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Oda a la sororidad

A las mujeres que no olvidan lo lejos que hemos llegado ni lo que nos queda por recorrer.

22/11/2017 07:25 CET | Actualizado 22/11/2017 07:25 CET

Esta es una carta de amor a la sororidad.

Un homenaje a todas las mujeres que nos apoyan.

A las que estuvieron antes que nosotras y dejaron un rastro de migas de sabiduría tras de sí para que lo siguiéramos en la oscuridad.

A las que caminan a nuestro lado, a las que susurran esas dos palabras que son como un bálsamo para nuestras almas agotadas: "Yo también".

A las que vendrán detrás, que nos miran con los ojos muy abiertos y nos recuerdan dónde estuvimos, cuánto hemos crecido y todo lo que hemos conseguido.

A las mujeres que dividen sus corazones en mil pedazos y que regalan una pequeña parte de sí mismas a sus familiares, su trabajo, sus amigos y sus vecinos.

A las que caminan a nuestro lado, a las que susurran esas dos palabras que son como un bálsamo para nuestras almas agotadas: "Yo también".

A las mujeres que ven el sufrimiento y resisten el impulso natural de hacer la vista gorda, a las que tratan de aplacarlo y ofrecen un hombro en el que llorar, un oído con el que escuchar, un abrazo o un plato de comida.

A las mujeres que —solas o con sus hijos— van por un mundo que muchas veces sigue dando miedo con la cabeza bien alta, porque son guerreras. Porque lo siguen haciendo a pesar de estar asustadas.

A las mujeres que han aprendido a dejar de pedir perdón por cosas de las que no se arrepienten. Y a las mujeres que se quieren lo suficiente como para decir que no.

A las mujeres que están en las trincheras, en los colegios, en los hospitales, en los centros cívicos y trabajando en las instituciones.

A las mujeres que han aprendido a dejar de pedir perdón por cosas de las que no se arrepienten.

A las mujeres que se manifestaron y a las que las animaron.

A las mujeres que trabajan fuera de casa, ya sea porque lo necesitan o porque pueden; y a las que son amas de casa, por lo mismo.

A las mujeres que trabajan, ya sea porque lo necesitan o porque pueden; y a las que son amas de casa, por lo mismo.

A las mujeres que han recuperado su cuerpo y que han aprendido a adorar las partes blandas.

A las mujeres que visten como quieren y que van cómodas, sexis, discretas o como les dé la gana, porque es su elección.

A las mujeres cuyas cicatrices y estrías dibujan una historia de supervivencia y fortaleza que pueden consultar siempre que se sientan perdidas.

A las mujeres que bailan, solas o entre la multitud, y que no se olvidan de lo que se siente al moverse por puro disfrute, y no por nadie más.

A las mujeres que cantan en el coche, en la ducha o encima de un escenario solo por el mero hecho de que tienen la libertad para hacerse oír.

A las mujeres creadoras: de bebés, de obras de arte, de sustento, de belleza o de palabras, porque siguen creyendo que merece la pena hacer de este mundo un lugar mejor.

A las mujeres que aman con pasión y sin límites, y que perdonan de la misma forma.

A las mujeres que no olvidan ni por un segundo lo lejos que hemos llegado ni lo que nos queda por recorrer.

A todas las que se quedan un ratito dentro del incendio.

A mis hermanas.

Os quiero.

Sé que estáis ahí.

Os doy las gracias.

Este post fue publicado originalmente en la web de la autora. Si quieres leer más artículos como este (en inglés), suscríbete aquí o sigue a Liz en Facebook. El post también se publicó en la edición estadounidense del 'HuffPost' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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