BLOGS

El sistema de propinas en Estados Unidos

25/05/2015 07:19 CEST | Actualizado 25/05/2016 11:12 CEST
GETTYIMAGES

Hace unos días fui a cenar con unos amigos a un restaurante en el Soho, Nueva York. Cuando llegó la cuenta, vimos que nos habían sumado ya un veinte por ciento de propina. Esta es casi obligatoria en este país, oscila entre el quince y el veinte por ciento, y en los grupos numerosos como el nuestro a veces el local aplica directamente al menos un quince por ciento, así que no nos pareció ninguna novedad. Sin embargo, nos llamó la atención que, después de que cada cual pusiera su parte, el camarero regresara apresurado para decirnos, con esa cordialidad empresarial norteamericana, que faltaban cinco dólares. Sin dudarlo, los añadimos, aunque en el aire se palpaba una pregunta que al final hice amablemente al camarero: "¿Un diecinueve por ciento de propina no es suficiente?". Este titubeó algo con una timidez que no le impidió recoger los cinco dólares, para después marcharse a hacer sus cuentas.

Y esas cuentas son las que los que vivimos en Estados Unidos querríamos entender.

El empleado del Soho es, como muchos en el sector servicios, tipped staff: recibe propinas y con ellas complementa su salario base. Este es inferior al mínimo interprofesional. Por ejemplo, en Nueva York es de 7.5 dólares la hora, mientras que el sueldo mínimo es de 8.75, como indica el Departamento Laboral:

El empresario sólo tiene la obligación de pagarle más de 7,5 dólares si con la contribución del cliente no cubre la diferencia.

Un trabajador a tiempo completo que perciba un sueldo de 8.75 dólares apenas llega al umbral de la pobreza. Pero aún si se creyera suficiente, ¿por qué depende del cliente para alcanzar esa cifra?

Uno podría pensar que el precio de una comida en un restaurante en Estados Unidos debería ser bajo teniendo en cuenta el sueldo del personal, pero no es así: en Nueva York, una cena cuesta casi 50 dólares de media, según la guía Zagat. También se podría creer que recompensamos al trabajador porque nos brinda un servicio excelente, pero este suele ser simplemente correcto. El consumidor, en definitiva, paga una cantidad adicional porque la empresa no la paga, y esto sucede en bastantes negocios: la entrega a domicilio, la compañía de la limpieza, la que gestiona los edificios, la de reparaciones, la de mudanzas.

La práctica de agasajar al trabajador tiene su origen en Europa, hace varios siglos. En Inglaterra, los huéspedes daban algo de dinero a los sirvientes de la casa. Esto se extendió a cafeterías y otros establecimientos. A finales del siglo XIX, los norteamericanos adinerados que viajaban al viejo continente adoptaron esa costumbre de vuelta a su país.

Desde el principio surgieron movimientos en Estados Unidos que abogaban por eliminar este sistema aristocrático. Hoy en día, algunos locales ya lo han hecho. Sin embargo, otros piden cada vez más: añaden la gratificación discretamente en la factura y dejan espacio para una más. O establecen el mínimo en el veinte por ciento. Los taxis presentan tres opciones: veinte por ciento, veinticinco por ciento y treinta por ciento.

Dar propinas es, además de costoso, poco transparente. ¿Qué porción corresponde a cada persona que atiende en la peluquería? ¿Por qué se paga más por una langosta que por un risotto? ¿Se declara todo lo que se ingresa? Además, puede hacer que el trato al consumidor sea malo. En el restaurante, los camareros interrumpen a los comensales para ofrecerles cosas que deberían estar en la mesa ("Would you like some pepper?") o más bebidas para engrosar el importe final. Retiran los platos cuando apenas se ha terminado, entregan la cuenta antes de que acabe su turno, y a veces solicitan pago en efectivo porque la empresa carga a sus empleados la cuota del banco. Cuando reciben el dinero manejan la vuelta como si fuera suya ("Do you need any change back?").

Pero lo más grave es la explotación laboral a la que puede dar pie este sistema. Recientemente se ha publicado un reportaje en el New York Times que denuncia el abuso infligido a los dependientes de numerosos salones de belleza, que cobran desde 3 dólares por hora.

La situación de los tipped staff es parecida a la de los que trabajan a sueldo mínimo, porque ambos dependen del ciudadano contribuyente: de sus propinas en un caso, y de las ayudas sociales en el otro. La solución es aumentar la asignación mínima, fijar un impuesto moderado por servicio y reforzar los sindicatos y la supervisión a las empresas.

La precariedad laboral no debería producirse en una economía sólida como la norteamericana. En otros países desarrollados, el sueldo es más justo y la propina es más reducida, como en Canadá o Inglaterra, o simplemente opcional, como en España. En algunos, esta se considera insultante. Recuerdo una cena en un restaurante de Nanjing, en China, hace dos años, con un grupo parecido al del local del Soho. Cuando ofrecí dinero al camarero en nombre de todos, este se apartó e hizo un gesto rotundo con las manos: "Aquí no aceptamos propinas".