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Palacios y cenizas

21/05/2017 10:29 CEST | Actualizado 21/05/2017 10:29 CEST
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Ibrahim ibnn Adham era un famoso rey en Balkh, Afganisthan, allá por el siglo VIII. Un día un vagabundo osó llegar ante Ibrahim, burlando la seguridad de la Corte.

—¿Qué has venido a hacer aquí?, —le preguntó el rey, un tanto molesto con la intrusión del desarrapado.

—Nada en particular —le respondió el vagabundo— me parece muy bonito este Hotel.

—Esto no es un hotel— le contestó Ibrahim algo enfadado señalando los hermosos techos, las pinturas y las lujosas alfombras de su mágnifico palacio.

—No te equivoques, esto no es más que un hotel —sentenció el vagabundo.

El rey no podía dar crédito a lo que oía y empezó a narrar al vagabundo como sus antepasados, varias generaciones antes, habían construido el palacio. Nombró uno por uno a todos los reyes que habían habitado el palacio hasta llegar a su padre y después se nombró a si mismo.

—¿Te convences ahora de que esto no es un hotel? —le increpó Ibrahim esta vez de forma muy desafiante.

—Tu lo has dicho, no yo. ¿Cómo llamas a un lugar donde la gente viene, se queda por un tiempo y se va? Me gusta tu hotel.

La historia continua para terminar revelando una profunda enseñanza sobre la naturaleza transitoria de la vida y de la muerte. Sobre el hecho de que aunque nos empeñemos en construir grandes imperios, tener mucho dinero o cambiar el mundo, la realidad es que estamos aquí de paso.

Aunque toda nuestra vida gira en torno a la belleza, el bienestar y en ellos depositamos nuestra seguridad, la realidad es que si tan sólo pensamos un poquito sobre la muerte, nos damos cuenta de su transitoriedad. Quizá la forma mas primitiva de autoengaño sea pensar que la belleza y el bienestar sean las metas mas importantes de la vida.

Hace unos días asistía en Londres a un velada con una familia amiga que aun lloraba a su padre. Sus cenizas presidían la reunión. Un hombre mágnifico que llevó una vida increible viajando por todo el mundo y disfrutando todo tipo de comodidades. Ahora, en su apartamento, reposaba en una pequeña urna de no mas de 4 kilos. Mucho sobre lo que pensar.

Sin duda, vivimos en un hermoso hotel —nada mas que un hotel, por muy hermoso y cómodo que sea.

De allí, con aquellos pensamientos, viaje a Oriente Medio donde me invitaron a una cena en un palacio de cinco plantas. A todos nos impresionó la belleza del palacio, pero sobre todo el despliegue de poder económico y político de su propietario. Cuando llegué a mi hotel pensaba por un lado en las cenizas de mi amigo y por otro en el palacio donde acababa de cenar.

He de reconocer que me sentía un poco aturdido y me preguntaba qué es lo que tiene la belleza y el bienestar que a la mayoría nos impresiona. No encontré respuesta alguna y me fui a dormir.

A la mañana siguiente, me acordé de la historia del rey Ibrahim. Pensé de nuevo en las dimensiones gigantescas del palacio donde cené y me pregunté cuántas urnas de cenizas podrían ocuparlo. Quizás las mías propias, pero con seguridad la de su propietario, sus descendientes, todas y todos los que creemos en la eternidad de nuestras vidas... y aun sobraría espacio.

Sin duda, vivimos en un hermoso hotel —nada mas que un hotel, por muy hermoso y cómodo que sea.

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