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Un amor de verano o Eros con chanclas

07/07/2017 07:24 CEST | Actualizado 07/07/2017 12:41 CEST

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Fotograma de 'Un amor de verano' (2016).

¡Ay bendito sol de verano que tantos mitos alberga!

He llegado a una decisión inalterable - que implica irme a vivir para siempre a la Polinesia. Allí podré terminar mis días en paz y libertad, sin pensar en el mañana y en esta eterna lucha contra los idiotas.

—Henri Paul Gauguin. Nació el 7 de Junio 1848 en Paris y murió el 8 de Mayo de 1903 en la Polinesia.

​​​Las chanclas, el bikini, las gafas de sol, el gorro de paja, la ropa blanca de lino, el libro que nos dará respuestas o la novela que nos ayudará a volar con la imaginación. Unos ajustes de presupuesto aquí y allá, decisiones de última hora revisando Airbnb y.... ¡comienza el ritual veraniego!

Llegado el momento de cerrar el bolso de viaje quizás una última revisión para darnos cuenta que entre nuestras acuarelas, además del color azul mar o verde montaña, es muy necesaria la gama de colores cálidos. Colores que evoquen el latir del corazón y la sangre fluyendo; el amor de verano, Eros, y su completa desnudez.

La sola evocación del Eros veraniego —que por cierto no lleva chanclas— nos devuelve un poco de color a las mejillas. L'amour d'été. Y es que en nuestro imaginario el amor de verano es una especie de revoltijo de sentimientos, sensaciones y recuerdos que a veces, hasta da un poquito de vertigo. Su sola presencia puede llegar a amenazar el cómodo mundo de relaciones en el nos hemos apoltronado. Puede borrar de golpe lo que hicimos el ultimo verano, la sensación de estar embadurnada en protección solar factor 100, buscando siempre la cala perdida donde refugiar nuestra soledad o pasear nuestro aburrimiento.

En nuestro imaginario el amor de verano es una especie de revoltijo de sentimientos, sensaciones y recuerdos que a veces, hasta da un poquito de vertigo.

Invitado a nuestra mesa veraniega, Eros, siempre disruptivo, toma su asiento como si nunca se hubiese ido. Nos invita a entender el verano como un momento para vivir de verdad; no sólo como unos días de desconexión y huida hacia delante. Y a veces, en su compañía, decidimos que nuestra vida tiene que tener mejor destino. Así, como en la Polinesia mítica de Gauguin, el verano se nos presenta como un espacio vital donde poder terminar nuestros «días en paz y libertad, sin pensar en el mañana y en esta eterna lucha contra los idiotas.»

En "Un amor de verano", la veterana directora Catherine Corsini reflexionó sobre esas sensaciones de una forma hermosa, describiendo el encuentro veraniego entre dos mujeres, Delphine y Carole, ambientada en la Francia de 1971. Unos años significativos para muchos y muchas de nosotras. Delphine, una chica de campo, huye a París para escapar del yugo familiar y conseguir emanciparse. Allí se encuentra con Carole, muy parisina y feminista convencida, que vive con Manuel. Las dos se conocen y viven una historia de amor, narrada con gran pasión y una inequívoca perspectiva de género que sin duda nos hace reconectar con el amor como posibilidad de salir de una existencia monótona y aburrida. Y todo ello ocurre en verano.

Así que ya saben, si esté verano se encuentran con Eros mándenle recuerdos. Mientras tanto, nada mejor que recordar con ligereza ese amor de verano que una vez experimentamos, como hace Catherine Corsini en esta narración restrospectiva de "Un amor de Verano"

Cécile improvisó el momento en que Carole se abre el vestido detrás de las vacas. Me pareció divertido. Es típico de Carole aportar una brisa de libertad en ese entorno austero. Carole no tiene problemas con la desnudez, al contrario de Delphine, que no se siente cómoda con su cuerpo, quizá porque aún no asume su homosexualidad. La escena en que hacen el amor en medio del campo estaba poco descrita en el guion. Es un momento carnal crudo, que se convierte en divertido con las vacas mugiendo al lado.