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'Smartphones' para 'dummies'

12/01/2017 07:18 CET | Actualizado 12/01/2017 17:17 CET

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Fotograma de Twister (1996, Jan de Bont).

Son cerca de las once de la mañana y la niebla es espesa. Tras un lustro intentando ver a una amiga muy querida, me subo al coche dispuesta a reencontrarme con ella. En el asiento del copiloto llevo un regalo que ha cumplido ya tres años, su papel primigenio se ha perdido con el tiempo, cambiando según la moda y la estación. El GPS del teléfono me da la ubicación concreta, premisa que me empuja a creer en su dictamen: "Será correcta" pienso. Craso error. La población a la que me dirijo es conocida, he estado allí más de diez veces, aunque no haber visitado la urbanización exacta me hace desconfiar de mi experiencia. Nuevo error. Con cuarenta y cinco kilómetros de distancia y una hora y siete minutos de expectativa, nos ponemos en marcha el mapa de mi smartphone y yo. Está encendido desde el comienzo, aunque en los primeros cuarenta kilómetros es innecesario. Me relajo.

Enciendo la radio y sonrío. Es Navidad. La niebla se espesa hasta convertirse en algo táctil. Aminoro la marcha. Una voz chirriona, inisistente, indica que debo coger una salida con una premura que no entiendo. Bajo la radio, lo dejo pasar: "Todavía no toca" pienso. La voz vuelve a surgir instándome a coger la vía de servicio. "No puede ser" repienso "no es por ahí". Intento ignorar la voz y zafarme de sus indicaciones, pero recalcula la ruta hasta cuatro veces y todas ellas me aconseja lo mismo, que tome la salida de Ventisquera de la Condesa. Tal es su denodado esfuerzo por doblegar mi voluntad, que decido salir de mi obcecación y guiarme de su criterio. Al fin y al cabo, su sistema de geolocalización es superior al mío. Fatal error.

Como en la película Twister (1996, Jan de Bont), me convierto en la única conductora que va contracorriente. Nadie sigue mi dirección y nadie es capaz de que mi teléfono inteligente acierte en sus cálculos. Los minutos pasan y, lo que prometía ser un lapso corto, se convierte en siglos. La niebla impide ver el camino, no existe señal legible. Autovías, carreteras autonómicas, secundarias y comarcales, dan lugar a un polígono industrial, una vía pecuaria, un almacén de residuos, varias sendas peligrosas y un camino de cabras. Recorro todos los pueblos de la sierra madrileña hasta que un repentino cartel me indica la cercanía de Navacerrada. "No puede ser" pienso. El termómetro desciende vertiginosamente, el agua llena el parabrisas y mi paciencia, mi pobre paciencia, desea que el móvil se calle.

Pensamos que por conocer el número uno, entendemos el número dos, solo porque sabemos que uno más uno es igual a dos. Quizá deberíamos empezar por entender qué es ese "más" en la ecuación.

"Obsolescencia programada", pienso con cierta esperanza. Y en efecto, su propia tecnología se encarga de ello. Tras tanto tiempo diseñando una ruta de senderismo extremo de alta montaña, su batería se está agotando. Perdida en medio de la nada, con escasa visibilidad y sin móvil, no puedo ir marcha atrás y no sé qué hay por delante. Agónico, el teléfono reacciona: "tome la salida". Y tomo la salida, por supuesto. Y así, sin saber cómo, llego a Colmenar Viejo, a 40 kilómetros de la casa de mi amiga. Cuando por fin puedo aparcar, el móvil me indica que mi destino está al final de la calle, justo en el tanatorio del Cementerio de Santa Ana. Han leído bien, el GPS de mi teléfono sitúa en el cementerio el fin del trayecto. No sé si es inteligente, pero el humor negro lo maneja sin problema.

Como habrán inferido, no llegué a ver a mi amiga. Para cuando pude escribirle estaba tan lejos y tan agotada que me fue imposible continuar la travesía. Como en una relectura de Dónde está la casa de mi amigo (1987) de Abbas Kiarostami, el camino no parecía llegar a su fin.

Fue en ese trayecto, mientras observaba vacas pastar, operarios en el basurero, corredores en sus sendas ciclables y a varios centenares de minutos de vida pasar ante mis ojos, cuando me di cuenta de lo estúpidos que somos. Que exista el concepto de teléfono inteligente nos empobrece como seres humanos. Porque allí, en aquel eterno purgatorio, recordé el control supremo de Lemmy contra Alphaville (1965) de Jean Luc Godard, dándome cuenta de que la ciencia ficción distópica ya ha llegado. Por algún motivo hemos decidido creer a pies juntillas lo que nos dicen, desdeñando nuestro propio criterio. Como autómatas, hemos cedido nuestra inteligencia a un instrumento que la sustituye pero no la iguala. De alguna manera, damos por obvio lo que no lo es, y cometemos con ello más de un error de cálculo. Como afirma la cinta de Godard, pensamos que por conocer el número uno, entendemos el número dos, solo porque sabemos que uno más uno es igual a dos. De nuevo, tremendo error. Quizá deberíamos empezar por comprender el significado de ese "más" en la ecuación.

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