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Gonzalo vela por nosotros

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No sé dónde ni cuándo leí que los personajes ilustres son siempre identificados por su apellido. Mozart, Shakesperare o madame Curie son ejemplos de ello, junto a esas excelsas damas que acaban siendo conocidas por la curiosa pero distintiva acepción de su apellido precedido por "la" (la Loren, la Hepburn).

Aún más restringido es el círculo de artistas y demás genios a quienes tan sólo conocemos por el nombre, como si esa denominación estuviera reservada, pese a su carácter general, a definir una única personalidad. Pensemos en Garcilaso, en Frida. O mejor aún, en Marilyn. Nunca nadie ha usurpado su nombre, un nombre que ni siquiera era el suyo y que adoptó en lugar de Norma Jean. Con ello, no solo subió al Olimpo del séptimo arte, sino que incluso obligó a otra actriz, de natural Marilyn Pauline, a autoetiquetarse como Kim Novak.

Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. Para mí, uno de ellos es Gonzalo Suárez, un nombre propio que se ha abierto un hueco en la historia del cine.

Conozco al autor de Ditirambo desde hace apenas una década, un pequeño racimo de años. En realidad, fue entonces cuando le reconocí, ya que hacía mucho que sabía de este autor cosmopolita, auténtico prestidigitador de la palabra. Desde el primer momento, su alma transeúnte me demostró, en la línea de Cervantes, que quien lee mucho y viaja mucho, ve mucho y sabe mucho. Quizá por ello, departir con Gonzalo Suárez resulta todo un recital de genialidad.

Desde el primer momento, su alma transeúnte me demostró, en la línea de Cervantes, que quien lee mucho y viaja mucho, ve mucho y sabe mucho.

Saben Juan Cruz o Eduardo Mendoza que, si hubiera nacido en Richmond, habría sido considerado, no sólo precursor, sino padre del Nuevo Periodismo; pero Tom Wolfe, vanidoso con o sin hogueras, le arrebató el puesto sin remilgos, arrogándose el derecho exclusivo de su paternidad. El vástago puede tener su apellido, pero en sus venas también fluye la sangre del asturiano.

Aunque su obra como periodista es tan juiciosa como insolente, firmada con ese seudónimo de Martín Girard que exuda gracejo y surrealismo, no traigo ahora a colación a Gonzalo como reportero ni como boxeador, ni tan siquiera como actor o libretista, escritor o filósofo. Quiero hablar de él como cineasta, el inmenso cineasta cuya opera prima, Ditirambo vela por nosotros, cumple este año medio siglo.

Es un privilegio escuchar a Gonzalo hablar de sus rodajes, de Mary Shelley, del frío que se pasa en Chicago, del flequillo de Veronica Lake o del mal carácter que se gastaba su amigo Sam Peckinpah. Puedo escucharle hilvanar argumentos y jugar con las palabras, maravillándome al mismo tiempo de su fondo y de su forma. Es emocionante oírle decir que se introdujo en la profesión por instinto, decidiendo de repente que el cine era un buen cauce para su talento, un cauce costoso en todos los sentidos, complejo hasta la extenuación, copado de unas películas que no eran las que él tenía en mente. Un cine sin su cine, en resumidas cuentas.

Es un privilegio escuchar a Gonzalo hablar de sus rodajes, de Mary Shelley, del frío que se pasa en Chicago, del flequillo de Veronica Lake o del mal carácter que se gastaba su amigo Sam Peckinpah.

Por aquel entonces, Gonzalo ya tenía un nombre, y la industria había llamado a su puerta de diversas maneras. Sus trabajos De cuerpo presente y Fata Morgana iban a derivar en sendas adaptaciones cinematográficas dirigidas, respectivamente, por Antonio Eceiza y Vicente Aranda. Fue entonces cuando decidió hacer arte en 16 milímetros, "matar el tiempo que nos mata" adentrándose en el rodaje del cortometraje Ditirambo vela por nosotros (1966), para aprovechar unos restos de película y una cámara a la que había que dar cuerda para que pudiera funcionar.

"En un mundo desolado, en una ciudad de locos, lobo entre los lobos, Ditirambo vela por nosotros". Así, de manera espontánea, low cost y estrictamente personal, nacía para el cine Ditirambo y, con él, parte de la Escuela de Barcelona, una corriente de la que también formaban parte, entre otros, Vicente Aranda, Pere Portabella y Joaquim Jordà.

De este modo, también surgía, impensadamente, uno de los periodistas de la ficción española que más me divierte, a quien más admiro y al que tanto debo, Ditirambo, el más honesto y leal de los informadores. Ahora que mi nuevo libro sobre reporteros cinematográficos ha visto la luz, Diccionario del periodista en el cine español (1896-2010), recuerdo con agradecimiento profundo que Gonzalo abriera para mí su mundo, un universo repleto de malabares lingüísticos, de exquisito gusto estético, de capacidad y de personajes caóticos que se guían por la pasión.

Gonzalo Suárez, el gran Gonzalo, es más que un guionista y un director, es un narrador cinético y centelleante. Es un autor global. Por ello, en un mundo desolado, en una ciudad de locos, lobo entre los lobos, qué suerte que Gonzalo vele por nosotros.