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¿Ricos o pobres?

24/02/2014 07:24 CET | Actualizado 25/04/2014 11:12 CEST

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Cuando mi padre era pequeño le solían regalar un juguete casero. "Me los fabricaba mi padre, que era muy habilidoso. Una vez confeccionó un tren con latas de conserva. Les hacía un agujero en ambos lados, les pasaba un palo procurando que sobresaliera por los laterales y le colocaba unas ruedas de cartón. Después enlazaba las latas con una cinta".

A los treinta años mi padre tenía su propia familia, había creado un negocio, había comprado al contado un piso espacioso y soleado en el centro de la ciudad, y disponía de una cuenta de ahorros que le daba suficiente tranquilidad. No fue fácil. Pero tiene claro lo que ha logrado y cómo: con esfuerzo y dedicación.

Un buen número de gente hoy en día ni sabe lo que ha conseguido, ni si eso es mucho o poco en comparación con los logros de sus padres. Cuesta más cuantificar el progreso, cuando se da, y determinar dónde te encuentras en la escala social. Porque los indicadores de pertenencia a una clase (según algunos sociólogos, la educación, ocupación, ingresos y riqueza) son obsoletos. Hasta hace poco, quien tenía un nivel moderado o alto en esos ámbitos formaba parte de la clase media o acomodada. Y esos indicadores solían estar interrelacionados: quien trabajaba honradamente tenía bastantes garantías de estabilidad laboral y económica; quien

contaba con una formación universitaria solía acceder a puestos cualificados y bien remunerados; quien había pasado 40 años trabajando podía jubilarse. Había otros problemas, obviamente, pero en ese sentido las reglas del juego estaban bastante claras. Es evidente que eso ahora ya no sucede. Ni en España, ni en muchos otros países desarrollados.

Tomemos el caso de Estados Unidos, un país que se proyecta internacionalmente como la tierra de las oportunidades y de la movilidad intergeneracional: numerosos estudios han demostrado que, desde hace tres décadas, estudiar y trabajar duro no necesariamente te lleva a alguna parte. En la actualidad, el 40% de los licenciados desempeña una labor para la que no se requiere titulación; el sueldo medio nacional, cerca de 50.000 dólares, como indica la Oficina del Censo de los EEUU, se ha estancado desde los años ochenta, mientras el coste de la vida sigue en aumento (en especial el precio de la vivienda, seguro médico y educación); los empleados a tiempo completo con salario

mínimo son oficialmente pobres si solo cuentan con ese ingreso; y, aunque el país se está recuperando de la crisis inmobiliaria, casi una cuarta parte de la gente que tiene una propiedad, la única inversión para la mayoría de la población, debe más de lo que cuesta.

Eso da como resultado un cuadro muy curioso: millones de licenciados que doblan camisetas en Urban Outfitters por menos de 8 dólares la hora, profesionales en cargos de responsabilidad que están sumamente endeudados, familias que residen en buenos barrios y tienen dos sueldos pero un patrimonio negativo. ¿A qué clase pertenece toda esa gente? Según algunos indicadores son la élite o la clase media, según otros, viven en la escasez. El economista estadounidense y premio Nobel Paul Krugman lo tiene claro: si no posees suficiente dinero para cambiar de coche o reparar la caldera, eres pobre. Este profesor de Princeton afirma que para ser clase media debes disponer al menos de tres cosas: empleo estable, seguro médico y ahorros suficientes. Ahorros suficientes son, en la opinión de algunos expertos, ocho meses de emergency fund, es decir, ocho veces la cantidad de dinero que se necesita mensualmente, porque en caso de perder el trabajo ese es el tiempo que suele llevar reincorporarse al mercado laboral.

¿Cuánta gente puede alardear de reunir estos tres requisitos en EEUU? Menos de lo que uno creería. El desempleo es de un 6,6%, que ya lo quisieran los españoles, pero muchos puestos son precarios. Alrededor de 60 millones de ciudadanos carecen de seguro médico o el que tienen es insuficiente. Y, según señala un informe publicado en enero por la revista Time, casi la mitad de la población vive al día. "Paycheck to paycheck" (de paga en paga), como se suele decir, o de un modo aún más gráfico: hand to mouth (de la mano a la boca).

La gente es pobre y aún no lo quiere saber. Pero, ¿cómo le vas a decir que es pobre a una persona que te puede narrar con emoción la ópera de Madame Butterfly, describir los hutongs de Beijing y hacerte un análisis minucioso de la evolución de los tipos de interés?

En EEUU la movilidad es una falacia, por mucho que se esmere el partido republicano en convencernos de otra cosa, y ya puede esmerarse de cara a las elecciones dentro de tres años para justificar que solo los más acaudalados progresan. Y esto también ocurre en otras economías avanzadas.

"Mi hijo va a conseguir lo que se proponga", decía mi abuelo. "Porque destaca en todo". No sé cuántos padres se atreverían a decir eso hoy de sus hijos, por mucho que estos se esfuercen.

Claro, que se podrían redefinir las clases tomando otras variables. Como el capital social (amistades, contactos, redes sociales) y el cultural (conocimientos, experiencias, riqueza cultural), ya que ambos confieren poder y estatus. Que las posesiones materiales se vean como algo rancio y simplón. O la variable esencial podría ser el valor de tu trabajo: ¿te realiza o te esclaviza? Por ejemplo, muchos jóvenes estadounidenses de la generación millenial (nacidos a partir de 1980) se muestran más inclinados a dedicarse a lo que les gusta que a lo que les aporta más beneficio, como destacan algunas investigaciones. Esta tendencia es propia de su edad, pero quizás este grupo, dadas las pocas perspectivas de bonanza económica, se decante más que los anteriores a la consecución de sus ambiciones personales.

Se podrían redefinir las clases. O podrían desaparecer. Sea como sea, la ambigüedad de la estratificación social es desconcertante, y nos plantea los siguientes interrogantes: si contamos con educación y un buen puesto, ¿por qué no tenemos también estabilidad? ¿Cómo puede ser que las generaciones anteriores obtuvieran mucho más con mucho menos? ¿Prosperaríamos si viviéramos una etapa de austeridad, en la que tener solo un tren hecho a mano nos alentara a lograr mucho más?

Lo peor de esta confusión es que puede conducir a la parálisis. Si uno no entiende dónde se encuentra, no sabe qué hacer para avanzar. Si ha hecho lo que debía y no ha llegado donde quería, no sabe cómo reaccionar. Si las reglas del juego no están claras, ¿cómo se sigue jugando?