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'Venta del Rayo' : la piedra filosofal que transforma la historia en memoria

20/03/2017 20:35 CET | Actualizado 24/03/2017 07:23 CET
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El único lugar donde el olvido no se produce es la mente y en los corazones de las víctimas, y por esa razón nunca aceptarán la impunidad. Puede imponerse el silencio, la amnistía, el olvido o dictarse leyes descafeinadas pensadas más para aplacar ciertas instancias que para reivindicar a los desaparecidos y asesinados por sus ideas, pero la vieja y ajada foto del abuelo, del padre, seguirá por fortuna despertando la inquietud de muchos jóvenes españoles, tal y como avivó la curiosidad de la autora de este libro, que reivindica la figura de su abuelo al mismo tiempo que relata el acontecer de la guerra civil en Loja y un viaje de vida que arranca en el exilio interior y se va abriendo al mismo tiempo al mundo exterior.

—Baltasar Garzón Real (Torres, Jaen, 26 de octubre de 1955), prologo a "Venta del Rayo", novela de Encarna Castillo Rodríguez, Trampoline Editorial, Madrid, (2017)

Conocí a Encarna —autora con memoria,— una hermosa noche de otoño en Cordoba, y poco después, tenía en mis brazos el cuidadoso manuscrito de la Venta del Rayo; no cabía entre mis manos —necesitaba abrazarla.

Y así, mediante su lectura y sus protagonistas caminé un par de días, mientras leía, por aquellos pueblos y senderos de las serranías andaluzas descritos por Encarna. Caminata por un periodo de nuestra historia, que a mas de ochenta años vista, aún nos duele —los días que siguieron el fatídico golpe de estado de 1936 y el sufrimiento que trajo.

La insistencia en el olvido y una identidad impuesta, que aun nos negamos a cuestionar oficialmente, creó una generación emocionalmente disfuncional, incapaz a día de hoy de poder mirarse a si misma con honestidad —a través del corazón.

Y es que la mente y el corazón, de las que habla mi admirado Baltasar Garzón en su prologo de Venta del Rayo, aparecen demasiadas veces divorciadas la una del otro. Sin embargo, a veces basta una mirada a nuestra historia—a lo mejor a los ojos de aquella ajada foto de la bisabuela— para sentir un escalofrío en los adentros. Allí, en ese momento de reconocimiento visceral, la mente y el corazón parecen aliarse de nuevo.

La memoria importa porque existió y punto, pero sobre todo porque es parte de quienes somos.

Y es que no sólo somos seres individuales, independientes, que en nombre del dogma de la libertad individual expulsamos de nosotras mismas la fraternidad, la colectividad, en la que estamos enraizadas.

La memoria es importante, no para avivar rencores —como nos repiten quienes escribieron nuestra historia usando las palabras del olvido,— aunque al recordarla sea inevitable sentir ira. La memoria importa porque existió y punto, pero sobre todo porque es parte de quienes somos. Traerla a la luz de nuestra consciencia, sentirla, y sentirnos cuando ella está presente, importa.

Somos mucho más de lo que creemos ser. Somos parte de una historia, hijas, hermanos, nietas y vecinos de muchas otras gentes visibles, y otras muchas mas que nos precedieron y de las que no sabemos nada —muchas olvidadas, exiliadas de quienes somos. Verdaderas protagonistas de una guerra a la que nadie les preguntó si querían ir —y lo que es peor,— a quienes convirtieron, obligándolas a negarse a si mismas, en pilares de la construcción de una España, que es preciso ya poner en tela de juicio, y que no por ello se va a derrumbar.

En Venta del Rayo, Encarna Castillo investiga y reconstruye los primeros seis meses de la guerra civil española en Loja (Granada), concretamente en una pedanía que da título a esta obra. La investigación de lo que sucedió en Venta del Rayo, hasta ahora una serie de datos dispersos en numerosas fuentes, sirve a la autora para reconstruir no sólo la historia de esos meses sino la intrahistoria de su familia a partir de dichos sucesos.

Comenzando con los avatares en la guerra del abuelo de la autora, un jornalero sin tierras y miliciano, la trama va avanzando hasta el exilio de su familia en Cataluña en el llamado «cinturón rojo» de Barcelona, el nuevo hogar de tantos andaluces exiliados...

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