienso que sabía que, por mucho que yo fuera su hermana mayor, no tenía ningún sentido lo que le estaba diciendo y que, en realidad, me estaba protegiendo a mí misma.

Por eso el final de ETA para mí también es felicidad. La que surge dentro de mí al pensar que nuestros hijos no tendrán que vivir con ese miedo. Habrá otros, sí, pero no el de ETA.

Y luego está lo que significa para mí que mataran a mi tío. Cuando me lo contaron mis padres, mi abuela me dio todo lo que había guardado de aquellos días: recortes de periódicos, grabaciones del telediario y el maletín que su hermano llevaba cuando le asesinaron. Recuerdo a la perfección lo paralizada que me quedé al ver a Ana Blanco contando en el telediario cómo había sido asesinado Dionisio Herrero Albiñana. Ahí estaba ella, esa periodista a la que tantísimo admiraba, contando cómo habían arrancado la vida a mi tío. Y fue ahí cuando pensé, por primera vez, que quería dedicarme al periodismo. Quería serlo para contar lo terrible que es el terrorismo. Para que nunca nadie más tuviera que quedarse solo, en silencio, después de que le hubieran arrebatado a un ser querido. Para contar la verdad.

Por desgracia, después del asesinato de mi tío vinieron muchos más. Otras 110 personas fueron asesinadas por ETA hasta que, en 2011, la banda anunció que no volverían a matar. Aquel día también lloré, pensé en las 829 personas asesinadas, en las mil y una treguas que nunca culminaron en la paz, en el temor que sentía a que lograran objetivos tan crueles como aquella Nochebuena de 2003, cuando intentaron volar un tren en Chamartín. Aunque en realidad lloraba con confianza cero en que cumplieran con su compromiso de no volver a matar. Hoy, 7 años después, esa sensación ha vuelto. Esa mezcla de angustia que parece que sólo se termina al romper a llorar, esa felicidad contenida, esa ilusión por que vivir en paz llegue a nuestro día a día.

Y, en definitiva, la satisfacción de saber que, de alguna manera, el asesinato de mi tío tuvo algún sentido.

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