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Cómo les echamos de menos

07/10/2012 10:04 CEST | Actualizado 06/12/2012 11:12 CET

La segunda mitad de septiembre y la primera de octubre serán ya para siempre días extraños. El 19 de septiembre de 2010 murió José Antonio Labordeta y el 7 de octubre de 2011 murió el escritor Félix Romeo. No me gusta nada conjugar el verbo morir. Siempre ando con rodeos. Pero también hay que perder el miedo a eso.

José Antonio y Félix eran dos seres imprescindibles en mi vida pero la muerte me ha obligado a prescindir de ellos. En los últimos años, sobre todo desde la muerte de mi padre, se han acumulado demasiados seres imprescindibles que se han marchado. Eso, perder a los seres más queridos, es lo más duro de esta vida, el pánico número uno. Nunca se acaba de estar preparado para algo así, por mucho que te prepares.

La muerte no solo forma parte de la vida sino que es lo que le da sentido. Somos capaces de valorar la vida porque sabemos que acaba. Sin la muerte, la vida sería tan insoportable como una película sin fin. Pero ser consciente de esa obviedad no logra evitar que maldiga la vida cada vez que muere alguien a quien quise mucho, salvo que la vida se hubiera convertido para ellos en una tortura. En ese caso, la maldigo antes. Siempre te parece pronto para que se vayan los seres queridos, por muy tarde que lo hagan. Pero si, como sucedió con Félix, la muerte ataca de modo tan prematuro, tan inesperado, tan absurdo, entonces el dolor es de otra clase, de la peor clase posible.

Cuando pierdes a alguien fundamental, no solo te parece mentira, lo extrañas todo el tiempo y sueñas a menudo con él. También sientes que tu vida se devalúa y que tú eres otro. A mí Félix y José Antonio me mejoraban mucho, cada uno por su lado, y, también, como la pareja formidable que formaban. La melancolía tiene varias caras: evocas lo que viviste con ellos pero, sobre todo, lamentas lo que ya no podrá ser a su lado. Forman parte de ti para siempre pero nunca te volverás a reír con ellos.

Félix y José Antonio eran dos fueras de serie que habían sido muy generosos con la gente. Hay muchos que lo saben muy bien y que procuran que, al menos, no se vayan de la memoria de la gente. José Antonio ha recibido multitud de homenajes desde que, hace unos cinco años, se difundió su enfermedad hasta ahora mismo. La abrupta muerte de Félix desató un aluvión de reconocimientos, que aún no han cesado: el viernes 5 de octubre, dos días antes del primer aniversario, se presenta una selección de sus relatos titulada Todos los besos del mundo, una de las expresiones de Félix que mejor le retrataban.

Este verano, en Lechago - el pueblo del padre de Félix y el mío-, se inauguró la Biblioteca Félix Romeo. Lechago, como la inmensa mayoría de los pueblos aragoneses, nunca había tenido una biblioteca. Un día de mediados de los 90, cuando se decía que un pantano iba a inundar las casas del pueblo, Félix improvisó una idea surrealista, muy suya: crear la "Biblioteca sumergida de Lechago", formada por los libros que arrojaríamos al fondo del pantano. Al final el agua no llegó a las casas pero, tras la muerte de Félix, se pensó que sería maravilloso que se abriera una biblioteca con su nombre: hay pocas cosas que le peguen más a Félix que una biblioteca. Y así se hizo, en uno de esos días imborrables de la vida de Lechago.

El martes 18 de septiembre, en el Teatro Principal de Zaragoza, se festejó la aparición de un disco libro, M'aganaría, que recoge los textos y canciones de Labordeta sobre el aragonés. Y el miércoles 19, el día del segundo aniversario, Joaquín Carbonell presentó Querido Labordeta, su retrato biográfico de José Antonio. Lo hizo en la sala San Jorge del Palacio de la Aljafería, el lugar por el que desfilaron unos 50.000 aragoneses para despedir al Abuelo, en aquella histórica exhibición de cariño. Joaquín estuvo arropado por Juana de Grandes y Eloy Fernández Clemente, dos seres clave del mundo Labordeta, e invitó a cantar a Eduardo Paz, el otro miembro del trío que Labordeta rebautizó como "Los tres terrores". Se pueden escribir muchas biografías de José Antonio pero la de Carbonell solo la podía escribir él. Joaquín fue alumno suyo en el Teruel de los 60, compañero de aventuras musicales desde los 70 y cómplice eterno. Para Joaquín, el Abuelo fue siempre alguien a quien mirar. Como ocurría en sus trabajos sobre El Pastor de Andorra y Joaquín Sabina -otros dos espejos de Carbonell-explicar a Labordeta es también una manera de explicarse a sí mismo.

Esa semana de septiembre incluyó un rito: la cena anual a la que José Luis Melero, una de las personas más cercanas a José Antonio y a Félix, nos quiere convocar en cada aniversario de la muerte de Labordeta. La cena se celebró en el restaurante Casa Emilio, el escenario de muchas de nuestras grandes veladas con el Abuelo y con Félix. Cada vez que volvemos allí su imagen sobrevuela a cada rato y hacemos toda clase de sobreesfuerzos para que no se nos note nada raro. Soltamos disparates, gritamos y cantamos, como hacíamos con ellos. Pero cómo les echamos de menos.

Me obsesiono con no venirme abajo, me he prohibido dejarme vencer por el abatimiento. La tristeza y la melancolía son inevitables pero también son inútiles. La tristeza solo sirve para generar más tristeza. La melancolía tiene a veces cierto encanto pero no nos puede ahogar: si arruina nuestro instinto de alegría la melancolía se convierte en una cosa espantosa.

Fernando Fernán-Gómez, muy poco antes de morir, dijo algo que se me quedó grabado a fuego: "De lo que más me arrepiento en esta vida es de no haberle dicho a la gente que quería hasta qué punto la quería". Esa sensación es la que se apodera de mí cada vez que muere un ser querido: de repente pienso que nunca le dije hasta qué punto le quise. Todos los tributos que les rindo, este artículo incluido, son un pálido intento de aliviar mi mala conciencia.

Este artículo ha sido publicado también en el diario El Heraldo de Aragón.