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De Cervantes, Azcona y María Zambrano

19/04/2017 14:03 CEST | Actualizado 21/04/2017 07:22 CEST
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María Zambrano (1904-1991)

Hay momentos que una persona no olvida nunca. Días en los que, por ejemplo, por fin conversas con un referente cinematográfico como Rafael Azcona. Noches en las que el azar, siempre intrigante, te presenta a José Luis García Sánchez en una librería abierta sin casualidad, mientras conversas con otro cineasta cardinal como Basilio Martín Patino. Instantes en que resulta providencial conocer a personajes queridos, respetados y admirados, a los que la fama no les perturba ni les persigue. Personas notables y humildes que lo son de verdad.

Director y guionista colaboran, además, en uno de los proyectos más gratos del cine español, una película nada histriónica, nada pretenciosa y, quizá por ello, nada conocida, llamada María Querida (2004). Dirigida por García Sánchez y escrita al alimón con Azcona, la cinta no podría ser más adecuada esta semana, cuando el libro se erige en merecido soberano de la cultura, festejándose onomásticas tan relevantes como el día de Sant Jordi o la entrega del Premio Cervantes. Ambos se celebran el 23 de abril y ambos comparten mi total devoción, siendo de esos amores que matan y nunca mueren que apuntaría Joaquín Sabina.

María querida tiene, en añadidura, el infalible atractivo de narrar uno de los episodios menos nombrados de la historia cultural española, el día en que a la filósofa, ensayista y genio María Zambrano se alzó con el Premio Cervantes en 1988. Un 23 de abril, por supuesto, veinticuatro horas después de cumplir los 84 años. La película es el relato de una gran amistad, amistad que se inicia en la rueda de prensa que la pensadora concede al recibir su galardón. Las preguntas de los reporteros resultan de un azul oscuro casi negro, hecho que llama la atención a Lola (María Botto), una periodista televisiva que, hechizada por la perspicacia de Zambrano (Pilar Bardem), decide realizar un documental sobre su figura. Así comienza una historia de amor que traspasa las letras impresas, el pensamiento y la filosofía, adentrándose en el terreno de lo personal y que combina fascinación con intelecto; afecto y cognición. Esta admiración alcanza también a Pepe (Álex O'Dogherty), marido de Lola y, a la postre, devoto de Zambrano, quien comprende la profunda cautivación que alguien como la filósofa malagueña desencadena en sus interlocutores.

Cada 23 de abril, además de rememorar a mis admirados Shakespeare y Cervantes, y el día de Sant Jordi, siempre recuerdo a María Zambrano.

Como todo guion firmado por Rafael Azcona, la película exuda realismo y autenticidad; el texto por completo está entrevenado por fragmentos enunciados efectivamente por María Zambrano, hecho que complicó bastante la labor de interiorización de Pilar Bardem, quien de inmediato entendió la aguda responsabilidad que implicaba honrar la memoria de quien inmortalizó la "razón poética", en palabras de Fernando Savater.

Pese a ser una grande, en tantos ámbitos, Zambrano no es, en absoluto, un personaje conocido, alguien a quien el imaginario colectivo rememore como a José Ortega y Gasset o Xavier Zubiri. A pesar de su Cervantes o de su Príncipe de Asturias, su nombre no es vox populi, apenas se reconoce a no ser que constituya la designación de alguna calle o biblioteca. El ser recordado es un privilegio exclusivo para unos pocos, rara vez los olvidados llegan a calar en el recuerdo y en el sentir popular.

El mismo tipo de alejamiento debieron sentir otras muchas autoras, autoras que ni tan siquiera han obtenido el reconocimiento a una edad avanzada, quienes de hecho ya no tienen nombre ni tampoco edad. Quizá es el caso de las otras tres galardonadas con el Premio Cervantes, Dulce María Loynaz (1992), Ana María Matute (2010) y Elena Poniatowska (2013); aunque sería difícil olvidar estos escasos nombres cuando, de entre los cuarenta y dos premiados hasta hoy en día, solo cuatro han sido mujeres. Es más, algunas de ellas, como Ana María Matute, también obtuvieron el Premio Nacional de las Letras, punto menos dispar su reparto, ya que solo cuatro mujeres han sido reconocidas con esta distinción (Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Carme Riera y la citada Matute), de entre los treinta y tres galardonados.

Una de las expresiones más profundamente conmovedoras de María Zambrano es "no hay que olvidar el olvido". Me atrevería a decir, y en todos los órdenes de la vida, que no debemos olvidar a los olvidados. No lo hizo Buñuel y, por supuesto, no podemos permitírnoslo nosotros. Por ello, cada 23 de abril, además de rememorar a mis admirados Shakespeare y Cervantes, y a mi íntimamente querido día de Sant Jordi, siempre recuerdo a María Zambrano. Porque es de recibo recordar a los olvidados, y no es razonable quererlos olvidar.