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La noche en que ganamos un Oscar

21/12/2016 07:22 CET | Actualizado 21/12/2016 07:23 CET

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Fotograma de Un cuento de Navidad, de Charles Dickens.

De entre los muchos placeres de mi infancia consciente, pasar las navidades en familia era para mí el trascendental. Siempre lejos de nuestra tierra, las fiestas eran unas vacaciones emocionantes y aparentemente eternas, que asemejaban en duración a una vida entera. La Navidad tenía el aliciente de compartir aquel lapso tiempo con mi familia materna, en cuya casa nos reuníamos para celebrar las fiestas en torno a una misma mesa.

Dulces navideños y tardes interminables con películas en VHS desfilaban para soldar la cinefilia que hoy define mi carácter y también mi profesión. Recuerdo con especial entusiasmo unas navidades en las que una anécdota arbitraria transformó por completo nuestra Nochebuena. Aquella cena parecía comenzar como todas las demás, en compañía de mis abuelos, de mis padres, de mis tíos y de mi hermana.

Sin embargo, tuvimos en aquella velada la suerte de contar con un juego de mesa que cambió el rumbo de los acontecimientos y cuyo nombre no era sino Movies. Sus instrucciones no podían ser más llanas. Contaba con un tablero, unos lápices, dos estatuillas de Oscar y un reloj de arena. Cada equipo se componía de dos jugadores de entre un máximo de seis; las tarjetas contenían decenas de preguntas y el modo en que se avanzaba era informando a tu compañero, mediante mímica, de la película o personaje asignados. Estas pistas permitían todo tipo de movimientos, gestos o dibujos. El único requisito era que no podía mediar una palabra en el camino hacia la fama, nombre de la última casilla.

Aunque no contaba con la edad mínima, participé igualmente; qué tremenda injusticia hubiera sido haberme apartado del juego con mi pasión por el cine. Mis abuelos, pese a ser cinéfilos de pro, decidieron observarnos, dejando el escenario de manera desigual: todos por parejas salvo un desacorde tercer bloque, compuesto por mi hermana, uno de mis tíos y yo. Aquella decisión desagradó sobremanera a mi tío, no solo por ser gran conocedor del cine sino por ver mermadas sus posibilidades de triunfo. Acompañado por dos niñas, la probabilidad de éxito era mínima. Allí estaba él, con poco más de veinte años, con mi hermana de diez y conmigo, de apenas ocho, temeroso de quedar en evidencia en aquella reñida disputa hacia el Oscar.

En estos días en que se celebra la Navidad y que tantas familias se reunirán para sacar a relucir sus trapos tristes, no estaría de más recordar a Charles Dickens y a su fantasma de la Navidad futura.

Y así comenzó la partida. Una a una mi hermana y yo fuimos acertando las películas. Casilla tras casilla dejábamos atrás a todos los rivales. Preguntando o interpretando, aquel conjunto deslavazado, y a duras penas coherente, fue afianzándose en una partida que recuerdo épica, bajo la atenta mirada de unos abuelos orgullosos pero impresionados. No me pregunten qué películas acertamos, a buen seguro estarían entre Casablanca y El último emperador; Murieron con las botas puestas o Quién engañó a Roger Rabbit. El reloj de arena se consumía aprisa y nosotros tres, ya del todo febriles con nuestro juego implacable, nos afianzábamos hacia la meta. Nada detenía nuestra pasión, desatada ya al ver cercano el éxito. Y sí, ganamos dos Oscar, uno al Mejor actor y otro al Mejor director, únicas categorías, en una noche para el recuerdo que ninguno olvidará.

Ahora comprendo que en aquel momento todos, lejos de escribir el primer capítulo de Juego de tronos, estuvimos en sintonía de verdad. Abuelos, tíos, padres y nietas nos disolvimos en un instante surrealista e inmortal. Aunque por fortuna nuestra gran familia ha crecido, nuestros niños son mis primos y a ellos seguimos trasladándoles la pasión por el cine, he querido rememorar un episodio en el que lo inimaginable fue posible.

En estos días en que se celebra la Navidad y que tantas familias se reunirán para sacar a relucir sus trapos tristes, no estaría de más recordar a Charles Dickens y a su fantasma de la Navidad futura. Ahora que mis abuelos ya no están, y que la vida ha cambiado tanto, no puedo sino recordar que durante un momento todos fuimos uno. Porque nadie sabe cómo serán las fiestas venideras, nadie tiene derecho a estropear las presentes.

El tiempo es inexorable y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos; tenía razón Neruda. No es baladí recordar que, todo cuanto constituye magia en un momento, se convierte en evocación más tarde y después en olvido. Por eso, antes de emprender una batalla, antes de armarse por el control del Trono de Hierro, piénsense a sí mismos dentro de unos años y plantéense si tanto error merece la pena. Quizá se vean desmedidos queriendo dirimir en una noche lo que no se ha dicho en una vida. Y quién sabe, quizá toda una vida pueda cambiar en una sola noche.

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