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'Brangelina': la vida de los otros

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Brad Pitt y Angelina Jolie se dan la espalda en el museo de cera de Berlín.

Hace más de una década, después de disfrutar de la llegada del otoño en la campiña inglesa, recalé en un aeropuerto cuyo kiosco de prensa se encontraba en auténtico estado de conmoción. Personas de toda edad, hablando en decenas de lenguas del planeta, bullían con la confirmación de una muerte anunciada: el matrimonio de Jennifer Aniston y Brad Pitt se había roto. Aquel suceso era tan anodino para mí, y preocupaba tanto a tal cantidad de hombres y mujeres, que comencé a pensar en qué clase de sociedad nos habíamos convertido para que una noticia semejante, una de tantas que suceden alrededor del globo cada día, suscitase tal revuelo. Pero lo hizo. Y lo siguió haciendo cuando Pitt contrajo matrimonio con Angelina Jolie en 2014, comenzando un drama de telerrealidad a escala planetaria de cotas inimaginables.

El clan Jolie-Pitt, que tantos réditos ha dado a la prensa internacional bajo el apodo de 'Brangelina', ha sido retransmitido milimétricamente, y casi en directo, a lo largo y ancho de estos años, descubriendo cuáles eran las aficiones de sus hijos, la nacionalidad de sus pequeños o las actividades que llenan el tiempo libre de todos ellos.

El voyerismo desplegado con esta familia nos ha convertido en protagonistas de una vida ajena, creando un auténtico Show de Truman ignominioso y hasta enfermizo. La exclusiva de un nacimiento, la adopción en el extranjero, la doble mastectomía de Jolie e incluso la indumentaria masculina de su hija han protagonizado titulares sensacionalistas de los últimos años, como si todo ello nos competiera de alguna forma.

Es tal el grado de implicación que tenemos en este matrimonio que esta semana, en un avanzado 2016, varios informativos en prime time decidieron que era noticia consignar los motivos "irreconciliables" que llevaron a Angelina Jolie a interponer la demanda de divorcio. Parece ser que no es tan importante que haya decenas de conflictos armados en el mundo, ni que el mar que bordea la costa oriental de nuestro país sea el mismo en el que siguen feneciendo millares de personas. No hay violaciones de derechos humanos suficientes que arrebaten el protagonismo informativo al que han calificado como "divorcio del siglo", aun cuando quede demasiado siglo para albergar unos cientos de miles de divorcios.

El verbo es "conocer" o "interesar", pero nunca "concernir", "atañer", "pertenecer" y mucho menos "incumbir". Porque no soy nadie para introducirme en este show perverso.

De la noche a la mañana hemos encarnado al protagonista de La vida de los otros (2006), la cinta escrita y dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck y ganadora del Oscar a Película de habla no inglesa. En ella, el capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe) vigilaba la vida de quienes estaban bajo sospecha para la RDA. Así se introdujo en el día a día de un escritor (brillante Sebastian Koch) y de una actriz (Martina Gedenk), cuyo tiempo en pareja auscultaba sin reservas. Esa vigilancia, mutada en adicción, consumió el tiempo de Wiesler hasta llevarle al auténtico abismo.

En ese punto estamos los espectadores de este Gran Hermano casi orwelliano, en el que nos hemos erigido en jueces de la vida privada de quienes han optado por tener una profesión pública. Y hablo exclusivamente de profesión pública porque el hecho de desempeñar un cargo de visibilidad social no implica, en ningún caso, la patente de corso ciudadana para entrar y salir de su vida como si fuera efectivamente nuestra. No lo es. Desde el punto de vista ético, y permítanme hablarles aquí como doctora e investigadora en aspectos de ética mediática, esta espiral casi fetichista es todo menos constructiva; es más, se ha convertido en una pandemia. Si hace menos de una semana mencioné la nadería que supone la afición sana o malsana a la cirugía de las celebridades, imagínense consecuentemente lo que me interesan los afectos e inquinas de un matrimonio para mí tan lejano.

Me gusta el cine, evidentemente, y por tanto me interesan sus profesionales en cuanto artistas. Quiero saber qué llevó a François Truffaut a dirigir Los 400 golpes, pero poco o nada me importa si estuvo casado o con quién, lo sepa o no. El verbo es "conocer" e incluso "interesar", pero nunca "concernir", "atañer", "pertenecer" y mucho menos "incumbir". Porque no soy nadie, absolutamente nadie, para introducirme en este show perverso, en el que se asiste al nacimiento, reproducción y muerte en directo de quienes no han hecho nada para enjaularse en un zoo de celebridad.

Que sean muy felices juntos, o cada uno por su lado; que estén acompañados o sin compañía, según elijan. Que sean felices ellos y que lo seamos nosotros. Porque nadie nos va a dar un premio por curiosear dañosamente a los otros, ni ganaremos ningún Oscar por seguir vigilantes la vida de los demás.