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Queridísimo Basilio

17/08/2017 07:43 CEST | Actualizado 17/08/2017 08:53 CEST
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Hay domingos de agosto tristes. Domingos en que te enteras de que uno de los grandes de nuestra cinematografía se ha ido, y la impotencia y la rabia ganan la partida a la obligada placidez dominical. Conocí a Basilio Martín Patino hace casi una década. Por aquel entonces estaba inmersa en mi tesis doctoral y él, arrebatadoramente enérgico, vivía por y para sus nuevos proyectos. Yo quería conocerle y él me permitió hacerlo. Qué afortunada fui al ser testigo, durante poco tiempo, de su genio y de su vida.

Nos encontramos una calurosísima noche de un verano. En su oficina, junto a varios ayudantes, estaba construyendo "De la ciudad de nuestros padres a la ciudad de nuestros hijos", una fascinante instalación audiovisual que presentaría en la Exposición Universal de Shangai 2010. Allí quieta, sabedora de mi inmensa suerte, veía trabajar al hombre menudo y vital que fue Basilio, por cuyos hermosísimos ojos azules desfiló la mitad de nuestra historia y, junto a ella, medio cine español.

Nos entrevistamos en una librería cinéfila y nocturna, cercana a Ópera, donde Basilio me permitió hablar con él de todo cuanto me plació: lo humano y lo divino; lo lógico y lo mágico; lo no censurado y lo prohibido. Sus ojos se clavaban en los libros, en la grabadora, en la infinitud de un pasado angosto y terrible, y en la esperanza que supuso la regeneración con su cine, compensador de tantas penurias y tristezas. "No soy un pensador, ni mucho menos", me llegaría a confesar aquella noche "he sido un aficionado a jugar y a pasarlo lo mejor posible haciendo lo que hacía. Y no he tenido reglas, creo que de haberlas tenido las hubiera quitado, eran incompatibles con mi vida".

Basilio Martín Patino, cercano y amable, ha sido mucho más que un director, se ha convertido en emblema de toda una generación.

No hubo cortapisas en nuestra conversación, le habrían incomodado. Con su testimonio no solo me entregó, generoso, un momento único, sino algunas frases inquebrantables y sabias, de esas que jamás se olvidan, y que celosamente guarda el interior de Hablemos de cine. En el libro, el nuestro, Basilio me confesó su entusiasmo por jugar, por experimentar, por hacer uso de su libertad, esa libertad que le llevó a rodar películas sin importar las consecuencias: "A lo mejor es una impostura, pero yo me he encontrado mejor haciendo las cosas que hacía. Siempre he tenido inquietud por todo lo que me rodea, pero de alguna forma poniéndome en cuestión el mundo que nos envuelve, la verdad". Y es que esa, su oposición a lo establecido, era indefectiblemente una característica del talante y de la obra de Basilio: "Yo no he hecho otra cosa que poner en cuestión la verdad, el concepto de verdad que siempre me ha repelido, me ha molestado, me ha presionado cuando no he estado de acuerdo". Así era Basilio Martín Patino, un luchador incansable por aquello en cuanto creía, incluso cuando contravenía la norma establecida, lo pactado como ordinario y bienpensante: "La mía siempre ha sido una rebeldía contra muchas de las cosas solemnes que nos han deformado", me dijo, dejando para mis adentros un recuerdo imborrable.

Con una mirada límpida y honesta, siguió compartiendo conmigo impresiones durante horas, un repaso irrepetible que, al evocarlo, me devuelve su impronta original. Porque Basilio Martín Patino, cercano y amable, ha sido mucho más que un director, se ha convertido en emblema de toda una generación. Todo él fue tan cismático y subversivo, que no tuvo reparos a la hora de retratar la censura, el dolor o a los verdugos. Luchó por elevar el espíritu del cine español impulsando las celebérrimas Conversaciones de Salamanca, allá por mayo de 1955. No solo dirigió el cineclub del SEU de esa misma ciudad, sino que se entregó a todo tipo de cavilación en un momento en el que estimó que nuestro cine se había quedado encorsetado. Y así dirigió, y brillantemente, iconos como Nueve cartas a Berta (1966), Canciones para después de una guerra (1971) o Queridísimos verdugos (1973). De hecho, fue director hasta el final, rodando un documental en 2012 titulado Libre te quiero.

Hace menos de un año, Basilio Martín Patino y yo volvimos a encontrarnos. En la presentación de nuestro libro, el pasado septiembre, tuvo la inmensa deferencia de acercarse a la Ocho y medio para estar conmigo. Otra librería, otro verano. A pesar de su enfermedad y de lo agotador de una presentación, Basilio quiso quedarse con nosotros hasta el final. Preguntas, fotografías, conversaciones y calor no pudieron con el espíritu indomable de Basilio, a quien agradezco infinitamente su generosidad y su cariño. Hablamos otra vez y, cómo no, de cine: "Qué moviola estupenda", me dijo mirando el instrumental expuesto en la librería "¿tú crees que funcionará? Yo creo que está incompleta".

Así nos despedimos, ya para siempre. Ahora, cuando el tiempo ha pasado y todo ha cambiado, recuerdo sus palabras como premonitorias. Cuánta razón tenías, querido Basilio, qué vacío e incompleto se ha quedado nuestro cine sin ti.