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La tripita de mi hija y lo que aprendí de ella

12/06/2017 07:22 CEST | Actualizado 12/06/2017 07:22 CEST

Crío bebés gorditos. Mis cuatro bebés han sido cositas achuchables con lorzas en los muslos, papada y mofletes rosados que están para comérselos. Después de los dos primeros, dejó de ser una sorpresa y esperaba que, por lo menos, mis brazos se tonificaran de tanto cargar con estos gordinflones de un lado para otro todo el día. (No, no se tonificaron).

Pero ninguno de ellos fue tan rollizo y achuchable como mi hija. Tiene la mejor tripita, tierna y perfectamente redonda, como Papá Noel o una mujer embarazada, y solo puedo comprarle pantalones de cintura elástica. Casi todas las noches, cuando trepa a mi cama y se pega a mí, le echo el brazo por encima y agarro su tripita con toda la mano porque me encanta. "Tienes la mejor tripita del mundo", le susurro en el cogote.

"Ya lo sé", responde ella, ya medio dormida.

La semana pasada, por sorpresa, hizo un buen día y pude verla correr al aire libre como solo hace un niño que lleva demasiado tiempo entre cuatro paredes. Iba con los rizos sin peinar, sin zapatillas, con los pies irremediablemente sucios y una camiseta demasiado ceñida que no le llegaba a cubrir toda la tripa.

Qué cómodos están los niños con su propio cuerpo y qué fácil les resulta quererse como son.

Ya me he dado cuenta de que su tripa empieza a encoger, seguramente porque está creciendo y no para de corretear, y me sorprende lo mucho que me entristece eso. Estas son las cosas que nadie te dice sobre la maternidad. Cosas como lo rara que serás cuando te dé pena que tu hija pierda su grasa de bebé. Tampoco te dicen que te sentirás un poco celosa por ello. Qué cómodos están los niños con su propio cuerpo y qué fácil les resulta quererse como son. ¿Cómo es posible que ella exhiba esa tripa como la obra de arte que ambas sabemos que es y yo esté tan preocupada por mantener la mía encogida? ¿En qué momento ocurre el cambio? ¿Dónde está el punto de inflexión en el que una persona deja de quererse a sí misma? ¿Cuándo decidimos que debemos reducir nuestra talla para encajar, que debemos ocupar menos espacio? ¿Cuándo decidimos negarnos a nosotros mismos?

Me temo que ya he empezado a perder a su hermana mayor. La he visto mirándose en el espejo con ojo crítico y hace poco me pidió que le comprara un abrigo de invierno que no le hiciera parecer tan gorda. Y eso pese a mis continuos esfuerzos por decirles a los cuatro que no solo son los seres más perfectos que he visto en mi vida, sino que no importa cómo sean. Pero estas palabras no pueden llegar muy lejos teniendo en cuenta que ni siquiera yo puedo parar de reprocharme mis propias imperfecciones.

¿No te acuerdas de cómo este cuerpo agotado se levantaba una y otra vez por las noches para mecerte?

Las dos entraron por sorpresa en mi dormitorio la otra mañana cuando aún estaba a medio vestir, tal y como suelen hacer, alborotando y sin pedir permiso o llamar a la puerta.

"Puaj", dijo la mayor al verme, frunciendo la cara entera como si acabara de dar un trago de vinagre.

"¿Puaj qué, exactamente?", le pregunté, picada.

"Tu cuerpo", fue toda su respuesta, como si fuera suficientemente descriptiva por sí sola, como si los cuerpos en sí fueran desagradables, una ofensa que debe ser tapada o encogida.

La miré muy fijamente y leí en su rostro que estaba justo al borde de ese punto de inflexión a partir del cual las personas empiezan a querer adelgazar. Quise alcanzarla, agarrarla y alejarla del precipicio. "¡No! De eso nada. ¿Tienes idea de lo que ha hecho este cuerpo? ¿Sabes que tú y tus hermanos os habéis criado gracias a él? ¿Que os he alimentado con estos pechos, que os he cogido con estos brazos y que os he limpiado las lágrimas con estas manos? ¿No te acuerdas de cómo este cuerpo agotado se levantaba una y otra vez por las noches para mecerte y que volvieras a estar cómoda en su blandura? ¿No sabes que este fue tu primer refugio?", le dije señalándome la tripa.

Yo misma me sorprendí por lo mucho que me había alterado. ¿Me creía realmente todo lo que acababa de decir o era solo lo que me habría gustado oír cuando estaba al borde del precipicio? Miré en mi interior y me di cuenta de que sí, que planteado así, me lo creía. No había ningún motivo en mi cuerpo por el que avergonzarme. No necesitaba encoger nada. Si algo tenía que hacer, era ser más grande: permitirme más espacio y erguirme bien. Ensanché los hombros y dejé que el peso de mis dos niñas descansara sobre ellos.

"Nuestros cuerpos son increíbles", les dije a mis hijas. Poco a poco, aún a medio vestir, me obligué a dejar de encoger la tripa. Al principio no me resultó natural. Poco después, me sentí vulnerable y, después, fue como exhalar un aire que llevaba reteniendo desde la pubertad.

La pequeña se acercó a mí, me agarró la tripa con la mano y repitió las mismas palabras que yo le había dicho tantas y tantas noches: "Mami, tienes la mejor tripita del mundo".

Respondí, pero asegurándome de que su hermana mayor me estuviera escuchando: "Tienes razón. Tienes toda la razón". La respuesta iba dirigida a mis dos hijas, pero también a mí misma.


Este post fue publicado originalmente en Parent.co, apareció posteriormente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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