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Guía rápida para amar a Aki Kaurismäki

02/10/2017 06:55 CEST | Actualizado 02/10/2017 06:56 CEST

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De entre mis directores fetiche, de esa lista de imprescindibles del séptimo arte actual, se encuentra un cineasta finlandés tan minimalista como perspicaz, con una obra que recomiendo por su calidad soberbia. Su nombre es Aki Kaurismäki, no se preocupen si no aciertan con la diéresis, de poco importa cuando lo fundamental es su talento.

Al contrario que sus coetáneos, Kaurismäki parece despreocupado por el cine, no le afecta, incluso podría decirse que le da igual. Nada más lejano a la realidad. Porque este director, guionista, montador, productor e incluso actor, vive por y para el arte cinematográfico, aunque a su particular manera. Es difícil entrevistarle, yo diría que imposible, y de entre el largo inventario de temas que no le interesan está la reflexión sobre el propio cine, tampoco el suyo. Dice no importarle en absoluto, paradójico siendo uno de los mejores directores de la actualidad. Con un FIPRESCI en Berlín, un Louis Delluc, un Oso de Plata, un Carrosse d'or y un Premio del Jurado en Cannes, cualquiera diría que Kaurismäki tiene, aunque mínimamente, un ápice de afectación por su propio talento. Pero no es así. Desconozco si se sabe virtuoso pero, de saberlo, lo oculta con maestría.

Podría reflexionar aquí los motivos extensos de mi querencia por Kaurismäki, por qué considero conmovedora La vida de bohemia (1992) o por qué con Nubes pasajeras (1996) comenzó a ser el inconfundible cineasta en que se ha convertido; podría citar cuál es la razón por la que Un hombre sin pasado (2002) debería ser de obligado visionado o el motivo por el que Luces al atardecer (2006) resulta un broche de oro para su trilogía. Ni siquiera argüiré por qué Le Havre (2011), tan real, tan cercana, me gusta tanto. Y no lo haré sencillamente porque Kaurismäki es sintético y odiaría que ofreciera un sesudo listado de razones, por muy buenas que estas fueran.

La marginación, la identidad, el aislamiento o la deshumanización son temas constantes en la obra de Kaurismäki

Es ese espíritu condensador y crítico lo que ha llevado a la crítica a otorgarle el premio FIPRESCI a El otro lado de la esperanza (2017), distinción que le ha llevado a ser ovacionado en San Sebastián durante la presente edición del Festival. Y lo ha hecho con una película absolutamente necesaria enmarcada en el actual contexto de la crisis de los refugiados. Y esto lo hace en Europa, con su elenco habitual, con mal genio y a las claras. Cien por cien Kaurismäki.

Khaled (Sherwan Haji) es un refugiado sirio que recala en Helsinki dejando atrás la guerra y la destrucción. Es un hombre callado, amable y mesurado, que se entrega en una comisaría para iniciar el trámite de solicitud de asilo, situación que le convierte punto menos que en delincuente. En una celda coincide con otros refugiados, quienes provienen de las zonas más conflictivas de oriente próximo. Después de relatar la crudeza de su experiencia, finalmente su asilo es desestimado, viéndose forzado a escapar para no ser repatriado. Por su parte Wikström (Sakari Kuosmanen) es un comercial que, gracias a un golpe de suerte en el póker, compra un restaurante ruinoso. Su carta, su equipo y sus trabajadores están en las últimas, pese a lo cual (muy Kaurismäki) no pierden el sentido de la decencia y del decoro. Así ofrecen auxilio a Khaled, quien pronto entra a formar parte del caótico restaurante, en el que los arenques primero, y el sushi sospechoso después, alimentan la esperanza de los pocos clientes que llegan a él. Tras semanas de peleas, de lucha por sobrevivir y de buenas dosis de crítica y de humor, Khaled se encuentra con la Europa más intransigente, sin empatía y sin retorno.

La marginación, la identidad, el aislamiento o la deshumanización son temas constantes en la obra de Kaurismäki, una temática áspera que, sin embargo, endulza con un sentido estético formidable y un surrealismo estilizado. Sus planos largos, la inmisericorde quietud de su cámara, sus diálogos secos, la interpretación monolítica y llena de silencios o sus exquisitas bandas sonoras (recordemos que Kaurismäki es un curtido melómano), hacen de su cine una experiencia poética y también pictórica.

Les gustarán sus espacios diáfanos, sus composiciones cercanas a Hopper, su elenco familiar y siempre idéntico, o su muy refinado sentido estético. Con su carácter arisco y poco mesurado quizá no comulguen, pero no podrán negarle lo cismático y superlativo de su planteamiento.

No lo duden, si tienen ocasión acérquense a la obra de Aki Kaurismäki, pocos dicen tanto con tan poco.