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Un Cervantes lleno de cine

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Foto: EFE

Cuando todo indicaba que la humanidad no era humana, y que los premios a escritores no resultaban en absoluto literarios, llega una corriente de sentido común que devuelve el movimiento canónico a las reglas del juego: los alfiles en diagonal; la torre en línea recta y las reinas del modo en que les parezca.

Aunque Laura Norton primero, y María Ripoll después, nos han advertido de que no se puede culpar al karma de aquello que acontece, debo decir que no hay nada más justo y más kármico que el hecho de que al barcelonés Eduardo Mendoza le haya sido otorgado el Premio Cervantes. Recién llegada de Barcelona, con la presentación de mis nuevos libros en la sede de la Acadèmia del Cinema Català, todavía mantengo en las yemas de mis dedos la memoria casi táctil de una tarde imborrable, llena de cine, de periodismo y de camaradería, compartida con los cineastas Josep María Forn y Santiago Lapeira, acompañados del gran periodista Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos.

Estando allí, rodeada de los preparativos de los Premios Gaudí con Montse Majench y las emblemáticas chimeneas de La Pedrera, mencioné a Mendoza, escritor al que admiro profundamente y de quien siempre evoco, como ahora volveré a hacer, su título La verdad sobre el caso Savolta. Magistralmente escrita, de ella guardo un recuerdo muy grato, al tratarse no solo de su opera prima en el mundo de la novela (1975), sino por ser, a su vez, la primera película que visioné para la investigación que derivó en estos dos libros. Dirigida por Antonio Drove en 1979, y escrita por el cineasta junto con Antonio Larreta, en ella nos adentramos en las corruptelas del entramado empresarial burgués de principios del siglo XX, con un trasfondo de quebrantamiento de leyes, auge del anarquismo y poder del periodismo, tan oscuro como fascinante. El maestro de ceremonias de toda la narración es Javier Miranda (Ovidi Montllor), aunque el antagonista y hombre fuerte del relato es Charles Denner, convertido en el cacique Lepprince, así como el propio Savolta, interpretado por Omero Antonutti mucho antes de que cobrara fama 'viajando' al Sur de Víctor Erice.

La primera vez que leí Sin noticias de Gurb no pude sino desternillarme con esa pieza surrealista en la línea de los hermanos Marx, recomenzando a leer el libro varias veces en un bucle de inconfesable infinitud.

De toda la novela, y de la película si se me permite, el personaje más brutalmente honesto y admirable es, a mi juicio, Pajarito de Soto, gran interpretación de José Luis López Vázquez e inigualable creación de Eduardo Mendoza. Con su obstinación y dedicación personal, entregará la vida por una causa noble, luchando por los derechos de los trabajadores y por la ninguneada libertad de expresión.

Todo el trabajo de Mendoza, y esto es algo que reitero con relativa asiduidad, es de una narración tan límpida y visual que me recuerda, de modo totalmente impremeditado, a escenas cinematográficas. Y es así tan a menudo que, sin apenas quererlo, recuerdo cada uno de sus libros como fragmentos de películas, como jirones con escenografía, diálogo, encuadre e iluminación. No puedo evitarlo. La primera vez que leí Sin noticias de Gurb no pude sino desternillarme con esa pieza surrealista en la línea de los hermanos Marx, recomenzando a leer el libro varias veces en un bucle de inconfesable infinitud. Su lectura provoca en mí una expresión sosegada y feliz, la misma que posee la propia fisionomía de Eduardo Mendoza, una de las personas con el rostro más amable y apacible que jamás he visto.

No me inicié en Mendoza con la ingenuidad emanada de su extraterrestre Gurb (adicto a los churros en España, a los beignets en Francia y a los fritelle en Italia), pero reconozco en mí la adhesión casi inmediata a cada una de sus novelas, tan sorprendentes como cinematográficas. Pensemos si no en Riña de gatos, Premio Planeta que tan pronto nos trasladaba a los pasillos de El Prado como al interior de La muerte de Acteón de Tiziano.

A Mendoza le debo, le debemos, no solo ser uno de los escritores "en la estela de la mejor tradición cervantina", como menciona el comunicado del galardón de las letras españolas sino, sobre todo, que posea "una lengua literaria llena de sutilezas e ironía", algo que se trasluce en cualquiera de sus escritos y en las incontables adaptaciones cinematográficas que se han llevado a cabo de ellos, como El año del diluvio (2004, Jaime Chávarri); La ciudad de los prodigios (1999, Mario Camus) o Soldados de plomo (1983) dirigida por José Sacristán.

Por ello, ahora que todavía llevo en mis ojos el mar Mediterráneo y en mi mente revolotea el recuerdo de Barcelona, evoco con entusiasmo la obra de uno de los creadores más inspiradores de nuestra lengua, quien ha dignificado la literatura desde sus comienzos y ha enriquecido una industria cinematográfica que, sin sus fascinantes historias, hoy estaría huérfana.