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Los ciudadanos sin techo en Nueva York

04/08/2015 06:58 CEST | Actualizado 03/08/2016 11:12 CEST
REUTERS/SHANNON STAPLETON

Cuando en el verano de 1832 murieron varios miles de personas en la ciudad de Nueva York, muchos pensaron que era culpa de los pobres. Se había extendido en pocos días la enfermedad del cólera, transportada por el comercio de ultramar y exacerbada por la falta de higiene en las calles. Los más afectados eran los que vivían en barrios más insalubres: los afroamericanos, los inmigrantes europeos, la clase trabajadora. Aunque el cólera se contraía por la ingestión de bebidas o alimentos contaminados, el desconocimiento médico y los prejuicios de una sociedad dividida por clases y razas dieron pie a pensar que la epidemia era un castigo divino dirigido a la gente humilde, para que expiara sus pecados.

Unos años después del primer brote de cólera se construyó un sistema de transporte de agua, en buena medida con la mano de obra barata de los inmigrantes irlandeses, que ayudó a mejorar la higiene doméstica. Para conmemorar el acueducto se edificó una fuente en Central Park, en cuyo centro se erigió la estatua de un ángel que bendice el agua y le otorga poderes curativos. Se le dio el nombre de Bethesda Fountain, y hoy es uno de los lugares más famosos de la ciudad.

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Imagen de la Bethesda Fountain de Central Park (Wikipedia)

Hace unos días estaba paseando por esa zona cuando una imagen me llamó la atención. Dentro de la fuente había un hombre, con el agua hasta las rodillas, sonriendo plácidamente mientras tendía unos trapos al pie de la estatua. Era uno de tantos vagabundos que hacen de la calle su hogar, que padece alguna enfermedad y que muchos creen que está en esa situación porque algo habrá hecho mal.

Causas de la indigencia en Nueva York

Nueva York es el lugar con el mayor número de gente sin techo en Estados Unidos. Cada noche duermen en sus centros de acogida cerca de 60.000 personas, según la organización Coalition for the Homeless. La mayoría de ellos son desempleados, veteranos de guerra, enfermos o discapacitados. Las causas de la indigencia en esta ciudad son un tema muy complejo que no se puede explicar en unas líneas, pero tienen que ver primordialmente con el coste de la vivienda y la falta de asistencia médica asequible.

El precio medio de alquiler de un apartamento en Nueva York gira en torno a los 3500 dólares mensuales. El sueldo medio es de unos 50.000 dólares anuales, de modo que una buena parte de este se destina a la vivienda: en concreto, el 41%, como indica la Oficina de Auditorías. Esto sucede sobre todo en Manhattan, pero también en los otros cuatro distritos que conforman Nueva York. Por mucho que se esfuerce, la mayoría de gente no puede ahorrar para afrontar imprevistos, como la pérdida de empleo.

Los precios son tan desmesurados por la escasez de espacio, los costes de construcción y la carestía de los impuestos. Pero sobre todo, porque Nueva York, como Londres o París, es un lugar donde quieren vivir o adquirir una propiedad las personas con más poder adquisitivo del mundo.

En cuanto a la asistencia sanitaria, este es un problema a nivel nacional. A pesar del progreso alcanzado durante el Gobierno de Obama, el seguro médico en este país aún es caro para muchos, unos 300 dólares mensuales, lo cual explica que un tercio de los trabajadores con ingresos bajos carezca de él. Al no estar asegurados, cualquier emergencia puede costarles miles de dólares y sumirlos en una espiral de gastos.

Más de un 30% de los vagabundos padece una enfermedad, física o mental, que se agrava al vivir marginados.

Medidas insuficientes

No es que Nueva York no dedique medios a ayudar a los más desfavorecidos. De hecho, invierte bastante en esta causa. Esta es la única ciudad que está obligada a proveer asilo a quien lo necesite, un derecho que se alcanzó en 1981 tras el caso Callahan C. Carey. Hay más de 150 centros de acogida aquí, y cuesta unos 3000 dólares mensuales mantener a cada residente. Sin embargo, muchas de esas instalaciones están en pésimas condiciones, de modo que algunos prefieren vivir en la calle. La historia se repite. Cuando Nueva York vivió su segundo brote de cólera, a finales de 1840, se habilitaron hospitales en escuelas públicas pero muchos enfermos se negaban a ingresar en ellos, porque estaban mal equipados y parecían lugares en los que iban a terminar sus días.

Los dirigentes políticos adoptan medidas en materia de vivienda, pero no siempre acertadas. El exalcalde neoyorquino, el multimillonario Michael Bloomberg, eliminó las ayudas que había para alojar a la gente de forma permanente, como proporcionarles apartamentos gratuitos, y las reemplazó por subsidios temporales, lo que según algunos expertos fue insuficiente a largo plazo.

Bill de Blasio, el actual alcalde, ha declarado que este será uno de los temas prioritarios en su agenda y ya está destinando fondos a la mejora de los albergues y la construcción de viviendas de protección oficial. No obstante, queda un largo camino por recorrer. Hay que controlar los abusos en el mercado de bienes raíces y seguir reduciendo el precio del seguro médico. Hay que dejar de estigmatizar a la gente sin recursos y dejar claro que su situación se debe en parte al sistema. Y urge abordar una cuestión de fondo en la sociedad norteamericana: la discriminación hacia las minorías étnicas. Un número desproporcionado de indigentes son afroamericanos y latinos, grupos que suelen tener menos oportunidades de acceder a una educación y a un buen empleo.

Pobreza desapercibida

La miseria que se ve en los parques y calles de una ciudad desarrollada como Nueva York ha existido en otras épocas, y existe en otros lugares. Por ejemplo, en España una de cada cinco personas vive por debajo del umbral de la pobreza, y decenas de miles carecen de hogar o residen en infraviviendas, sin los requisitos mínimos de habitabilidad. Pero como este país cuenta con un sistema de protección social y familiar bastante sólido, la penuria económica no se percibe tanto.

En todos los países hay numerosas estatuas que conmemoran logros o simbolizan estados a los que aspirar, como la salud, el poder o la libertad. La cuestión es si alguna de ellas se esculpió pensando en toda la sociedad.

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