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Sobre el libro blanco

22/11/2015 10:02 CET | Actualizado 22/11/2016 11:12 CET

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A veces es curioso cómo un hecho banal, una anécdota inesperada, abre la puerta del recuerdo y establece conexiones con el presente. Como en la escena de Ratatouille en la que el amargado crítico de cocina viajaba a su infancia después de probar una cucharada del guiso; así viajé yo hace unas noches, cuando, en un intento por comunicarme en inglés, llegó a mi cabeza en forma de tormenta inesperada una canción de Erasure que, como tantas otras, me ayudaron a estudiar el idioma en aquellos años en los que no teníamos profesores nativos, y la posibilidad de hacer un intercambio sólo se daba en las mejores familias. La música era una maravillosa herramienta.

Sin internet, con suslyrics, y sin youtube, con sus vídeos subtitulados, no había más opción que "tirar de oreja" y esforzarse para conseguir desentrañar la maraña de fonemas que escondían mensajes cifrados. Como pude comprobar la otra noche, el esfuerzo mereció la pena. Aún vienen flashes a mi mente para ayudarme a salir del atolladero en algunas situaciones comunicativas.

Este recuerdo musical me llevó a otro en un instante: aquel grupo que montamos para pagar los estudios en un momento determinado, para sobrevivir después y para disfrutar siempre. Ensayábamos varias horas todas las semanas y grabábamos algunas actuaciones porque era un método real y eficaz de saber cómo había salido todo.

Todo esto me hizo pensar en la polémica que se ha montado estos últimos días ante la propuesta de premiar a los buenos docentes y que planteaba, entre otras cosas, grabar algunas clases para poder analizar la labor del profesor. No entiendo el revuelo. Me parece una idea muy buena. ¿Acaso no se sigue un sistema parecido en el fútbol y en otros deportes?

La semana pasada leí el artículo que Jose Antonio Marina ha escrito para aclarar ciertas confusiones. En este país es muy difícil luchar contra la picaresca, contra lo establecido por la comodidad y contra lo que, desde hace tanto tiempo, la inmensa mayoría considera "normal". Arduo trabajo.

No lo entiendo. Queremos cambiar el sistema educativo y no queremos revisarnos a nosotros mismos. Mal camino.

"¿Qué tipo de enseñanza estamos promulgando?"

¿Por qué todo tiene que parecer una amenaza? ¿De verdad es tan ilógico poder premiar al que trabaja como debe? ¿Dónde puede llegar un país que vive con los ojos vendados y critica de manera incisiva cualquier intento de mejora? ¿Debería pensar mal y creer que alguien se siente amenazado? ¿Por qué hay quien se esfuerza en mantener la puerta de su clase cerrada a cal y canto?

¿Acaso hay que seguir considerando "normal" que un docente, con lo que esa palabra significa, se niegue a entregar exámenes para revisarlos si a él no le conviene? ¿O que un compañero no pueda decirle a otro que está equivocado en la manera de tratar a los alumnos, o que quizá no puntuó bien un examen?

¿Queremos seguir conviviendo, porque es lo "normal", con profesores que no dejan preguntar dudas en la hora de clase porque no les da tiempo a acabar el temario, o con los que ponen negativos a los alumnos si han hecho un ejercicio mal en casa? ¿De verdad pensamos que eso es enseñar? ¿Y qué tipo de enseñanza estamos promulgando? Aún mejor, ¿qué tipo de aprendizaje?

No podemos pensar que lo sabemos todo, que ya lo tenemos todo aprendido, que lo hacemos fenomenal. No es cierto. Tenemos, necesitamos revisar nuestro trabajo continuamente, porque los alumnos son diferentes de un curso para otro. No me puede servir la misma clase que di hace diez o quince años, ni el mismo examen, porque ellos han cambiado, y yo también.

Se puede ser cercano y mantener el respeto y la autoridad de manera recíproca.

"¿Qué escuela queremos para nosotros, para nuestros alumnos y para nuestros hijos?"

¿Qué escuela queremos para nosotros, para nuestros alumnos y para nuestros hijos? Si algún profesor no se siente vinculado con estos tres términos, quizá debería plantearse hasta qué punto ha perdido la noción de lo que implica su trabajo.

El portfolio docente, la opinión de los alumnos, son necesarios para seguir mejorando. Ahora bien, no todo depende de nosotros. La ley también debería permitir flexibilizar contenidos, facilitar el estudio desde ámbitos en vez de desde asignaturas. Y, por supuesto, habría que replantear el tipo de pruebas a las que se han de enfrentar al final de las etapas. Las que incluye la Lomce no dejan demasiado margen a la creatividad y la innovación.

El camino se prevé largo y sinuoso. A veces, las oportunidades certeras esperan en hojas en blanco. Ojalá el libro que propone Jose Antonio Marina sea la primera piedra en esta nueva construcción del pensamiento.

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