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'La puerta abierta'

23/03/2017 12:44 CET | Actualizado 26/03/2017 10:19 CEST
Imagen de la película 'La puerta abierta'

Hace años, en uno de esos momentos de inspiración que preceden a todo descubrimiento, encontré una película que, sin ser ambiciosa, me sedujo inmediatamente. Entre Abril y Julio se llamaba, con mayúsculas y en cursiva, dirigida por Aitor Gaizka y protagonizada por Javier Albalá (Julio) y Marina Seresesky (Abril). La historia de amor entre un locutor radiofónico y una musicóloga no tenía nada de especial, si bien resultaba del todo refrescante. Su planteamiento, su tensión, sus propios intérpretes, todo era sugerente y atractivo.

Lo que más me embelesa de encontrar joyas semejantes, sin pulir ni malear, es la posibilidad de ver emerger el diamante que brilla en su interior de manera tímida al principio, fulgurante después. De aquel título no solo hablé en uno de mis libros, sino que su visionado me hizo mantener vivo el recuerdo de Albalá y Seresesky, un dúo romántico a su manera, a comienzos de una década que no parecía vaticinar semejantes crisis, cambios políticos ni desastres climáticos. Qué será de ellos, pienso siempre, qué será de los intérpretes en su devenir profesional.

Y he aquí que hace poco más de un año, supe que la argentina Marina Seresesky, después de un exitoso acercamiento a la dirección de cortometrajes (su pieza La boda fue nominada a los Premios Goya 2012), preparaba su debut en la gran pantalla con una cinta que mostraba lo más crudo del crudo invierno, ya sin Hamlet ni Kenneth Branagh. Meses después, al ver La puerta abierta, no pude sino rendirme ante la evidencia de que Seresesky, además de actriz, es una directora con una mirada especial, abigarrada y nada torpe, que mostraba la aspereza sin melindres ni jaranas. Eché en falta en la pasada edición de los Goya mayor número de nominaciones para este título casi inadvertido, el cual hace apenas un par de semanas obtuvo un palmarés envidiable en el Festival internacional de Cine de Mujeres de Asuán (AIWFF), donde se alzó con el premio a la Mejor película, al Mejor guion, al Mejor actor y el de la crítica. Si no conocían este dato, desconocían nuestra presencia en este Festival, o incluso no sabían de la existencia de esta película, descuiden, yo me encargo de ponerles al día.

La puerta abierta es una comedia amarga, dura pero no siniestra; realista pero al tiempo redentora, con tres protagonistas que hacen de ella una pieza de artesanía.

La puerta abierta es una comedia amarga, dura pero no siniestra; realista pero al tiempo redentora, con tres protagonistas que hacen de ella una pieza de artesanía. En ella se narra la historia de Rosa (Carmen Machi) y de su madre Antonia (Terele Pávez), ambas prostitutas de profesión, que comparten pesares, rencores, unas pocas filias y muchas otras fobias, en una corrala del extrarradio de Madrid. La generalidad del vecindario se dedica igualmente al lenocinio y, a pesar del frío y la soledad de sus tristes paredes, la cercanía de Lupita (Asier Etxeandía), su vecina y mejor amiga, devuelve el candor a sus vidas. Antonia es una mujer mayor, cuyas pérdidas de memoria y constante aislamiento le hacen dejar siempre la puerta abierta. En el pasado fue una mujer extremadamente seductora, pero ahora, con los achaques y su parálisis, teme sufrir algún percance y morir sin ser atendida.

Cierta mañana, una vecina amanece muerta de sobredosis sin que su hija de seis años aparezca en el apartamento. Ni la policía ni los vecinos conocen el paradero de la pequeña Lyuba (Lucía Balas), solo intuyen que estuvo con el cadáver, huyendo antes de ser encontrada. Lo que ninguno sabe es que la puerta abierta de Antonia no solo permite que se escabullan sus aprensiones, sino que ofrece una segunda oportunidad a quienes creen haberla perdido. Antes de entregarse a los servicios sociales, Lyuba prefiere ocultarse en el mundo de estas mujeres de pestañas y placeres postizos, observando desde dentro las idas y venidas de su propia desdicha. La gratitud de Antonia, la impenetrabilidad de Rosa y el candor de Lupita conseguirán que la niña, por fin a salvo, pueda entrever lo que es la vida en familia.

La historia no es fácil, la vida de sus protagonistas, tampoco. Con todo, La puerta abierta es una de las mejores películas de los últimos tiempos, nada acomodaticia con la prostitución, algo de agradecer frente a un universo cinematográfico en el que conviene elevar la vida de las meretrices a la de majestades de cuentos imposibles. Frío, miedo, violencia y muros, innumerables muros, se concentran en una cinta rebosante de realidad y conciencia, con unas interpretaciones soberbias a tres bandas.

Aunque los oropeles del cine comercial embelesan con sus historias sencillas, no está de más recordar que el cine minoritario nos puede introducir en universos modestos pero infinitamente satisfactorios. Nadie sabe el mundo que hay más allá de una puerta que se deja abierta.

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