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¡Bravo! ¡Brava! ¡Bravi!

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Imágen del estreno de "I due Foscari", de Giuseppe Verdi, en el Teatro Real de Madrid.

Quien en alguna ocasión haya escrito cualquier texto, bien sea un cuento, un artículo, un guion o un libro, habrá comprobado lo difícil que resulta ligar y enamorar las palabras, hacer que juntas sean un todo y que transmitan emoción, respetando la individualidad de cada una. En el cine actual, a menudo escuchamos diálogos atropellados dichos sin cuidado, esbozados sin ninguna gracia y escudados, pretendidamente, en una cotidianeidad que, lejos de ser cercana, se convierte en todo menos coloquial. Es frecuente que sus conversaciones estén plagadas de exabruptos torpes, soliloquios vulgares, expresiones importadas que cada día tienen menos significado y que resultan, sin quererlo, más confusas que clarificadoras.

En ese aspecto, y en algún otro, quisiera para el cine una dignidad superior, aquella que, por ejemplo, encuentro en otros ámbitos como la literatura o la ópera. En esta última, tal como sostenía Mozart, la poesía es hija obediente de la música, y es en ese acoplamiento entre la lírica y el sonido donde encontramos su característica más atrayente. Debe mucho el cine a la ópera, fenómeno enigmáticamente restringido, pasional y estrepitoso, que altera el ánimo y eleva el espíritu.

Rastreamos su huella en el cine musical, malinterpretado en ocasiones, mucho más próximo a Broadway que a la Royal Opera House; también está vigente en el drama aunque mucho más en la tragedia, tragedias que provienen del universo literario y que suman ardor con una gran puesta en escena. Como buena amante del cine, no puedo sino enamorarme de la ópera, su hermana mayor y desmedida, aguda y catártica, por la cual he hecho grandes sacrificios y he derramado unas cuantas lágrimas.

En los últimos días ha desfilado lo más granado del género en el Teatro Real de Madrid, lugar de encuentro intergeneracional por cuyos pasillos han deambulado, desde 1850, compositores como Rossini o Verdi, y directores de orquesta como Von Karajan, Bernstein o Barenboim. No puedo evitar estremecerme pensando en el pasado, siempre lo hago cuando recorro cualquier espacio, no solo este enclave entre las plazas de Oriente y de Isabel II. Esta temporada también el Real ha hecho historia, trayendo a grandes artistas contemporáneos que reviven a través de sus voces el espíritu de quienes insuflaron en las partituras y en los libretos una emoción atemporal. A algunos de ellos voy a dedicar un homenaje, un sincero bravo, brava y bravi por su increíble entrega.

¡Bravo! No importa que no se haya asistido nunca a una representación operística, lo que significa esta locución se entiende en todo el mundo. A Plácido Domingo le dedico mi admirado bravo por su voz colosal y por ser siempre inmenso en escena. En esta ocasión, el maestro interpretaba al dux de Venecia en I due Foscari, engendrada operísticamente por Verdi, pero escrita por Lord Byron. Plácido Domingo, a quien debo la emoción reiterada, obsesiva y casi masoquista que suscita en mí el aria "Ch'ella mi creda" de La Fanciulla del West, deja ahora a Puccini para conquistar a un público que, literalmente, se rinde ante su arte.

¡Brava! Poca gente conoce, ni siquiera en los propios coliseos, que a las mujeres se les dedica un ¡brava! en femenino, y no un simple "bravo", que remite a un tenor o a un barítono y que, en última instancia, siempre se dedica a un "él". En mi homenaje le entrego un ¡brava! mayúsculo a Diana Damrau, virtuosa soprano alemana, admirada allende los mares y con una capacidad desmesurada para emocionar y transmitir. Como Elvira en I puritani, nos hace estremecernos de dolor ante la injusta pérdida de su prometido Arturo, a quien cree desencantado con su ternura, sin saberle leal a la corte Estuardo. Precisamente esta ópera de Bellini me lleva a mi tercer tributo, ¡bravi!

¡Bravi! Este homenaje en plural lo entrego ex aequo a Javier Camarena y al propio Teatro Real. Al primero, el tenor mexicano, por su talento, su intensidad y su humanidad, capaces de transportarnos a una Inglaterra inmersa en la guerra civil entre afectos a la monarquía y partidarios de Cromwell. Al segundo, el Real, por celebrar doscientos años y por ofrecer una programación que nos acerca a las grandes capitales europeas, con artistas de primer orden y puestas en escena soberbias, como la de Daniel Bianco para Los puritanos.

No resulta difícil que un apasionado del cine pueda sentir auténtico entusiasmo por la ópera, no es infidelidad sino pura deriva lógica. Tal vez sea cierto que no podemos llegar a la muerte por amor, como en las representaciones operísticas, pero nada nos impide morir de amor por ellas. Para la próxima, ya lo saben: bravo, brava y bravi. Y si hay más de dos mujeres, brave.