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Bebo y la estrella de Fernando

23/03/2013 10:32 CET | Actualizado 23/05/2013 11:12 CEST

Hace tres años, en abril de 2010, en Málaga, compartí con Bebo Valdés, Estrella Morente y Fernando Trueba uno de mis grandes días. Fue la última vez que estuve con Bebo. Escribí entonces una crónica que ahora recupero como tributo a un ser muy fuera de lo común.

Sábado 18 de abril. Llueve en Málaga. Fernando Trueba ha venido al Festival de Cine pero hoy no tiene ningún compromiso. Ni yo tampoco. Me dice: "Vamos a comer con Bebo". Bebo es Bebo Valdés, la gran leyenda de la música cubana. Tiene 92 años y reside en Benalmádena junto a Rose Marie, su mujer sueca. Fernando también telefonea a otra gran amiga que vive en Málaga, Estrella Morente. No la encuentra y le deja un recado.

Entramos en el Restaurante Chinitas, un lugar muy cañí lleno de fotos de toreros y artistas flamencos. La foto más llamativa es una de Chiquito de la Calzada. En la mesa de al lado está Ángeles González Sinde con un grupo de invitados del festival. Al vernos, la entonces ministra de Cultura se levanta, nos saluda y le dice a Bebo que es una gran admiradora suya.

Durante la comida, Bebo habla y ríe. La aparición de Fernando Trueba en su vida resultó providencial. Bebo era una leyenda de la música cubana pero, durante muchos años, sobrevivió en Suecia como pianista de hoteles. Bebo colaboró con Fernando Trueba en dos películas documentales (Calle 54, El milagro de Candeal) y un disco (Lágrimas negras) que lo colocaron en lo más alto y le dieron una nueva vida. En los postres, Fernando le deja el iPod a Bebo para que oiga el último disco que ha producido, uno de rumbas cubanas donde Pedro Martínez versiona clásicos de Camarón. Bebo se pone los auriculares y, encantado, sin dejar de sonreír, se mueve al ritmo de lo que escucha. Fernando está muy contento con ese disco y con Chico y Rita, la película de animación en la que han colaborado Javier Mariscal e Ignacio Martínez de Pisón, autor del guión. Son las cuatro y media de la tarde. Ángeles González Sinde se despide de nosotros y se hace una foto con Bebo.

Fernando Trueba no tiene móvil. Que él y Joaquín Sabina, dos de las personas más inteligentes que conozco, no usen móvil me hace dudar de su auténtico valor. Pero que yo lo tenga sirve esta tarde para algo: hacia las cinco, Estrella Morente me llama para comprobar si aún seguimos en el restaurante. Hace siglos que no veo a la guapísima Estrella, desde un homenaje a Paco Rabal en Águilas, cuando ella tenía 16 años y Paco la presentaba como "la niña de mi hermano Enrique Morente, que canta como los ángeles".

(Cuando David Trueba y yo hicimos La silla de Fernando -una película-conversación con Fernán-Gómez- tuvimos el inmenso honor de que Bebo Valdés y Enrique Morente nos regalaran su talento. Cuando Fernán-Gómez vio la película en su casa y, durante los títulos de crédito, escuchó su tango favorito Caminito en la versión de los dos genios quedó profundamente conmovido).

Nos quedamos solos en el Chinitas. Bebo descubre que en el restaurante hay un piano. Se levanta de la mesa, llega hasta el piano, levanta la tapa, se sienta y comienza a tocar El concierto de Aranjuez. Entonces, entra en el restaurante Estrella acompañada de su hermana Soleá, su prima Quessiah y su amiga Rosa. Estrella, 29 años, no quiere interrumpir a Bebo, 92, y lo mira, embobada. Cuando Bebo acaba, Estrella se lo come a besos.

Volvemos a la mesa. Se incorpora al grupo Curro, hermano de Javier Conde, el torero marido de Estrella. Son las cinco y media de la tarde pero parece que la gente del restaurante está dispuesta a aguantarnos un rato más. Estrella se pone a cantar y Soleá se pone a cantar. Una juerga flamenca en casa de Enrique Morente y su mujer, la bailaora Aurora Carbonell, es una de esas cosas que me gustaría vivir antes de irme de este mundo. Estrella venera a Fernando Trueba, al que todo el rato llama "maestro". Fernando se muere de vergüenza. Se debe sentir muy raro -y muy feliz- sabiéndose tan admirado por dos personas, Bebo y Estrella, a las que él admira tanto.

Para mí también Fernando Trueba ha sido alguien esencial. Él fue el primer ser humano dedicado al cine que entró en mi vida. Fernando tenía 25 años y yo era casi un adolescente. Me fascinó su personalidad. El día que nos conocimos me dijo: "Si a ti te gusta escribir cartas, nos podemos escribir. Me encantan las cartas". Entonces yo ni siquiera teléfono fijo. A lo largo de esas cartas nos hicimos amigos. Fernando es la persona con mejor gusto que he conocido. Tiene un finísimo olfato para detectar las cosas y las personas que de verdad merecen la pena. Uno de sus mayores placeres es contagiar su amor por esas cosas y personas a la gente que quiere.

Una especialidad de Fernando es crear climas confortables a su alrededor. A lo largo de estos 30 años he vivido con él cientos de días magníficos, rodeados de seres deslumbrantes. Y eso, un día magnífico con seres deslumbrantes, es lo que estoy viviendo hoy en un castizo restaurante de Málaga. Son las siete de la tarde y a ninguno de nosotros nos apetece salir del Chinitas. Han coincidido algunas maravillas: que los del restaurante no nos echen a la calle, que haya un piano y que gente con tanto arte tenga tan poca prisa. Llevamos una vida tan disparatada y tan sobrada de marrones que me parece un lujo que, este sábado, Fernando Trueba, Bebo Valdés y Estrella Morente no tengan absolutamente nada que hacer, más allá del puro disfrute de la alegría y de la amistad.

Hacia las ocho, llamamos a la mujer de Bebo para que no se preocupe. Bebo está que se sale y vuelve al piano. La música saca lo mejor de él y hace que se olvide de la edad que tiene. En ese momento, un tipo que parece que trabaja en el restaurante grita desde lejos que allí no se puede tocar el piano. Pero Estrella le susurra quién es el que está al piano y el tipo, que conoce a Estrella, se calla de inmediato. Luego comprobaremos que ese tipo es el que todos los días toca el piano en el restaurante. Entonces, Estrella se sienta al lado de Bebo y se pone a cantar. Fernando me anima a que grabe con mi camarita ese momentazo memorable.

La dulce Quessiah insinúa que podemos ir a cenar al restaurante de unos amigos pero, cuando llama, le dicen que está completo. Decidimos no movernos del Chinitas. Estrella va a su casa para comprobar que sus niños están bien y vuelve de inmediato. Los clientes entran a cenar. El hombre del piano hace su trabajo. Pedimos la carta otra vez. Estrella vuelve a cantar y nosotros volvemos a celebrar que la escuchamos. Han pasado doce horas desde que entramos aquí. La sombra de El ángel exterminador nos sobrevuela en este exquisito día de primavera. Son las dos de la madrugada y, de nuevo, nos encontramos solos en el Chinitas. Todavía creo que sigo allí.

Muere Bebo Valdés

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