Luis Alegre

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El año que murió Marilyn

Publicado: 05/09/2012 10:05

Un sábado de este verano, en Calamocha (Teruel), los quintos del 62 nos reunimos en una velada para celebrar que hemos llegado al año en el que cumplimos los 50. El alma de la organización fue José Luis Campos, alguien que, ya de niño, era el mejor catalizador de todos nosotros. José Luis comenzó a diseñar el festejo en el verano de 2011. Fue la fiesta preparada con más mimo a la que yo haya asistido nunca.

Cumplir 50 años tiene algo inquietante. Hace tiempo que ya has rebasado la mitad de la duración media de una vida. Y resulta que estos primeros 50 se te han pasado volando. En una fiesta así también hay otra cosa muy inquietante: te vas a reencontrar con gente después de demasiados años. Con esas personas compartiste casi todo cuando eras un crío y es posible que ahora no compartas casi nada. Y, luego, está la impresión que te puede producir comparar las caras que recuerdas con las caras que ves o advertir la cara que ponen los otros cuando ven la tuya. Uno de los momentos de mayor zozobra es ese en el que saludas a aquella chica que te volvió loco en tu adolescencia. En Calamocha, varios de los quintos del 62 coincidimos en la misma musa: Consuelo Rodríguez. No la veíamos hacía 25 años, por lo menos. Sigue estando mucho mejor que nosotros. A medida que pasaba la madrugada, uno detrás de otro, nos acercábamos a Consuelo y se lo dejábamos caer: "Yo estuve enamorado de ti". Lo que no nos atrevimos a confesarle entonces, se lo decíamos ahora, 35 años después. Se puede tardar más, pero es complicado. Ella, como es natural, nos decía que no se enteró, que jamás lo supo.

Los que nacimos el año que murió Marilyn somos gente de suerte. Nuestros abuelos, padres y hermanos mayores no fueron tan afortunados. Somos de los primeros que nos libramos de la Guerra Civil y de la pesadilla de la posguerra, dos insuperables traumas colectivos de la España del siglo XX. Somos de los primeros cuya infancia convivió con el Seat 600, el frigorífico, el bikini, la tele, la calefacción, el papel higiénico y el agua corriente. Vivimos la muerte de Franco sin llegar a sufrirlo demasiado. Pertenecemos a la primera generación que pudo acceder, de forma masiva, a la Universidad. Nuestra adolescencia coincidió con el furor del baile agarrado y con Marisol en la portada de Interviú y nuestra juventud con el 12 a 1 a Malta y la entrada en Europa. Es una lástima que no hayamos sido un poco mejores.

Hasta los 18 años los españoles del 62 recibimos una avalancha de impactos emocionales: los goles de Marcelino, las fugas de El Lute; el Yo soy aquel de Raphael y el La, la, la de Massiel; Laura Valenzuela y Joaquín Prat en Galas del sábado, Sancho Gracia en Los tres mosqueteros, Trampas en El virginiano y Pepe Martín y Emma Cohen en El conde de Montecristo; el cuerpo de Carrero Blanco por los aires; los Chiripitifláuticos y la voz de Alfonso Sánchez; el Wimbledon de Manolo Santana y el oro de Paquito Fernández Ochoa; el escote de Rocío Jurado; los cromos de fútbol; el duelo Eddy Merckx-Luis Ocaña y el duelo Ángel Nieto-Ángel Nieto; el Óscar de Luis Buñuel; Ana Belén en El amor del capitán Brando y Amparo Muñoz todo el rato; Arrúa, Violeta y Perico Fernández; Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, El Jabato y el capitán Trueno; Uri Geller con José María Iñigo y Serrano Suñer con Balbín en La clave; Black is Black de Los Bravos, El himno a la alegría de Miguel Ríos, Balada de otoño de Serrat, Eva María de Fórmula V, Oh, July de Los Diablos, El Jardín prohibido de Sandro Giacobbe, Un beso y una flor de Nino Bravo y La Ramona de Fernando Esteso; Kiko Ledgard y Victoria Abril en el Un, dos, tres; el Por qué te vas de Jeanette en Cría cuervos de Carlos Saura; Fernán-Gómez en El espíritu de la colmena y Lola Gaos en Furtivos; el estreno de Viridiana; la muerte de Fofó y de Félix Rodríguez de la Fuente; las paradas de Luis Arconada; el fallo ante Brasil del enorme Cardeñosa; el Pablo, Pablito, Pablete de José María García; la peluca de Carrillo; el La calle es mía de Fraga, el Ja sóc aquí de Tarradellas y el Hay que ser socialista antes que marxista de Felipe González; el delirio terrorista; Eloy Fernández Clemente en la cárcel y Emilio Gastón en el Congreso; La peseta de Joaquín Carbonell; La vieja de José Antonio Labordeta y Venimos simplemente a trabajar de La Bullonera; Linda de Miguel Bosé y aquello de Al día siguiente nacía y luchaba por sobrevivir, de los Pecos, y Siempre me voy a enamorar de quien de mí no se enamora de Camilo Sesto.

También nos marcó algo: la loca obsesión de nuestros padres por darnos una vida mucho más fácil que la suya. No estoy seguro de que les hayamos agradecido como merecen hasta qué punto lo lograron. Esa murga de "la cultura del esfuerzo" la representan ellos mucho mejor que nosotros y, desde luego, mucho mejor que los que nacieron desde mediados de los 70 y, por supuesto, que los que han nacido en los últimos 20 años. La última generación ha vivido una España más confortable, menos exigente, más definitivamente pija. Ahora se descubre que muchos de los cimientos de ese bienestar eran extremadamente frágiles y escondían un artificio, un espejismo, una completa mentira. Una de las grandes incógnitas de esta crisis de terror es si, sobre todo los jóvenes que han crecido entre algodones, están preparados para caminar por la cuerda floja.

El 2 de septiembre cumplió 50 años José Luis Campos, el líder de mi quinta. José Luis es ahora director de Comunicación y Marketing de la Denominación de Origen Vino de Cariñena y director de Onda Cero Calamocha. Antes, animó iniciativas empresariales, sociales y periodísticas, como el despegue del Jamón de Teruel o la consolidación de Antena Aragón. De algún modo, José Luis Campos simboliza lo mejor de mi generación de chicos de pueblo. Él sabe muy bien cómo se camina por la cuerda floja.

Este artículo ha sido publicado también en el diario El Heraldo de Aragón.

 
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