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¿Por qué periodistas?

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Foto: ISTOCK

Existen profesiones que, además de ofrecerte sustento, son una pasión. Profesiones que no cuestan aunque se las padezca; que acaban siendo menos sacrificio que placer. El periodismo es una de ellas, una tarea ardua e ingrata que, sin apenas quererlo, configura la mente y cambia la vida. Cuando era una adolescente, sabía que estudiaría en Ciencias de la Información. Superada mi temprana y enconada vocación arquitectónica, comprendí que quería dedicarme a cualquier vertiente del mundo de la comunicación. Al igual que Laurie en Mujercitas, yo quería formar parte de esa familia; me era indiferente Periodismo, Publicidad o Comunicación audiovisual, del mismo modo que al vecino de Little Women le era indistinto casarse con Jo, Amy o, de haberse visto en la necesidad, con la paciente señora March.

Aunque eran grandes mis ganas de escribir, de dirigir y de cambiar el mundo, el primer día me prometí a mí misma no regresar a esos pasillos, despidiéndome de mis compañeros con total determinación. Pese a ello, regresé canónicamente día tras día durante once años, cinco de carrera y seis de doctorado. Yo, que el primer día llegué a abjurar de aquello taxativamente, he acabado dedicándome a todos los ámbitos que allí me impartieron y que tanto me han enseñado: la docencia es mi carrera; el cine mi entusiasmo; la publicidad un coqueteo generoso y el periodismo un auténtico goce. Y lo es porque tiene algo de atractivo la figura del periodista, esa persona que se dedica a indagar y no ve el momento de contarlo. Son curiosos, ágiles, brutalmente sinceros, siempre quieren saber más y sus ansias de conocimiento solo se ven sobrepasadas por sus ganas por publicarlo. Esa es la visión que todos tenemos de la profesión periodística, promovida en gran medida por el incansable efecto del cine.

La mayor parte de los directores y guionistas que han escrito y dirigido películas netamente periodísticas, también han ejercido como periodistas en el pasado, un particular homenaje o, en el peor de los casos, ajuste de cuentas con la profesión.

¿Por qué periodistas? Me preguntaron decenas de personas al descubrir que mi interés investigador quería aunar la tarea informativa con la cinematográfica. Por qué descubrir cuál es la imagen, la ética e incluso la estética de los periodistas en nuestro cine. La respuesta es simple: porque nadie creía que existían. Ejercitemos la memoria pensando a vuelapluma en diez títulos sobre periodismo. Exacto, Territorio comanche y Kika. También recordarán Historias de la radio y puede, si además les gusta el cine español, que rememoren Solos en la madrugada y Muertos de risa. Cinco, solo cinco títulos; cinco del medio millar de cintas que existen al respecto. No las he inventado, esas películas llevaban décadas esperando solícitas a que alguien las encontrase; sin embargo, hasta el momento nadie había hecho el esfuerzo (ímprobo en algunos casos, créanme) de visionarlas. Y he de confesarles que todavía no sé el porqué.

Es fácil recordar a Frank Capra y Sucedió una noche (1934), pero nadie sabe que tenemos la deliciosa Un marido a precio fijo (1942) de Gonzalo Delgrás; todos hemos visto La dolce vita (1960) de Federico Fellini, pero muy pocos han observado la coproducción El secreto de Bill North (1965), dirigida por Silvio Amadio. Me apasiona Sucedió mañana (1944) de René Clair, pero igualmente me resulta exquisita Séptima página (1950) de Ladislao Vajda. Esta última pocos saben siquiera que existe.

Afortunadamente, en mi camino descubrí a otros fanáticos del periodismo cinematográfico que, como yo, habían conseguido hacer del cine español su segundo hogar. Así encontré auténticas joyas de nuestra cinematografía, joyas firmadas por autores prolíficos que, por lo general, habían realizado más de un título con trama periodística. Lo curioso, lo fantástico si me lo permiten, es que la mayor parte de los directores y guionistas que han escrito y dirigido películas netamente periodísticas, también han ejercido como periodistas en el pasado, un particular homenaje o, en el peor de los casos, ajuste de cuentas con la profesión.

Cada uno escribe y se deleita con lo que conoce o le gusta, de eso no cabe duda. Por ello ahora, a escasas horas de presentar mis libros en la Acadèmia del Cinema Català de Barcelona, junto con grandes como Josep María Forn, Santiago Lapeira y Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos, pienso en lo afortunada que fui al encontrar mi vocación.

Fue cuestión de suerte, lo sé, aunque también de osadía al decidir entrar por aquella puerta y no salir nunca; osadía también por regresar, sin energía ni gana alguna, el segundo día a la facultad. Por haber seguido los consejos de mi abnegada madre y centrar mis estudios en nuestras fronteras; por haber encontrado a los artistas más espléndidos en este épico y cinematográfico viaje, y, en definitiva, por traspasar el Finisterre del cine español descubriendo un nuevo y fascinante continente donde otros solo veían el fin del mundo.