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CSI ciudadano

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Imagen: YOUTUBE

En 1986, Top Gun consiguió mayor número de reclutamientos para las filas norteamericanas que cualquier campaña de promoción o publicidad. Décadas antes, en 1940, Alfred Hitchcock había conseguido incorporar al mundo de la moda femenina el término "rebeca" en honor a la vestimenta que Joan Fontaine había lucido en su producción Rebecca. Y desde 1962 James Bond es el culpable (ya sea encarnado por Daniel Craig, Sean Connery, Roger Moore, Pierce Brosnan o el efímero Timothy Dalton) de que con él se identifique el Martini con vodka mezclado, no agitado.

Si saco a colación esta repetición milimétrica, esta transferencia y casi síntesis con el universo cinematográfico, es porque como analista del mundo audiovisual nunca dejo de sorprenderme. El martes descubríamos que una operaria de la limpieza de Sevilla había sido clave para el esclarecimiento de un crimen acontecido en el parque donde trabajaba. El tema no es en absoluto baladí. Una mujer de 31 años apareció muerta entre los jardines portando una nota de suicidio. La Policía Científica procedió entonces a realizar la autopsia y descubrió que tras el aparente suicidio se ocultaba un crimen sexual. Fue entonces cuando la pericia de la operaria, convertida en auténtica forense, hizo su aparición, revelando que había separado minuciosamente los restos hallados junto a la joven para que no fueran contaminados como pruebas.

Si todo esto ha suscitado revuelo ha sido, precisamente, porque la operaria confesó haber obrado de semejante modo motivada por su afición a las series científicas, en concreto CSI, en las que se narra pormenorizadamente el procedimiento que ha de llevarse a cabo en tales circunstancias. Por ello se hizo con los pañuelos y restos biológicos que encontró en las proximidades de la zona, guardándolos cuidadosamente en una bolsa al margen del resto de la basura. Para ello se cubrió los brazos con plástico, a modo de guantes, y con sumo cuidado depositó el contenido sin que hubiera interferencia con otros desechos. De no haber obrado con tal celo, no habría sido posible determinar la identidad del autor del crimen.

Si nos detenemos ante este hecho con cierta perspectiva y alejados ya de la conmoción que origina saber hasta qué punto son frágiles las pruebas de un asesinato, el resultado no puede sino causar estupor. La televisión, como también el cine, es una fuente inagotable de información y de referentes, lo que no implica necesariamente que estos sean positivos. En 2011, un niño asesinó a su padre mientras dormía al imitar una escena de Mentes criminales; por otro lado, el año pasado un joven provocó la muerte de su pareja al intentar recrear una brutal escena de 50 sombras de Grey. En ocasiones olvidamos la importancia que tiene aquello que consumimos visualmente.

Consumimos demasiados productos audiovisuales sin ser conscientes del efecto que esa exposición puede tener a corto o largo plazo.

En 2005 tuve la fortuna de hablar con el investigador Giovanni Sartori acerca de su Homo Videns y de la cultura en la que nos encontramos enmarcados. Sartori me confirmó que la influencia de las realizaciones audiovisuales es innegable, quizá no tanto como propugnaba Harold Lasswell y la teoría de la aguja hipodérmica, si bien existen evidencias suficientes como para que mostremos cierta precaución. Consumimos demasiados productos audiovisuales sin ser conscientes del efecto que esa exposición puede tener a corto o largo plazo. Imitar cuanto vemos en la pantalla -cualquier pantalla-, puede alcanzar desde coreografías jocosas en Youtube a grandes proezas como la que nos ocupa. Recordemos que incluso algunos teóricos de la VGIK de Moscú se inspiraron en el cine de David W. Griffith para conseguir imprimir emoción en el montaje de una película, iniciando así un cine artístico y didáctico que subrayaba el énfasis emocional en el público. Esto es influencia, cierto; es audiovisual, correcto; pero no es en absoluto el contexto ni la sociedad en la que nos encontramos actualmente.

La ingente cantidad de información que recibimos está configurando esta nueva etapa de la historia. Esta suerte de infoxicación está plagando nuestro mundo de unos referentes que, más tarde o más temprano, deberemos revisar. Porque al igual que en el caso de Sevilla el resultado ha sido colaborativo, y por ende positivo, también hay ocasiones en las que el relato detallado de los procedimientos criminales acaban por aguzar el ingenio y hasta los instintos más abyectos. Volvamos a Alfred Hitchcock y a Joan Fontaine, esta vez con Suspiction (1941). En la cinta, basada en la novela de Frances Iles, Before the Fact, Cary Grant cuestiona a la novelista Isobel Sedbusk acerca de determinados venenos capaces de ser borrados del cuerpo de una víctima después de un crimen. La sospecha de su mujer, finalmente infundada, no deja de ser clave en una sociedad que, la mayor parte de las veces, pierde de vista la importancia de que determinada información quede salvaguardada. Quizá deberíamos prescindir de tanta violencia mimética y a granel, en la que machaconamente se nos muestran víctimas femeninas, y podríamos hacer hincapié en recursos de alta utilidad como la maniobra de Heimlich o la reanimación.

Suerte que, en esta ocasión, esta sobreabundancia informativa ha dado como resultado una acción heroica, la de una operaria de la limpieza que, viendo la dimensión de cuanto acontecía, decidió armarse de valor y convertirse en apoyo de la policía y última exhortación de justicia para la víctima.