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'Elogio de la homosexualidad': una reflexión sobre el poder de las palabras

24/06/2017 09:47 CEST | Actualizado 24/06/2017 09:47 CEST

Cuando conoces a alguien y tomas un par de copas, vas al cine o quedas a cenar, tienes sexo, etc., sabes que, tarde o temprano, alguien planteará la fatídica pregunta: "Pero, nosotros, ¿qué somos?". Es cuestión de tiempo. La necesidad de saber a qué atenerse, la necesidad de nombrar y pensar lo que uno mismo tiene y lo que uno mismo hace impone la exigencia de poner una palabra a ese conjunto disperso de cosas (el cine, la cena, el sexo, las copas...). No resulta fácil sostener por mucho tiempo una respuesta del tipo "dos personas que han visto un par de películas, disfrutan del sexo juntas y salen a bailar". El problema es que, en el instante en que se elige la palabra y se dice, por ejemplo, "somos novios", de un modo casi automático se descarga un archivo completo, una especie de manual de instrucciones de nuestra propia vida, en el que viene detallado cómo funcionan los celos, cómo hay que relacionarse con los suegros, qué se hace en vacaciones, dónde se sienta cada uno en el coche, qué se opina de los amigos, quién se ocupa de los niños, cómo se paga la hipoteca... Son con frecuencia las determinaciones que corresponden a la palabra las que terminan imponiéndose y dando forma a nuestras propias vidas.

Del mismo modo, nuestra identidad como "hombres" o "mujeres" viene determinada por un conjunto disperso de cosas que han quedado reunidas en las casillas "masculinidad" y "feminidad". Cabría pensar que "hombre" o "mujer" hace referencia a unos determinados órganos genitales, unos cromosomas, unas hormonas o lo que sea. Sin embargo, estas palabras incluyen todo un manual de instrucciones que regula y prescribe hasta los más pequeños detalles de nuestras vidas: rosa / azul; muñeca / pelota; ternura / brusquedad; cambiar pañales / cambiar bombillas; recato / descaro; dependencia / autosuficiencia; programas de cotilleos / carreras de motos; mostrar afecto a los amigos con un beso / mostrar afecto a los amigos con un golpe; sentarse cruzando las piernas / desparramarse en el asiento... etc. Se trata de un manual de instrucciones, obsesivo en los detalles, en cuya elaboración no hemos participado y que se impone sin que nos demos ni cuenta.

No es saludable tomarse todas las construcciones tan a la ligera como para quedar a la intemperie, pero es fundamental no tomarlas tampoco tan en serio como para convertirlas en una mazmorra.

Dedicar algún tiempo a pensar sobre esas casillas y el modo como regulan nuestras vidas nos hace sin duda más libres: nos permite tomar los elementos por separado, coger unos y dejar otros, sin necesidad de descargarse siempre el archivo completo hasta el último comando. Pero, para ganar ese margen de libertad, es necesario poder mirar las casillas un poco desde fuera, pensar sobre ellas, ver lo que tienen de artificio y que no hay nada de natural e inevitable, por ejemplo, en mostrar afecto a los amigos dando un golpe en vez de haciendo una caricia.

Esto es así tanto para los homosexuales como para los heterosexuales. La única diferencia es que esa distancia racional (respecto al modo como los ancestros organizaron los archivos) no es una simple opción para nosotros y nosotras. En nuestro caso, pensar sobre la construcción de esas casillas es una necesidad. Propablemente no haya ni un solo homosexual que no haya dedicado algún tiempo de su vida a pensar en ellas: en la medida en que, desde la infancia o la primera juventud, notamos que algo falla en los archivos de los ancestros, nos vemos obligados a pensar sobre ellos. Una de las piezas centrales (la orientación sexual) no encaja según lo previsto y, por lo tanto, resulta ineludible dedicar un tiempo a pensar la construcción completa del manual de instrucciones.

Una vez descubierto lo que el tinglado completo tiene de articifio, es posible también descargar archivos completos, o trozos grandes de archivos. Los humanos necesitamos construir comunidades, reconocernos y crear identidades compartidas. No es saludable tomarse todas las construcciones tan a la ligera como para quedar a la intemperie, pero es fundamental no tomarlas tampoco tan en serio como para convertirlas en una mazmorra en la que permanecer encerrados sin margen de maniobra.

Gracias a la lucha feminista y al movimiento LGTBI, la edad dorada de la heterosexualidad está tocando a su fin. No es que vaya a desaparecer el deseo sexual de muchos hombres hacia las mujeres y viceversa, por supuesto. Pero el tinglado completo que los ancestros organizaron tomando esas piezas como piedra angular está perdiendo rigidez. Y también las personas heterosexuales tienen mucho que celebrar en esa liberación.

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