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Y qué si el abuelo tiene un plan

22/02/2017 07:22 CET | Actualizado 22/02/2017 07:22 CET

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Fotograma de El abuelo tiene un plan (1973, Pedro Lazaga).

Primera hora de la mañana. Es el día de san Valentín y me encuentro en una clínica médica recogiendo los análisis de un familiar. La sala está abarrotada de personas lívidas, y una mezcla de nerviosismo y prisa se funden con el olor a desinfectante y a alcohol que impregna la estancia. En escasos metros se concentra gente de todo tipo, desde mujeres embarazadas a jóvenes mareados, pasando por comerciales trajeados jugando a Candy Crush. Una auxiliar vocifera "el cincuenta" y, en vista de que mi número es el sesenta y siete, me decido a sentarme y escribir. Delante de mí se encuentra una mujer, de unos sesenta años, que custodia a su madre de ochenta, quizá alguno más. Esta señora me llama la atención porque está impecablemente arreglada, con abrigo color camel y cabello rubicundo, ese tono indeterminado de peluquería de quien fue morena o castaña con menor edad. No tiene una belleza deslumbrante pero es estilosa, mucho más que su hija; de joven debió ser atractiva, rasgo que incuestionablemente aún conserva.

En el horizonte se atisba un hombre, con algodón en la sangradura y teléfono móvil al oído, que se desplaza de manera rauda mientras insiste a su interlocutor que ya va. El 55 sale de la consulta con la mirada perdida, y en la sala aparece un chico con el setenta y cuatro. Le toca esperar. Sigo con la mirada al 55, quien se desplaza con lentitud. Como quien se aproxima al cadalso, parece estar a punto de desfallecer. Es un caballero, ya octogenario, con buen porte aunque lo pierde a cada paso. Es entonces cuando el amor, que en una clínica está en cualquier lugar menos en el aire, hace su aparición. Soy testigo in situ del resucitar de este hombre, antes macilento y reblandecido, al observar a la mujer en la sala de espera. Como un adolescente se arregla y se peina como puede, antes de decidirse a hablar: "Qué alegría coincidir aquí contigo". Lo que era un consultorio exasperante, se convierte en un patio escolar. Aquella señora, antes simple paciente, muta en una animadora rompecorazones, sabedora del atractivo que ejerce sobre su pretendiente. Los roles son exactamente los mismos, él titubeante, ella halagada pero digna, reproduciendo los usos en boga allá por los años cincuenta. Parece un amor oculto y lejano, un deseo no colmado alargado en el tiempo. La hija ni siquiera atiende, pensando "a esa edad qué puede importar", y la madre, consciente de su presencia, procura no dar muestras de efusividad, con una actitud seductora aunque distante y regia.

En ese momento esas dos personas ilustraron en su mirada la presteza de quien se quiere en el colegio, se desea en la juventud y se ama en la madurez.

Por un momento la sala se llena de magia, de ese amor que se proclama universal y que el imaginario colectivo ha acotado a la juventud, una pasión que solo parece reservada a la adolescencia. Dado mi interés por la representación de la edad adulta, y mi pertenencia a CinemAGEnder, aquel afecto, repentino y prohibido, me recordó sobremanera a El abuelo tiene un plan (1973, Pedro Lazaga). Adaptación de la obra teatral homónima de Alfonso Paso, y protagonizada por Isabel Garcés y Paco Martínez Soria, la película es una comedia humilde y sin pretensiones, la cual no llega a cotas de 45 años (Andrew Haigh) ni Amour (Michael Haneke), aunque su enfoque sea extraordinariamente acertado.

La habrán visto y revisitado hasta el empacho, pero aun a riesgo de parecer redundante, les recordaré su argumento. Leandro y Elena son dos septuagenarios lánguidos y tristes. Ninguno tiene pareja y ambos, ya mayores, sienten que su momento ha pasado. Su única actividad presente es acudir a la consulta del médico, donde realizan chequeos que incluyen cadera, rodilla, espalda y garganta. Todo en ellos es achaques y penas. El médico, conocedor de sus respectivas tesituras, propicia que un día se conozcan, y es entonces cuando el abuelo, y también la abuela, comienzan su plan. El amor hace desaparecer la rutina, el cromatismo inunda su vida y sus ahorros, lejos de formar parte de una herencia, se convierten en material para uso y disfrute personal. Mientras tanto sus hijos, auténticos verdugos de su alegría, insisten en que ambos, uno y otra, ya no tienen edad.

En aquella sala, entre vahídos, madrugones y esperas, esas dos personas ilustraron en su mirada la presteza de quien se quiere en el colegio, se desea en la juventud y se ama en la madurez. Todas las fases atrapadas en una conversación entre un hombre mareado y una mujer a punto de estarlo. "Quién tiene derecho a decir qué edad debemos tener para enamorarnos", me pregunto mientras el aire fresco por fin disipa el olor a ambulatorio. Así es el amor, así es la humanidad.