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Tarde para la ira

11/02/2017 10:30 CET | Actualizado 11/02/2017 10:30 CET

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Fotograma de American Pie (1999).

No ha pasado una semana desde la ceremonia de la entrega de los Goya, y ya estoy participando del espíritu depositado por Raúl Arévalo en Tarde para la ira. No me refiero a ese hálito violento de sus personajes, la violencia es el recurso de quien no sabe pensar; ni tampoco a ese perfil abrupto y despiadado del que no reflexiona, sino más bien el sentir resignado de quien sabe que podríamos haberlo tenido todo, pero hemos preferido desecharlo sin percatarnos de cuánto perdíamos.

Día fresco y soleado, salgo a la calle para hacer mis pertinentes recados. Camino sobre un pavimento humedecido, recuerdo de la poca lluvia que descargó ayer. "Va a ser un verano especialmente caluroso", pienso mientras sorteo bolardos y defecaciones caninas varias, resultado de una actitud incívica, para mí incomprensible. Concentrada en mi carrera de obstáculos me dispongo a girar la esquina cuando, de repente, oigo una locución que jamás olvidaré: "Yo pa mí que es que pa qué". En ese momento, como con la apertura del séptimo sello, algo se rompió en el mundo. Varios libros ardieron por combustión espontánea, los huesos de Cervantes se estremecieron, las aguas se tiñeron de rojo. Llegó el Apocalipsis. Un viento de los tiempos del cólera me trajo palabras de García Márquez, de Benedetti, de Pardo Bazán, de Neruda, quien ya no podrá escribir los versos más tristes, por estar nuestra lengua tan mancillada. "Yo pa mí que es que pa qué". Hay que repetirlo varias veces para asimilarlo. Desde cuándo es esto posible, ¿desde cuándo?

No me pregunten cómo hemos llegado aquí, lo desconozco. Hemos estado tan absortos en nuestras propias cuitas que no nos hemos hecho cargo del patrimonio que todos, ustedes y yo, hemos recibido. No se engañen, nuestra herencia maltrecha está desgastada. No hace falta que vengan los demás a desprestigiar una lengua tan rica, ya nos encargamos nosotros de vilipendiarla. Conversaciones con 'faltas ortográficas' y tautológicas viajan por nuestros televisores y radios chillones, ahora sin fronteras: "contra más gastamos, menos ahorramos" expone con orgullo un locutor, mientras un presentador afirma: "eso solo sucede al lado mía". Qué locuacidad.

He reflexionado sobre esto muchas veces, cómo no, y en ocasiones echo la culpa a la comunicación digital, consumida sin límite por personas de todo el mundo; es difícil infundir amor por las palabras a quienes son persuadidos para utilizar atajos y economizar pensamientos. Un emoticono, una palabra más que se pierde en la marisma online. Y así llegamos al cine, que no se libra un ápice de su falta; en su intento por acercarse a la realidad, y de alguna manera reproducirla, comete errores de base capitales, como lo es el trasladar al público unos usos lingüísticos patéticos, incorrectos y hueros. Hace años observaba con estupor los diálogos callejeros de algunas películas y series pretendidamente populares, las derivas atroces de su lenguaje, aquellos exabruptos sin pudor. Todo cuanto me sorprendía por aquel entonces, ha quedado en agua de borrajas con el advenimiento del cine grosero y vil, en el que, nuevamente, escuchamos y aprendemos lo peor de este nuevo lenguaje.

Cuando nos arrebatan el lenguaje, también nos roban parte de nuestra dignidad. Palabras malsonantes sustituyen al pensamiento razonado; vocabulario estereotipado reemplaza a la riqueza lingüística.

Recuerdo, con tristeza, el día que vi la saga de American Pie (1999, Paul y Chris Weitz), y cómo el propio Jason Biggs confirmaba que sentía vergüenza ajena por algunas de las escenas y diálogos; imposible olvidar cintas como Lío embarazoso y Supersalidos, ambas de 2007 y de Judd Apatow, con su lenguaje soez y zafio; tampoco olvidaré la mezcla de alarma y rechazo que sentí ante Una novia para dos (2008, Howard Deutch), aquella oda a la mala educación y a la palabrería malsana, protagonizada por Kate Hudson, Dane Cook y, de nuevo, Biggs. Sus expresiones ofensivas, misóginas e incomparables, solo fueron la avanzadilla de todo lo que vendría después, con películas conceptualizadas por error como "gamberras", repletas de terminología sexual barata, y un vocabulario atrozmente desatinado.

Los límites de los temas políticamente incorrectos se han ampliado, y no crean que es eso lo que me molesta, o no únicamente; lo peor es que nos recreamos en hacer las cosas mal. Porque cuando nos arrebatan el lenguaje, también nos roban parte de nuestra dignidad. Palabras malsonantes sustituyen al pensamiento razonado; vocabulario estereotipado reemplaza a la riqueza lingüística, y las expresiones vulgares han dado un golpe de estado, dispuestas a derribar cualquier atisbo de conocimiento o de cultura.

Regreso de mi paseo cargada de pensamientos que, lejos de aliviarme, me irritan. Después de tanto cavilar acerca de lo humano y lo divino, el azar me asalta en el buzón. En la factura de la luz encuentro un mensaje manuscrito, con faltas y hasta delitos, desplegado por toda la solapa del sobre: "siento haberla habierto creia que era mia". Parafraseando a Rodrigo Sorogoyen, que Dios nos perdone.

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