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Caseta 354

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Foto: EFE

Es difícil hablar desde una perspectiva que no sea estrictamente personal. No lo intentaré siquiera, porque referirme a la Feria del libro sin pensar en mi experiencia privada resulta quimérico, si no imposible. No recuerdo si fue él quien me enamoró o si fui yo la que se prendó de El Retiro por vez primera, cuando siendo todavía una niña pensaba en sus caminos repletos de letras y de libros. Aquellos pasajes se mantienen todavía, y en mi mente cobran una fuerza insólita al darme cuenta de que este año, también por primera vez, he formado parte de este fascinante encuentro literario.

Me consta que no está situada donde la feria primigenia, aquella que engalanaba el Paseo de Recoletos y de cuyos árboles pendía la cita de Jaime Balmes: "En la lectura deben cuidarse dos cosas: escoger bien los libros y leerlos bien". Ahora las cosas son distintas. Ya no es Recoletos sino El Retiro; ya no es Jaime quien revoluciona el mercado editorial sino otro Balmes, Santi; y las temperaturas del nuevo milenio no se parecen a la templada primavera que permitía chalecos, corbatas y levitas. No es 1933, año inaugural, sino 2016, aunque la esencia de la Feria del libro se mantiene intacta.

Calle O'Donnell, entrada por la puerta de Madrid. A menos de 500 metros, frente a la Casita del Pescador de Fernando VII, se encuentra la caseta 354, mi hogar por unas horas, el cual comparto a tiempo parcial con grandes como José Luis Garci o Marco Da Costa. Todo un honor. Allí, al calor de la tarde y de la extraordinaria gente que coincide conmigo, el cine vuelve a brillar con luz propia, resplandeciendo entre un panorama de libros que, lejos de enfrentarse al séptimo arte, lo agrandan y lo amplifican.

Un año más, las puertas del parque del Retiro se cierran para la Feria del libro. Los jardines que el Conde Duque de Olivares regaló a Felipe IV vuelven a su quietud habitual para dejar que el universo de las letras recorra su camino en la conquista del mundo.

Por aquel expositor con aires de cine clásico, con imágenes de Audrey Hepburn, remembranzas de Claudia Cardinale y mi pasión por Louis Jourdan, desfilan cientos de madrileños en busca de un libro, algo que sacie su adicción al cine y que alivie su incurable cinefilia. Entre risas cómplices, visitas amigas y conversaciones cinematográficas, una ávida lectora consigue atraparme. Lo hizo entonces y lo hace ahora, porque mientras se adentraba en el universo de la editorial, haciéndose con innumerables ejemplares de las más variadas cinematografías, me formuló una pregunta que, a día de hoy, todavía no he sabido contestar: cuál es el nombre de una película que, desde hace años, se resiste vehemente a ser desvelada.

Cine francés, género negro, año indeterminado. Estas son sus tres claves. La sinopsis, sencilla. Un hombre, de profesión carnicero, es apreciado por toda su comunidad. De carácter afable, nadie en su entorno presagia que ese hombre intachable va a asesinar a su mujer. Pero lo hace. Todo el pueblo conoce la realidad y, aun así, se calla. Todos se vuelven cómplices. A vuelapluma, esta es la síntesis de una cinta que, de largo, agota la paciencia de mi buena lectora, tan cultivada como afectuosa. Sugerimos Toni (1925) de Jean Renoir o El carnicero (1970) de Claude Chabrol, pero pecamos de crédulos, después de tantas décadas la resolución no podía llegar tan rauda. Ni editores ni amigos, compradores o viandantes, supimos dar con la solución, un galimatías cinematográfico que desde aquel momento también se ha instalado en mi mente como una encrucijada tentadora y sugerente. La lectora siguió su camino pero el interrogante se mantuvo flotando por entre libros de Guillermo Balmori, Enrique Alegrete o Javier Comas. Mientras, en nuestra estrecha caseta, el cine siguió enhebrando cada minuto y por aquel espacio aparecieron Gene Tierney, Bette Davis, Woody Allen o Billy Wilder, todos ellos descolocados, fortuitos, entremezclados al compás de nuestra pasión.

Un año más, las puertas del parque del Retiro se cierran para la Feria del libro. Los jardines que el Conde Duque de Olivares regaló a Felipe IV vuelven a su quietud habitual para dejar que el universo de las letras recorra su camino en la conquista del mundo. A pesar de ello, y aunque nos alejemos inexorables de aquel momento y lugar en el tiempo, siempre quedará para mí intacto el recuerdo de aquel reducto cinematográfico donde literatura y cine se dieron cobijo. Calle O'Donnell, recuerden; entrada por la puerta de Madrid. Frente a la Casita del Pescador, no tiene pérdida. Caseta 354.