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Y a mí qué me importa

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Foto: GTRESONLINE.

Dicen que el tiempo todo lo cura pero, en realidad, su paso no hace sino acrecentar la indignación, máxime cuando se ve que, en lugar de ir hacia delante, hemos retrocedido a pasos agigantados varios escalones atrás. Esta semana se ha presentado la nueva entrega de Bridget Jones, aquella película refrescante que a todos nos engatusó en primera instancia, y de la que el público parece haber ido renegando por creer más interesante ponerse en contra que estar a su favor. Allá cada uno. Con independencia de que pueda gustar más o menos la saga, sus personajes o la propia historia, de lo que no cabe duda es que su conversación ha precipitado el más anacrónico reproche social en lugar de la crítica cinematográfica. Ya no hablamos de la película, hablamos de su protagonista.

Y esto, que en otros casos es un reclamo y puede resultar incluso positivo, ha alcanzado cotas absurdas en el caso de Renée Zellweger, una actriz polivalente, ganadora de un Oscar, capaz de aumentar varias veces su tamaño y volver a reducirlo por exigencias del guion, amén de buena conversadora y perfecta anfitriona. Pero hele aquí que esto no es suficiente. Porque Zellweger ha cometido el pecado capital de cambiar su físico, provocando con ello un revuelo de dimensiones épicas, como si su rostro fuera patrimonio de la humanidad y no exclusivamente suyo.

Ante su visita a España, no han sido pocos los medios que han puesto el grito en el cielo por su apariencia, indicando que a pesar de su cortesía y amabilidad, la actriz no se parece a sí misma. Eso sí, de Patrick Dempsey, envejecido como todos los demás tras años ante las cámaras, solo se ha remarcado lo magnífico que es y lo bello de su cuerpo. Lo que más repele y exaspera es que la mirada se concentra sobre aspectos tan banales como los ojos de la actriz o el color de su ropa interior. Efectivamente, el color de su ropa interior. Este infantilismo, estos ademanes criticones y delatores, me recuerdan tanto a un patio de colegio, que me espantan sobremanera. Cuántos años tenemos para seguir con estas monsergas, de si las celebridades se han sometido o no a la cirugía plástica. Seamos serios, reprochar lo que al mismo tiempo les exigimos no es solo un sinsentido, sino muestra de la paradoja a la que nos vemos sometidos.

Solo sé que un profesional debe ser considerado como tal, y no como un mero retazo de carne que comprar, vender, transformar y clasificar.

Por muy terribles que sean los efectos nocivos de esta cultura del desperdicio estético, del esperpento, de los personajes miméticos, de la homogeneización facial y física, de la espada de Damocles de la edad y del tiempo sobre quienes se dedican a una actividad artística, no tenemos derecho a reírnos de quien ha sufrido en su cuerpo las consecuencias de su uso desmedido. Enfadémonos, si acaso, con el sistema que lo propicia y además lo premia.

Fijémonos en Robert Redford, en Mickey Rourke, en Michael Douglas o en Sylvester Stallone. También en los hombres se encuentra el mismo tropiezo. Son muchos los que han confesado haber perdido el control, haberse convertido en adictos a la cirugía y a su empleo, sin darse cuenta de sus efectos contraproducentes. Quién soy yo para juzgar a alguien, para ejercer de censor de sus desventuras y sus malas decisiones. Quién soy yo para colocar el puntero sobre tantas y tantas mujeres, a quienes sojuzgamos como si sus decisiones fueran en contra de nuestra propia honorabilidad.

Que hagan lo que quieran, son libres. A mí qué me importa si deciden rasgarse los ojos, transformarse en cíclope o insertarse un tercer ojo para convertirse en un tríclope. Allá ellos. Lo que sé es que un profesional debe ser considerado como tal, y no como un mero retazo de carne que comprar, vender, transformar y clasificar. Insisto, seamos serios, porque esta vara con la que tan graciosamente medimos, vendrá con los años a medirnos a nosotros. Y entonces sí que desearemos que los demás se rasguen los ojos para que no vean los excesos que, en el ámbito que sea, también nosotros habremos cometido.