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Mi peor pesadilla: ¿y si estoy criando a una abusona?

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BULLYING TEEN
Highwaystarz-Photography via Getty Images
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Nunca olvidaré el día en que mi hija me contó que Bethany, una niña de su clase de cuarto de primaria, la estaba molestando.

"¿Qué te hace?", pregunté, instintivamente protectora.

"¡Me sigue por el patio y se sienta a mi lado en la comida!", me respondió, como si esa frase lo explicara todo o fuera a hacer que me pusiera de su parte.

"¿Quieres decir que está intentando ser tu amiga?", pregunté, incrédula.

Me di cuenta inmediatamente de que tenía un problema delante de las narices. Estaba criando a mi peor pesadilla. En medio de mis cinco hijos, estaba mi hija: carismática, pícara, danzarina, atlética, rebosante de autoestima, rubia, de piernas largas y, aparentemente, un incordio para otra niña que no había tenido tanta suerte de ser como ella. Por desgracia para mi hija, su propia madre fue como Bethany en primaria. Mi padre era militar, tenía la cara llena de pecas y el pelo enmarañado, siempre era la nueva que pedía un amigo a gritos y que se sentía atraída por la seguridad de niñas como mi hija. Esta conversación me dejó debatiéndome entre sentirme furiosa o triste, pero había algo de lo que estaba segura: mamá iba a demostrar con hechos algo que llevaba defendiendo con palabras todos estos años.

A la mañana siguiente, mi casa se convirtió en una batalla entre dos fuerzas muy tercas. No fue agradable, pero me impuse. Mi hija iba a un colegio católico privado, en el que ella y su séquito partían el bacalao. Llamé por teléfono a la madre de Bethany esa misma tarde y mis miedos se confirmaron. Mi hija y su cuadrilla intentaban de todo para deshacerse de la molesta Bethany.

Estoy segura de que habrá padres y madres que pensarán que reaccioné exageradamente, pero yo creo que tenemos que enfrentarnos a la epidemia de bullying que nos asola de raíz; y, para ello, tenemos que redefinir el concepto. Para mí, el rechazo y la completa falta de interés que mi hija y su grupito demostraron hacia Bethany era el sutil comienzo de un tipo de bullying. Lo cierto es que (por lo que me confirmaron la madre de Bethany y los profesores) no había crueldad pública ni motes ofensivos de por medio, solo rechazo; una falta de interés total en alguien que habían asumido que no tenía nada que ofrecer. Después de mis experiencias de la infancia y de criar a cinco hijos, me he visto en todas las facetas de la dinámica social del bullying y estoy convencida de que así es como empieza. Con la evaluación trivial y el descarte rápido de alguien nuevo.

En mi opinión, a nuestros hijos podría servirles que tuviéramos con ellos una charla sobre el darwinismo social y sobre lo que motiva a los seres humanos a aceptar o a rechazar a los demás. Pasa a cualquier edad y en cualquier etapa de la vida, independientemente de la raza o la religión. Se basa en nuestro propio miedo al rechazo y nuestra falta de confianza. Todo el mundo compite para conseguir un buen puesto en la cadena alimentaria social. Me siento como si hubiera experimentado un éxito demostrable con mis hijos por haber puesto esta dinámica sobre la mesa. Es necesario que los padres llamen a las cosas por su nombre, que hablen alto y claro y que arrojen luz sobre los asuntos más feos. Tenemos que admitir ante nuestros hijos que nosotros también lo experimentamos, incluso siendo adultos. Por supuesto que es tentador lamerle el culo o hacerle la pelota a alguien que se encuentre un par de niveles por encima de ti en la pirámide social, pero todo el mundo merece nuestra atención y nuestro máximo respeto. A pesar de esto, tenemos que recordar constantemente a nuestros hijos y a nosotros mismos que todo el mundo puede aportarle un valor inesperado e imprevisto a nuestra vida. Pero, para eso, tenemos que dejarles.

No basta con enseñar a los niños a "portarse bien". Hay que ser un poco más específico. Los niños piensan que si no están siendo abiertamente crueles, se están portando bien. Nosotros sabemos más. Atemos cabos. Expliquémosles el instinto de supervivencia del darwinismo social que motiva y lidera sus impulsos. Te aseguro que podrán digerirlo. De hecho, ya lo están viendo de un modo u otro. Simplemente, necesitan que sus padres se lo expliquen y les propongan una dirección alternativa.

En el caso de mi hija, le he enseñado que tiene que invertir algo de tiempo y energía en conocer a Bethany. Le mandé que cuando llegara a casa al día siguiente me contara tres cosas guays que hubiera descubierto de Bethany y de las que antes no se hubiera dado cuenta. Mi hija no dio su brazo a torcer. No quería hacer lo que le había pedido. Y yo tampoco cedí. La mañana siguiente, me negué a llevarla en coche al colegio hasta que accedió. Parecía que, por lo menos hasta ahora, yo tenía el poder (y las llaves del coche). Como se resistió, nos dio tiempo a hablar del darwinismo social. Le expliqué mi "analogía del cajero automático". Le expliqué que ella tenía ahorros de sobra en el banco social. Así que podía sacar algo para esta chica arriesgando muy poco.

"¡Invirtamos!", la animé, entusiasmada.

Se vistió de mala gana y la llevé en coche al colegio. Tuvo un buen día (lo que quedaba de día), pero todavía estaba mohína conmigo cuando fui a buscarla y me dijo que las madres de sus amigos "no se metían en esos asuntos" y dejaban a sus hijos "elegir a sus propios amigos". (Qué mujeres tan sabias). Y después me dijo tres cosas guays de Bethany de las que no se había dado cuenta antes.

Llamé a la madre de Bethany por teléfono dos semanas después. Es lo que se llama hacer un seguimiento. (No creo que muchos padres lo hagan. Nos limitamos a "sobrevolar" las necesidades de nuestros hijos en lo que se refiere a ropa, nutrición, sueño, higiene y trabajos manuales del colegio y luego nos enorgullecemos de lavarnos las manos en lo que a temas sociales respecta. Ojalá me dieran un dólar por cada vez que me gustaría decir "¿En serio? ¿Gestionas todas las mierdecitas de tu hijo, desde la ingesta de gluten hasta los tacos de las botas de fútbol, pero en ESTO no te vas a meter?". Está claro por qué hay tan poca responsabilidad y por qué la cultura del bullying está tan extendida). La madre de Bethany me aseguró que su hija se había sentido bienvenida y que todo iba bien.

La familia de Bethany se mudó unos años más tarde. Mi hija lloró cuando sus caminos se separaron. Y todavía siguen en contacto gracias a las redes sociales. Era y sigue siendo una chica muy guay con mucho que ofrecer a los demás. Pero la que más ganó de esta experiencia fue mi hija, obviamente. Ahora va a la universidad y tiene un grupo de amigos muy diverso. Es amable, le gusta incluir a todo el mundo y está abierta a todo tipo de personas. Cuando era maleable, impresionable y yo estaba ahí para guiarla:

- Aprendió que la primera impresión no siempre es acertada.

- Aprendió que podía ser amiga de la persona más inesperada; las mejores amistades no tienen por qué ser "tu tipo". En el ámbito de la amistad, el contraste suma puntos.

- Aprendió que hay veces, en un marco social determinado, en las que estás en posición de retirar parte de tus fondos para ayudar a alguien. Que hay que ser generoso e invertir. Da sus beneficios.

Pero lo más importante es que aprendió que, aunque no me preocupo mucho por sus manualidades del colegio, por si es intolerante a la lactosa o por si lleva el pelo enredado, me preocupo de que trate bien a la gente.

Padres: vuestros hijos en algún momento desarrollarán el sentido común suficiente como para ponerse una chaqueta si hace frío y para comer verdura, invertid vuestra energía en guiar sus interacciones con la sociedad. Si insistimos en seguir sobrevolando superficialmente las vidas de nuestros hijos, por lo menos, hagámoslo en las áreas adecuadas.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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