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La voz de Juan Diego Flórez

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El tenor Juan Diego Flórez durante su actuación esta semana en el Teatro Real.

Qué sería de nosotros sin el arte, sin aquello que hace que la vida se llene de más vida. El cine, la música, la literatura, la pintura, todo está relacionado. Lo está para mí. De mi familia materna he heredado dos pulsiones, la cinefilia y el amor por la música. Mi bisabuelo era director de orquesta y su impronta, su huella genética, se ha mantenido en nosotros generación tras generación. Me alimento de cine varias veces al día y procuro digerir, para aplacar el escorbuto cultural, más de una pieza operística al mes. Nada es más reconfortante, cuando ya es costumbre, que acudir a un gran teatro para dejarse conducir por esa pasión descomedida de la ópera, sobre todo cuando la interpreta alguien que es de tu devoción. La pasada semana estuvo en Madrid Juan Diego Flórez, tenor peruano de imponente presencia escénica. Sus sobreagudos llegaron a mis oídos cuando contaba yo dieciséis años de edad y desde entonces no ha salido de nuestro repertorio familiar.

La pasada semana, retomo, vino al Teatro Real a celebrar su vigésimo aniversario en la música y a presentar, para quienes no lo conocieran todavía, su proyecto social Sinfonía por el Perú. Porque sí, Flórez es un tenor de fama planetaria, pero si algo destaca en él, y seguramente ese es el motivo por el que más le aprecio, es su compromiso ético. Es lo que tienen en común todas las personas a las que admiro, su altísima talla moral.

Por Flórez, o más bien por Juan Diego, he viajado a lugares insospechados, disfrutando de sus óperas con excelente, escasa o nula visibilidad; he observado a invidentes sentir su música con los dedos y a aprendices y a maestros vitorear, saltar y ovacionar en decenas de idiomas. Juan Diego es Italia y es Austria; es Francia y es Alemania; Flórez es Rossini, Donizetti, Mozart y Puccini. Le he visto ataviado con un traje escocés en La donna del lago, y vestido de militar en La fille du régiment; ha bajado a los infiernos en Orfeo y ha perdido la vida repetidamente (esto es la ópera) desde Romeo y Julieta hasta Werther.

Y es en este punto donde mi vena cinéfila centellea con pulso acelerado, con Werther. ¿Por alguna razón? Por tres: Goethe, Jules Massenet y Pilar Miró. Efectivamente, el primero escribió la novela (1774), el compositor francés le dio vida musical (1892) y la directora la resucitó cinematográficamente en 1986. Sin embargo, desde Las cuitas del joven Werther hasta la cinta de Miró no solo median un par de siglos, sino un mar de inmensidad. A pesar de los escollos de esta adaptación libre, Pilar Miró sale al paso con una propuesta arriesgada y tremendamente sugestiva que resulta de una belleza indudable. Co-escrita por Mario Camus, en ella nos presenta a un Eusebio Poncela y una Mercedes Sampietro soberbios, casi literarios; un hecho que contrasta con la planificación naturalista de la directora, cercana al reportaje periodístico. Ese estilo sintético, cadencioso y realista, le aproxima más a Éric Rohmer que al romanticismo alemán del que bebe, si bien el Santander que retrata nunca fue tan similar a la ciudad germana de Garbenheim en la que se inspira Goethe.

Gracias Juan Diego Flórez, gracias por hacernos vibrar, por aunar música, literatura y cine; por sacarnos de la rutina y hacernos volar cuando necesitamos trascender.

La historia, en sus tres versiones, surge de un mismo conflicto, este es: cómo no creerse correspondido lleva a un joven poeta a quitarse la vida. Este planteamiento no es en absoluto baladí, recuerden que, para desgracia del literato, parejo a la publicación de la novela surgió un aluvión de suicidios románticos por toda Europa. La 'fiebre' o 'efecto' Werther asoló el viejo continente empujando a desdichados jóvenes a suicidarse a causa del desamor.

La película, digna merecedora del Goya al Mejor Sonido, no es una de las más sobrecogedoras de la autora (algún día hablaré sobre la escena, aterradoramente brillante, en la que un sediento Daniel Dicenta se alimenta de Amparo Soler en El crimen de Cuenca), a pesar de que condensa la esencia pura de la emoción de Goethe, condimentada con la regia música de Massenet.

Cuando el pasado martes la voz de Flórez nos volvió a transportar a otra dimensión, pude retrotraerme al Théâtre des Champs-Elysées donde le vi interpretar por primera vez Werther; y allí me estremecí, sin proponérmelo, al recordar las palabras que interpela Eusebio Poncela en su relectura cinematográfica: "¿Por qué poner a alguien en la angustiosa situación de ser amado?". Difícil dar respuesta. Por ello, gracias Juan Diego Flórez, gracias por hacernos vibrar, por aunar música, literatura y cine; por sacarnos de la rutina y hacernos volar cuando necesitamos trascender. No lo duden, empápense de arte y llenen su vida de más vida. Es una de las mejores maneras de vivir.