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11-M, hoy que el ruido cesó

12/03/2014 07:05 CET | Actualizado 11/05/2014 11:12 CEST

El 11 de marzo de 2004 yo amanecí llorando. Mi hija estaba a punto de cumplir 13 meses, pero se había pasado gran parte de ellos llorando y vomitando día y noche por un problema menor que se denomina píloro inmaduro. Así que fue para mí un desconsuelo hacerme la prueba del embarazo esa mañana y comprobar lo que ya sabía: de nuevo estaba embarazada.

Llorando me abrazó Javier, mi marido, y llorando me encontró mi madre al otro lado del teléfono cuando llamó para cerciorarse de que todos estábamos bien en casa, que los trenes que habían explotado en Madrid no nos habían afectado.

Me quedé paralizada. Simplemente, paralizada. Y solo después de un par de horas de análisis, de captar información por todos los medios, sobre todo la radio, y ser consciente de que esos trenes habían salido de Alcalá de Henares y habían recogido pasajeros en Torrejón, San Fernando de Henares y Coslada, entre otras estaciones, me puse en marcha. Ese era mi espacio, el lugar en el que yo ejercía mi profesión de periodista para la agencia EFE que, por cierto, esa mañana no me llamó de improvisto y con urgencia, como solía hacer cada vez que ocurría algún suceso. Cuando esa mañana EFE llamó yo ya estaba en la plaza de Cervantes de Alcalá de Henares helada de frío. Un frío que penetró en mi cuerpo y en mi espíritu y que todavía puedo sentir solo con evocarlo. Un frío húmedo, de esos a los que tiene acostumbrados el Henares en las mañanas sin sol del invierno. Una luz gris que lo embadurnó todo. Solo recuerdo murmullos y desconcierto... Las voces de los viejos apostados en los bancos de la plaza, invitando al odio y la venganza contra los de ETA (casi todo el mundo creyó en los primeros momentos que ETA había hecho otra de las suyas, ¡y vaya si lo aprovecharon algunos!); la incertidumbre de los responsables políticos, atolondrados también, sin saber cómo reaccionar ante la masacre que se adivinaba. Pero, sobre todo, recuerdo el desaliento de la gente en silencio. De la gente que se acercaba a los Ayuntamientos a preguntar qué había pasado y dónde estaban su padre, su hijo, su hermano, su marido, su nieto, su amigo, ese que no contestaba al teléfono, ese que se había marchado esa mañana de casa para ir al trabajo o a la facultad en huelga o al médico a la capital y no contestaba al teléfono.

Parálisis, gris, frío, desconcierto y muchos murmullos y muchos silencios... Luego llegó todo lo demás, coronado por un dolor inmenso, terrible, pérdidas de una en una, cada una de ellas infinita, sumadas de 10 en 10, de 20 en 20, de 100 en 100. 191 víctimas mortales, más de 1.200 heridos, una sociedad resquebrajada, llena de grietas de dolor, de impotencia, de indignación...

En mi memoria guardo imperturbables decenas de imágenes: los muertos apilados para su identificación, los ataúdes alineados para el sepelio, las salas de los cementerios repletas para el duelo, las lágrimas y el silencio; imágenes de un silencio demoledor. Centenares de rostros en las manifestaciones, centenares de voces a favor de la paz y contra la masacre, centenares de gestos de solidaridad, de compasión, de incomprensión. Pero también guardo nombres y apellidos, los de las personas que me hicieron poner rostro a los que se marcharon, darles una vida, un pasado y un presente, e imaginar un futuro que se les robó.

Y yo también les robé: robé a la madre y a la exmujer de un padre y un hijo, los dos Rodolfo Benito, la entereza y la serenidad necesarias para encabezar una manifestación en contra de la violencia la misma tarde que su hijo y su exmarido habían partido en un tren sin retorno; robé a la madre de Angélica, Florentina, la pasión con que recuerda a su hija, la valentía con que fue capaz, pocos meses después, de llamar a la reconciliación y al futuro, a la necesidad de seguir adelante; robé a las decenas de personas que participaron en la primera exposición de recuerdo a las víctimas celebrada en Alcalá de Henares cada puntada del amor con que habían cosido sus patchwork.

Y también se apresaron en mí otros sentimientos y actitudes que no quise robar: la tremenda soledad con que los responsables políticos del este de Madrid, abandonados a su suerte, vivieron esos días de desolación; el rencor en los ojos de la gente, la desconfianza, el temor a que algo tan terrible pudiera volver a ocurrir...

Y, desgraciadamente, también vive en mí, 10 años después, una cicatriz que sangra cada vez que se celebra un acto en conmemoración a las víctimas y ellos, las víctimas supervivientes y los padres, los hijos, los hermanos, los amigos, los maridos, los primos de los muertos y de los heridos, plantan su frontera y caminan divididos, como si sus muertos y sus heridos no hubieran sido objeto de la misma barbarie, no hubieran viajado en los mismos trenes del dolor infinito y no hubieran sido aniquilados por las mismas manos de muerte sin sentido.

Yo hace tiempo que dejé de acudir a estos actos conmemorativos. Por lo que acabo de decir y porque pienso que este tipo de actos tal vez estaban justificados en los primeros años para ir cerrando etapas del duelo, pero creo que el duelo debe cerrarse definitivamente alguna vez.

Me consta que muchas víctimas han dejado de asistir a estos eventos y me consta que muchas otras se sienten arropadas y cobijadas por el calor social cuando acuden a ellos, pero nada, ni siquiera este tipo de conmemoraciones, debería convertirse en una costumbre, y tal vez la celebración del décimo aniversario, que ocurrió ayer, pueda ser un momento tan bueno como cualquier otro para hacer un punto y aparte. El silencio no es el olvido, solo que a veces reconforta y es necesario para terminar de curar cicatrices que nunca desaparecerán.

He querido escribir esto hoy, cuando el ruido ha pasado y no volverá a ensordecernos hasta dentro de un año. Hoy, cuando muchos han empezado a reconocer ciertos errores y otros aún se resisten a pedir perdón por los errores cometidos. Hoy, que sabemos que algunos nunca pedirán perdón por el daño adicional causado. Hoy, cuando los que perdieron a sus seres queridos, los que aquel día no murieron pero nacieron a otra vida llena de escollos físicos y psicológicos que perdurarán, los que fuimos testigos directos del dolor y los que solo lo vieron por la tele pero lo sintieron como propio, continúan con sus vidas porque, como hace tanto dijo la madre de Angélica, Florentina, "dejarnos vencer por el dolor es optativo, pero yo creo que es necesario que levantemos la vista y caminemos hacia adelante, pensando en los que se fueron...".

Aquella tarde del 11 de marzo de 2004, justo antes de la primera manifestación en recuerdo a las víctimas y en contra de la masacre, yo me abracé a mi misma, abracé a esa vida que crecía en mí y la acepté consciente de su fragilidad, abracé la vida que nacía en mí para abrazar a esos padres y esas madres que nunca más volverían a abrazar a sus hijos.

Mi hijo tiene ahora 9 años y algunas veces, cuando le veo sonreír, pienso en las sonrisas que se perdieron para siempre en ese viaje infinito y en las miles que nunca más se perfilarán en el rastro que dejó la marcha inesperada. Hoy, después del día de ruido, solo puedo regalaros una sonrisa para que la hagáis vuestra y os sirva, espero, para seguir adelante.

Siempre.