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¿De qué me suena Luis Buñuel?

15/08/2013 10:28 CEST | Actualizado 14/10/2013 11:12 CEST

El 30 de julio de 1983 era sábado. Yo pasaba las vacaciones en Calamocha. Tenía 21 años. Fui a la piscina y, al volver a casa, encontré a mi padre triste y raro. Me pidió que me sentara y, entonces, me lo soltó: "Ayer murió Luis Buñuel". Mi padre y yo sentíamos a Buñuel como alguien de la familia. Mi padre comenzó a hablarme de él cuando yo era un niño y aún ignoraba qué era un director de cine. Mi padre había descubierto a Buñuel en Francia, en los años 60. Pero no en la Cinemateca de París precisamente. Mi padre acudía todos los años a trabajar en los campos franceses y alguien, al saber de dónde era, le dijo que un paisano suyo hacía películas en Francia. Un día mi padre lo dejó caer: "Dicen en Francia que uno de Calanda que se llama Luis Buñuel es un genio". Nosotros éramos de Lechago, un pueblo de Teruel, como Calanda. Se me disparó un orgullo instantáneo. Años después, en la Universidad Laboral de Cheste, un tutor cinéfilo me contó algunas cosas de aquel sordo aragonés que había ganado un Óscar. Ante mis compañeros de primero de EGB yo no hacía más que presumir de Buñuel. No había visto ninguna de sus películas pero esa bobada no me detenía. Un día, en el periódico, vi que el UHF emitía esa noche Ensayo de un crimen o la vida criminal de Archibaldo de la Cruz. Me senté a verla con algunos de los amigos a los que les había calentado la cabeza con Buñuel. Al ver en una escena a una monja caer por el hueco de un ascensor todos nos echamos a reír y me sentí muy aliviado: quedaba claro que mi paisano era un genio.

Mi disparatada fijación por Buñuel no remitía. En los primeros 80, en Zaragoza, me di un festín. Viridiana la vi siete veces consecutivas, de lunes a domingo, en el cine Argensola. El cine Arlequín, sede de la Filmoteca, se convirtió en un lugar de peregrinación para ver las películas que Buñuel hizo en México. José Luis Melero y Yolanda Polo siempre recuerdan esas noches de Buñuel en el Arlequín, cuando eran novios. Yo estaba fascinado porque, además, compartía esas sesiones con Manolo Rotellar y Agustín Sánchez Vidal, que habían tratado a Buñuel. Al acabar la proyección de Él, Nazarín o Simón del desierto, Manolo y Agustín se enredaban a charlar ante mi cara de idiota encandilado. Mi último suspiro, las memorias de Buñuel, fue uno de los primeros libros de cine que compré con mis ahorros y el regalo de cumpleaños que más alegró a mi padre. La noche del sábado 30 de julio de 1983 la primera cadena de TVE emitió, como homenaje a Buñuel, El ángel exterminador. Mi padre y yo la vimos juntos, sin cruzar una sola palabra.

En el año 2000 yo dirigía, con Concha García Campoy, La gran ilusión, un programa de Tele 5 consagrado al cine español. El 22 de febrero se iba a celebrar el centenario del nacimiento de Buñuel y nos propusimos dedicarle un monográfico, que incluía la proyección de El discreto encanto de la burguesía, la película del Óscar. Nos volcamos con Buñuel. Pero, al día siguiente de la emisión, al saber la audiencia, el golpe bajo fue de los que hacen daño. La cifra de espectadores era ridícula. Fue, de lejos, el espacio menos visto de La gran ilusión. Empecé a barruntar algo: Luis Buñuel solo interesaba a cuatro gatos. A veces recuerdo ese momentazo en el que, un alumno, en un máster universitario, me preguntó si Viridiana se escribía con b o con v. Al explicar que el director de esa película era un tipo de Calanda criado en Zaragoza y que, desde hacía 80 años, se le consideraba uno de los talentos más genuinos de la cultura mundial, buena parte de la clase me miró con asombro. Luis Buñuel les sonaba de algo pero no sabían muy bien de qué. Si eso sucedía con universitarios zaragozanos el asunto era más delicado de lo que parecía: me había pasado de optimista al creer que Buñuel solo le importaba a cuatro gatos. Cuatro eran demasiados. Al margen de su condición de marca institucional que se exhibe cuando conviene, Buñuel ocupaba un trocito insignificante en el paisaje de la gente.

Se podría pensar que en el mundo del cine español, al menos, la estrella de Luis Buñuel es venerada por los jóvenes profesionales. Negativo. Entre los actores, guionistas e incluso directores que han nacido después de la década de los 60 Buñuel no es una referencia para casi nadie, ni siquiera para refutarle, como el otro día insinuaba aquí Sergio del Molino. El padre Buñuel tampoco resulta atractivo para acabar con él. Pero no se trata de que Buñuel no guste. Es que, a la mayoría, le da una pereza insuperable ponerse a comprobar si le gusta o no. Tal vez lo más inquietante sea la falta de curiosidad. Yo, a mis amigos más jóvenes, les doy mucho la brasa con Buñuel. Les advierto que, más allá de mi loca obsesión por él, hay detalles muy contundentes: Buñuel es, de toda la historia, el cineasta que quizá haya generado más ensayos, libros y tesis doctorales y el más aclamado por los directores; les enseño la foto que tengo enmarcada en casa en la que Buñuel, en Hollywood, en una comida en su honor, aparece rodeado de Hitchcock, Billy Wilder, William Wyler o George Cukor, una imagen, por cierto, que ha provocado el excelente libro de Manuel Hidalgo El banquete de los genios; les descubro que, en la interminable relación de fans de Buñuel figuran Fernando Fernán-Gómez, Fellini, Truffaut, Carlos Saura, Álex de la Iglesia, Bigas Luna, Fernando Trueba, Daniel Calparsoro, David Trueba, Pedro Almodóvar, Luis Eduardo Aute, Santiago Segura, Octavio Paz, García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes, Joaquín Sabina, Guillermo del Toro, Woody Allen o Bob Dylan, que a menudo lo señala como su director favorito. Y les digo que los amigos de Buñuel quedaron tocados para siempre y que, concretamente, Paco Rabal soñaba con él cada noche. Todo les parece de maravilla. Pero nunca encuentran un momento para ver Los olvidados.

Se acaba de cumplir el 30ª aniversario de la muerte de Buñuel. En México y en Francia, que siempre lo han considerado suyo, lo han celebrado con mucho más ruido y cariño que en España. En Aragón, salvo alguna cosita aquí y allá, hemos vuelto a hacer la risa. Pero qué más da, si a la gente le importa un bledo; si, a la hora de la verdad, Luis Buñuel, por lo que más suena es por ser el otro nombre que lleva el Parque del Agua.

Este artículo se publicó originalmente en el diario 'Heraldo de Aragón'.

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