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Muy Kubrick

28/07/2017 07:29 CEST | Actualizado 28/07/2017 07:29 CEST
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Fotograma de '2001: Una odisea en el espacio' (Stanley Kubrick, 1968).

"Esto es muy Kubrick", mascullé mientras el oftalmólogo enroscaba mis párpados en unos rollos minúsculos. No respondió. Ni siquiera esbozó una sonrisa, se quedó impávido. 'No le gustará Kubrick, no sabrá quién es o no habrá entendido mi comentario', inferí tras la consulta. Y así, sin más, cambié de oculista.

"Ayer vi una película", escucho ya en otra la sala de espera, con las pupilas dilatadas y la mirada borrosa. La conversación me interesa. Proviene de una mujer adulta, de unos setenta años, que aguarda junto a su hija y sus nietas frente a la puerta. "Ayer por la noche vi una película", reitera ante el aparente desdén de su vástaga. Es una señora elegante, rubia, más sofisticada que clásica. Viste azul marino y beige, y sus accesorios parecen provenir de la milla de oro, metro a metro, tienda a tienda. Ahora no la distingo con claridad, pero recuerdo haberme fijado en ella cuando se sentó, exquisita, con sus nietas de cinco y siete años.

La pequeña pende del cuerpo de su madre, acaparando toda su figura de arriba abajo. Su hermana mayor ha sido estratégicamente acallada con un videojuego online, al que se ha entregado en cuerpo y alma. "Era interesantísima la película", prosigue intentando suscitar algún tipo de interés, el que sea. Pero sus esfuerzos son en vano, nadie puede escucharlo. De ello se encarga la descortesía familiar y un matrimonio con tres hijos que se sienta a su lado. "Estas zapatillas hay que tirarlas", grita el padre a su hijo "¿por qué no les has comprado zapatillas nuevas?" inquiere a su mujer mientras pienso en por qué no las ha comprado él. "Estate quieto de una vez" protesta belicoso, casi marcial. Mientras, ante un menguado público, la abuela prosigue sin poder avanzar: "Era realmente interesante la película".

A veces nos olvidamos de que los mayores, abuelos o no, son adultos de pleno derecho, con sus necesidades, sus gustos y sus vidas. Tendemos a restarles respetabilidad, a tratarles con condescendencia o paternalismo.

Concentro todos mis sentidos en escuchar a la mujer, su película me tiene intrigada: "lo mejor de todo es que en un momento, el protagonista...". Es inútil intentarlo, los chicos gritan, la niña resbala con el sudor y la madre, inquieta por el estrés postural, parece estremecerse en una convulsión. La pequeña se retuerce y se estira sobre el cuerpo de su madre, quien ya hace rato ha olvidado a la mujer que intenta por todos los medios compartir con ella su película. Cansada, espeta: "¿Por qué no vas a darle calor a tu abuela?". De repente, la mujer se calla, alargar aquella conversación le resulta ya improductivo. Sé que le dolió, aunque no hizo ademán alguno de darle importancia. Después de hacer un par de carantoñas a sus nietas, se resguardó en el silencio y se diluyó.

En aquel momento, con los ojos volados, la indignación me absorbió. Pensé en Charlotte Rampling y 45 años (2015, Andrew Haigh), donde una mujer mayor eclipsa el protagonismo y constituye el eje principal de la acción. Ella y su marido, ella y su vida íntima. Ella y su edad. Pero aquí no, la mujer rubia no es más que un accesorio, algo objetual y en nada protagonista, apenas la pieza de un puzzle ajeno. "Parece que, conforme nos hacemos mayores, debemos dejar de tomar decisiones", dice Tom Courtenay a Rampling en 45 años. Y es cierto. A veces nos olvidamos de que los mayores, abuelos o no, son adultos de pleno derecho, con sus necesidades, sus gustos y sus vidas. Tendemos a restarles respetabilidad, a tratarles con condescendencia o paternalismo, cuando no hay ninguna obligación de hacerlo. Daría lo que fuera porque mis abuelos maternos, cinéfilos los dos, estuvieran aquí para hablarme de una película, la que fuera. Recordando nuestras charlas me llené de rabia, qué ingratitud de hija y de nietas, medio minuto de esa conversación para mí valdría una vida. Cuántas personas malgastadas, rumié, cuántos recuerdos rotos por no saber qué esperar cuando ya no estamos esperando. Cuántos abuelos aparcados en una sala sin atrevernos siquiera a pensar en el porqué.

En ello pienso cuando me llaman a consulta. La indignación y el dopaje de mis ojos merman mis reflejos. "No podrá regresar en coche, el efecto le durará, como mínimo, veinticuatro horas más". Perfecto, el día se pone interesante. "Al menos sus gotas no producen reacciones psicóticas –me confiesa imperturbable- Tuvimos que retirar unas que producían alucinaciones, un par de personas fueron hospitalizadas por ver insectos caminar por las paredes, y un niño fue ingresado por lo que parecía una isquemia". El doctor no tiene filtro, le miro extrañada: "Es que los ojos también absorben los fármacos, fíjese en muchas películas de ciencia ficción, la droga es administrada precisamente por vía ocular para que llegue al cerebro".

'Eso es muy Kubrick', pienso para mis adentros. Definitivamente sí, este es mi médico.

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