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Del surrealismo, Olivier Assayas y Germaine Dulac

14/10/2017 10:08 CEST | Actualizado 14/10/2017 10:08 CEST
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Fotograma de 'La coquille et le clergyman' ( Germaine Dulac, 1928)

Qué cantidad de vericuetos tiene el surrealismo. Con todo su arte, nombres como los de André Bretón, Luis Buñuel o Salvador Dalí han quedado enmarcados en nuestra historia, siendo reivindicados y homenajeados con relativa (y justa) asiduidad. Quién no se ha deleitado con 'La persistencia de la memoria' (1931) o quién no conoce Un perro andaluz (1929), considerada por todos como la primera obra cinematográfica surrealista. Pero si yo les digo ahora que no es cierto, que Le chien andalou de Buñuel y Dalí no fue la primera cinta surrealista, y apostillo mi discurso con el nombre de Germaine Dulac, muchos dejarán de leer con reprobación. 'Cómo va a ser así', pensarán, 'si nadie nos lo ha dicho ni enseñado de ese modo'. Este es el problema.

En 1928, la periodista, crítica, teórica y cineasta Germaine Dulac presentó en sociedad La concha y el reverendo, una obra cuyo texto estaba firmado por Antonin Artaud y que yo conocí hace más de una década gracias al Museo Reina Sofía. En La coquille et le clergyman los deseos subconscientes, el erotismo, el placer y la violencia se unen para dar forma a un fresco absolutamente surrealista, en puridad el primero, aunque durante años, casi un siglo, ese título y su autora hayan pasado desapercibidos. Su metraje no llega a la hora, pero no hay nada de formalismo narrativo en él, todo lo contrario; como sostiene la historiadora Lola Hinojosa, en su película Dulac rompe con el cine deudor del modelo literario y teatral, para dar con una forma de expresión novedosa que ella denomino "nuevo arte visual". Pero Dulac no es conocida, no del modo en que debería, siendo silenciada como lo han sido, y lo serán, otras muchas autoras. Pocos saben, igualmente, que la directora francesa también fue pionera en concebir una película impresionista, La sonriente Señora Beudet (1922), y que su obra fue profusa hasta el advenimiento del sonoro, cuando pasó a entregarse con prodigalidad a la escritura y la crítica teatral.

La coquille et le clergyman ( Germaine Dulac, 1928)

Este desvelamiento paulatino de las artistas ocultas, a medio camino entre arqueología y juego macabro, me recuerda sobremanera a Personal Shopper (2016), película de Olivier Assayas que le granjeó el Premio al Mejor director en Cannes. Aunque su argumento se diluye en ciertos derroteros sobrenaturales, en ella hay aspectos que llaman poderosísimamente la atención. La protagonista, Maureen (Kristen Stewart), es una joven americana que vive en París, donde se encarga de realizar las compras a una celebridad llamada Kyra. Mientras espera a que el espíritu de su hermano fallecido se manifieste para informarle acerca de la vida después de la muerte, Maureen se adentra en el mundo del espiritismo, del arte y del más allá, conociendo en su camino la obra de Hilma af Klint (no confundir, aunque se esté tentado, con Gustav Klimt).

Esta autora sueca, también ignota para el gran público, tuvo el acierto de crear, por vez primera, una obra abstracta, un privilegio que se había arrogado Kandinsky y que, para ser sinceros, fue favorecido por el ocultamiento voluntario que Hilma af Klint ejerció sobre su trabajo. Aunque se dedicaba a realizar paisajes figurativos de cara a la galería, en el interior de su estudio dio rienda suelta a la voluptuosidad del arte abstracto, con imágenes que el propio Olivier Assayas muestra en su cinta. Círculos, espirales y volúmenes sinuosos sumaron más de mil obras que la propia Af Klint decidió que no fueran públicas hasta pasados veinte años de su muerte. Y esto, muy solemne, lo explicitó en su propio testamento. Llegada la fecha, el arte abstracto ya había sido superado, sus autores consagrados y el arte de Hilma af Klint minusvalorado.

Para enmendar esta postergación de la figura femenina en la creación artística, les recomiendo visitar la exposición 'Somos plenamente libres. Las mujeres artistas y el surrealismo' que el Museo Picasso de Málaga tiene en marcha hasta el próximo 28 de enero. En ella, no solo se reivindica la presencia de la mujer en el arte, sino que se realiza un homenaje explícito a la artista surrealista. Nombres como Frida Kahlo, Dora Maar, Maruja Mallo, Leonora Carrington, Léona Delcourt o Kay Sage se dan cita en Málaga para resaltar la importancia de una generación de mujeres cuyas dificultades para salir adelante fueron más que visibles.

Háganlo por el deleite del arte o por la satisfacción de la justicia. Porque, a la postre, no hay nada más surrealista que reivindicar la realidad.

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