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Gobi, el perro del desierto

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Gobi tendrá una película. No lo afirmo, lo preconizo; porque hay pocas historias que gusten tanto a la industria como las de superación, camaradería perruna y esfuerzo personal. Con apenas unas cuantas pulgadas de altura sobre el suelo, la pequeña Gobi se ha hecho célebre en todo el mundo por protagonizar una epopeya digna de un héroe clásico. De toda una heroína. Para quienes no hayan escuchado hablar de la noticia, si es que esto es posible en la era de las redes sociales, les pondré al día.

Existen carreras a lo largo y ancho del mundo, esto no es ninguna novedad. Algunas son más llevaderas pero otras, en cambio, son especialmente arduas; en concreto, las que se realizan a través de desiertos de la geografía planetaria. El Atacama Crossing en Chile, la Sahara Race en África, la Roving Race en la Patagonia argentina o la Gobi March en China son algunas de las carreras más afamadas, englobadas bajo el título de 4 Deserts. Precisamente durante la última edición asiática, sucedió un hecho inusitado: la misteriosa pero incansable presencia de un can en medio de la marcha.

Su apariencia era delicada, un pequeño perro de dos palmos de largo y uno de alto, orejas puntiagudas y pelaje mate. No era en absoluto grueso, pero su cuerpo parecía vigoroso y ágil, con una expresión jovial y despreocupada. El animal, sin motivo conocido, surgió en medio de la maratón china, siguiendo a uno de los corredores en su camino hacia la meta. Dion Leonard, de origen australiano pero residente en Edimburgo, se vio sorprendido por la presencia de aquella diminuta acompañante que decidió, sin previo aviso, convertirse en su guardaespaldas, velando por él a lo largo de cuatro de las seis etapas que componen la carrera. Gobi apareció el segundo día y se sintió atraída, según Leonard, por su brillante atuendo amarillo.

Por algo más que por su ropa debió sentirse inclinada, ya que con su corta estatura y lo minúsculo de sus patas, corrió junto con el resto de los atletas a lo largo de los 125 kilómetros que quedaban de carrera, incluidas etapas de auténtica extenuación y frío. Fue entonces cuando las imágenes de Gobi se hicieron populares, viendo a la pequeña dormir en brazos del corredor, acurrucarse a su lado en cualquier suelo o superficie, e incluso compartir agua y algunos víveres con él. Sin ningún apuro, la pequeña se introdujo en la tienda de campaña de Leonard y, a partir de entonces, fue adoptada amistosamente (o quizá fuera él el adoptado) iniciando la marcha cada nueva jornada de forma conjunta.

La historia tiene todos los visos de convertirse en una superproducción hollywoodiense al estilo de Socios y sabuesos o Hachiko.

Arengado por sus compañeros, Leonard decidió tener su custodia oficialmente, preguntándose, al igual que su mujer, si su presencia molestaría a su gato en Gran Bretaña, algo que ni a uno ni a otra parecía preocuparles en absoluto. Pero Gobi no pudo viajar. Las leyes de migración, estrictas en cuanto al traslado de animales, hicieron que la pequeña debiera quedarse en Urumqi durante el tiempo en que sus nuevos compañeros tardaban en arreglar los procedimientos burocráticos.

Pero como toda historia cinematográfica, también esta tiene su tensión narrativa. Cuando Gobi esperaba a ser reubicada en Gran Bretaña, se desvaneció sin dejar rastro. Preocupados por su suerte, Leonard y su pareja decidieron recaudar mediante crowdfunding las 5000 libras necesarias para encontrarla y sufragar su traslado. A través de plataformas como Facebook y Twitter, el hashtag #BringGobiHome se hizo notorio, consiguiendo recaudar el dinero suficiente mediante donaciones aisladas de cientos de voluntarios, y gracias al apoyo de muchos de los corredores que compartieron con Gobi su marcha por China.

Como una película con final feliz, hace apenas unos días que Dion Leonard y Gobi se reunieron en Edimburgo, haciendo que las redes volvieran a entrar en ebullición con imágenes del reencuentro. En una travesía épica que conmocionó Internet, esta pequeña heroína consiguió emocionar al mundo con su calma, su resistencia y su muy humana obstinación.

Para muchos esta solo es la historia de un perro insignificante que, como tantos otros en el mundo, intenta salir adelante. Pero para mí, y créanme que sé de lo que hablo, esta es una magnífica base para una película cinematográfica. Yo misma la haría sin lugar a dudas, aunque la historia tiene todos los visos de convertirse en una superproducción hollywoodiense al estilo de Socios y sabuesos o Hachiko. Imagino que no habré sido la única en pensarlo, pero me pregunto cuánto tardaremos en ver a la nueva Gobi salir en la gran pantalla. Quién sabe, quizá su carrera en atletismo desemboque, sin habérselo propuesto, en una exitosa carrera cinematográfica.